El sapo de los dos candidatos

Dom, 08/06/2014 - 17:49
Los debates en televisión siguen mostrando algo de fondo a lo que no se le quiere parar bolas. Por más esfuerzo que hagan, Santos y Zuluaga, no pueden ocultar su obsecuencia con la doctrina neoliber
Los debates en televisión siguen mostrando algo de fondo a lo que no se le quiere parar bolas. Por más esfuerzo que hagan, Santos y Zuluaga, no pueden ocultar su obsecuencia con la doctrina neoliberal. Es en ese fondo en lo que es irrefutable que no se diferencian, y en donde, después de limpiar la paja del trigo, se prolonga la vida de nuestros males. Y no se diferencian porque ninguno tiene un proyecto de país. Al uso de la mayoría de los gobernantes que hemos tenido, sus propuestas son coyunturales y de corto plazo, y, en todo caso, no superan la categoría de paliativos. Ninguno ha tenido las agallas para contradecir lo que se nos impone desde afuera (Corea del Sur no les ha enseñado nada) y trazar un rumbo real de desarrollo. Y ese rumbo real es el que siguieron las grandes potencias para desarrollarse y que es contrario a las reglas que desde hace tres décadas ellos imponen a países como el nuestro, y que aquí se acatan como quien aspira a ganarse una medalla. Lo primero es que, una vez esas naciones alcanzaron su desarrollo, su preocupación pasó a ser el crecimiento de sus economías. Para obtener ese crecimiento y sostenerlo, la salida fue vender lo que no alcanzaban a consumir sus mercados internos, en el resto de países. Por lo tanto,su punto de llegada fue el llamado libre comercio mundial. Un libre comercio que muy poco tiene de libre pues subyuga la producción y la industria de las economías pequeñas a los intereses de la gran producción de las potencias mundiales. Y viene aquí nuestra brillantez: nosotros decidimos adoptar ese mismo punto de llegada saltando por encima del punto de partida que es el desarrollo. Sin tener qué vender, a no ser materias primas (que se agotan), pasamos a comerciar asimétricamente. Si nos atenemos a las políticas trazadas y a las realizaciones de nuestros últimos gobiernos, incluido el actual, parece que con eso se contentan. Es con eso mismo que Zuluaga y Santos quieren contentarnos. Lo segundo es que no se puede omitir que los países desarrollados alcanzaron esa categoría mediante la protección de sus industrias y de su producción. Esa fue la regla. Todos entendieron que de otra manera no lo lograrían. Pero esa protección se acompañó de políticas gubernamentales para que fueran fuertes, no para acolitarles su fragilidad, que es como aquí se utilizó el proteccionismo. La veneración por la inversión extranjera no se excluye de la reflexión obligada que debería hacerse. Una cosa es que haya estímulos temporales a la inversión y otra que la cantidad de prebendas, exenciones y beneficios que se pactan con los inversionistas, sean permanentes. El supuesto crecimiento de la economía atribuido a estas inversiones oculta que lo que el Estado pierde es mucho mayor que lo que gana. Bastante se ha ilustrado en esta columna sobre el particular. Entre otras cosas, en este panorama de inconsistencias podría encontrarse la explicación a las razones por las cuales, por más que los estrategas del candidato presidente insistan en reducir su impopularidad a problemas de comunicación, cualquier cosa que Santos presenta como avance no se la creen. A seis días de las elecciones, el foco de la negociación con las Farc decidirá el próximo presidente. Por más que cueste tragarse el sapo de los dos candidatos, a lo que hay que apuntar es a que, firmada la negociación, sea ineludible entrar a debatir si nos seguimos comiendo el cuento de que con esta forma de economía vamos a alcanzar el país que necesitamos. En la elección no podemos decidirlo pero en el posconflicto sí. Y toca.
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