El teléfono roto de Uribe

19 de noviembre del 2010

Las chuzadas son como las suegras. Son buenas si convienen o malas si no. Esa era la moral leninista que orgullosamente rezaba, ¨lo bueno es lo que le sirve a la revolución y lo malo lo que no le sirve¨. Y esta es Colombia, Álvaro, o por lo menos la Colombia postUribe, en la que según la emoción, el discurso contra las chuzadas se vuelve una cantaleta estigmatizadora que necesita demonio. Hoy, por poco aparecen graffitis que digan muerte a chuzadores.

Pero alguien se ilusionaría con que esto fuera una apología al chuzo. Pues no. Es un modesto intento de contextualizar, desmitificar y poner el tema donde se corresponde. Desde que existe policía política en Colombia se chuza, se intercepta o se intervienen teléfonos del enemigo. Por lo menos cuando militaba en la izquierda en los años setenta supe, gracias a un compañero sindicalista de la ETB, cómo, sin orden judicial, se chuzaban teléfonos de izquierdistas desde el strip.

Lo que recuerdo es que en ese momento sentí profunda rabia contra el imperialismo norteamericano, que era más o menos el diablo del momento. Lo mismo que sienten hoy quienes ven a Uribe como el mismísimo Satanás. Pero alguien recuerda una grabación en la que se escuchaba un “que le rompo la cara marica”, o algo así. Pues el chuzado era Uribe, “el chuzador”. Y cuántas cintas no han salido a la luz pública como aquella en la que se escucha un uribista hermano de Valencia Cossio hablando con un señor sobre una cuatrimoto.

O alguien se acuerda de un periodista que hablaba desde un “teléfono seguro” y que prendió el ventilador del 8000. ¿Quien chuzó? No fue Uribe. No fue Pastrana. No fue Gaviria. Fueron los dueños del chuzo, los capos de una industria que chuza y luego entra al mercachifleo del quién da más y que está en los organismos de seguridad, que son los que tienen cierta patente de corso para actuar así.

Esos mismos que producen elementos díscolos para alimentar cuanta mano negra existe. Esos que no entienden el lenguaje de los derechos porque inteligencia en Colombia consiste en contratar gente criada entre criminales para capturar criminales. Esos que producen bandas de asaltantes de apartamentos con “chapa”, de la autoridad. Esos que producen desaparecidos y luego terminan engrosando las filas de los ejércitos de los capos, eufemísticamente llamados paramilitares.

Ahí están, esos son, los que chuzan la nación. Esos, que la solidaridad de cuerpo no deja que pasen de una investigación preliminar y de un expediente por archivar. Son los mercaderes de la información ilegal que encontraron un excelente negocio en una prensa cada vez más sensacionalista y una controversia política cada vez más escandalosa. Ya no se investiga, se jalan expedientes, ya no se debate, se busca un torcido del contrincante. Y en ese mercado negro de la interceptación hay unos tipos que están haciendo su agosto como expertos en pescar minas de conversaciones telefónicas.

No es que no haya corrupción, o que no haya funcionarios que compran esa información; pero lo que es deplorable es que a la cadena de la corrupción se agregue la de ser algo así como los reducidores, que compran lo robado, que en aras de un debate o de una chiva entran a ser reducidores de información captada ilegalmente. Y si no existiese ese mercado no habría chuzadores, si aplicamos la lógica de los consumidores como factor determinante del comercio ilegal de drogas.

Yo no sé si Uribe mandaba chuzar, pero no creo que lo necesitara. Si hubiera querido oír algo de algún enemigo lo que tenía que hacer era esperar que la oferta se manifestara. Todos estamos chuzados y es por orden del mercado. Del mercado negro de la información ilegal. Todos tenemos, y el marica que se le chispotió a Uribe lo demuestra, un teléfono roto. Porque en el mundo del amarillismo, el sensacionalismo y la política como espectáculo, existe una clientela ávida de chuzadores que no repara en su fuente

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