Leí en El País, de Madrid, el testimonio de Safia (nombre supuesto), una joven libia de 22 años que, a los quince, fue convertida en esclava sexual de Muamar Gadafi y experimenté una reacción tan intensa, que me hizo asustar. Porque desde niña me inculcaron –con mi hija he hecho lo propio– que el deseo de venganza (también la envidia) es sentimiento estéril y paralizante que daña, en primer orden, a quien lo padece; porque soy defensora de la no-violencia activa; porque es difícil que pierda la calma. Bueno, eso creía, hasta que mis ojos se pegaron de esas líneas. Mientras recorrían cada palabra, cada frase, cada párrafo, la sangre se me revolvía adentro –pude escuchar el alboroto que armaba– y mi discursito pacifista se toteaba como cáscara de huevo. Muy fuerte.
Para quienes no lo leyeron, reproduzco apartes del relato: “Durante las tres primeras noches, Safia baila sola ante Gadafi. Él escucha un casete de un músico, ‘al que más tarde mandará matar’. La mira, pero no la toca. Simplemente dice: ‘Serás mi puta’. La caravana vuelve a Sirte con Safia en el equipaje. La noche del regreso, ya en el palacio, la viola. Ella se resiste. Él le da de palos y le tira del pelo. Ella intenta huir. Mabrouka y Salma intervienen y la golpean. ‘Continuó durante días. Me convertí en su esclava sexual. Me violó durante cinco años’ (…) El coronel sigue reclamándola al menos dos o tres veces por semana. Siempre violento, sádico. Safia tiene moretones, mordeduras y el pecho desgarrado. Sufre hemorragias”.
Y preciso: Mabrouka y Salma son dos de las tres mujeres que raptaron a Safia, al día siguiente de que hubiera sido escogida por las profesoras para presentarle una ofrenda floral al Guía, con motivo de su visita al colegio. Peor aún: su mujer y sus hijas estaban al tanto de todo –hubo centenares de niñas abusadas–, pero como ojos que no ven…, realizaban las reuniones familiares en un palacio diferente al del harem, y tan tranquilas. Qué vergüenza de género siento por cuenta de mujeres de este tipo. Y qué ira con el asqueroso que tuvo a Occidente rendido a sus pies. Y con tantos jefes de Estado que, amparados en la doble moral que caracteriza a la geopolítica, lo invitaban y lo visitaban. Mientras les era de utilidad. Gas la humanidad, pienso en momentos así. Sobre todo porque en un instante se me agolpan en la cabeza historias similares protagonizadas, aquí y allá, por miembros de grupos armados, legales e ilegales; por hombres poderosos, llámense Strauss-Kahn o como sea; por jefes chantajistas, por maridos que se aprovechan de la condición de mantenidas de sus compañeras; por machistas infelices de todas las pelambres, que para comportarse a lo bestia los estratos se juntan. Y las mujeres se dividen en víctimas, casi siempre, y en aliadas de los victimarios, con mucha frecuencia. (Igual las hay, abusadoras de hombres).
Más allá de que seamos el sexo débil, de que no se nos pueda pegar ni con el pétalo de una rosa, de que las discusiones entre nosotras sean consideradas peleas de verduleras y de infinidad de lugares comunes que han sido, son y serán temas de comedia, rancheras y poesía, sí que es verdad que el sexo nos hace vulnerables. El sólo hecho de tener vagina es de por sí un factor de alto riesgo, especialmente en situaciones de conflicto. Algo así como un arma letal infiltrada en nuestro cuerpo para ser accionada por el enemigo (léase: por cualquiera) cuando lo estime conveniente. Evidencia latente que lastima, pero frente a la cual poco ha logrado la humanidad, como no sea organizar conversatorios. A pesar de los esfuerzos que se les reconocen a los movimientos feministas.
Sigo leyendo: “Muamar el Gadafi me ha destrozado la vida… Por mucho que lo cuente, nadie sabrá nunca de dónde vengo ni lo que he pasado. Nadie puede imaginarlo. Nadie”. Me digo en voz alta que solo por esta infamia el degenerado ese (millones de degenerados en Colombia y el mundo) no merecía vivir. Y me aterro, porque nunca le deseo ningún mal a nadie. Menos, la muerte. Menos, de manera brutal. Al ver los registros gráficos de sus últimos momentos, una y otra vez pasados por los medios, rechazaba el salvajismo del que fue objeto. Era que no conocía el infierno de Safia. Lo conocí –la pequeña parte que se publicó– y me revolcó. De repente, me encontré pensando que los rebeldes que cazaron, torturaron y mataron a la rata de alcantarilla en la que se había convertido el rey del desierto, habían sido demasiado magnánimos.
“Cuando vi el cadáver de Gadafi expuesto ante la muchedumbre, experimenté un breve momento de placer. Luego sentí un gusto amargo en la boca”, le manifestó a la periodista. Sin aspavientos, con el corazón roto, las ganas de vivir se las robaron todas. Se las robó el monstruo al que la comunidad internacional, tartufa y utilitarista, ponía alfombra roja. Produce náuseas el poder, ¿cierto?
Mejor envío de una vez esta columna, antes de que el gusto amargo que siento en la boca se me pase y me arrepienta de haber dejado salir el diablo, al cual procuraré volver a meter en cintura.
