Habitante de la calle, un maestro

16 de abril del 2011

La casa era de origen centenario, posiblemente construida en el siglo XVIII, paredes gruesas, adoquinada, con altas puertas y ventanales de dos postigos. Fresca en su interior a pesar del clima reinante, blanco y verde olivo, colores sanadores. Con historias múltiples para contar, seguramente al inicio casa de familia, luego negocio, para en la actualidad servir de sede a una entidad de salud.

La reunión tenía lugar en el segundo piso, habíamos abierto las ventanas al frescor de la tarde-noche y nos encontrábamos inmersos en profundas reflexiones sobre la vida, en especial sobre la salud, el médico interior y afines, en fin temas que nos apasionan.

De repente comenzamos a oír vociferar, a escuchar gritos, insultos, palabras soeces, todo aquello por parte de un habitante de la calle que pasaba por allí. ¡Que contraste! Como los ángeles nos acompañan, en vez de reaccionar, de cerrar ventanas, de protestar, de dejarnos alterar, hicimos silencio y desde el interior de cada uno de los participantes comenzamos a enviar los mejores pensamientos y sentimientos que podíamos. Es verdad, los gritos cesaron. La compasión logro su cometido, aliviar el sufrimiento así fuera solo por instantes. El habitante de la calle por un momento fue nuestro maestro.

Compasión, término de variadas acepciones: Sentimiento de pena o dolor que se tiene de la desgracia o mal que padece alguno”, “sentimiento de tristeza por el mal ajeno” y muchas otras en que predominan las palabras “Pena, lastima, tristeza” y “Calamidad, desgracia, dolor ajeno”. Pero no es motivo de este escrito el definirla ni hacer una disertación al respecto.

Es motivo si, el invitar a la acción, inmediata o mediata, pero acción concreta, real, plausible, cada vez que tengamos dicho sentimiento: “El querer aliviar el sufrimiento ajeno”.  El tener la capacidad de sentir el sufrimiento de un compañero de existencia es un don que requiere necesariamente la acción. Si no actuamos será conmiseración, pena, lastima o cualquier otro sentimiento, menos compasión.

La acción está siempre a nuestro alcance. Ya que la acción no es solamente física o sea no es sólo de entregar dinero, de prestar una ayuda en vestido o alimento, tampoco lo es sólo de abrazar o sonreír, aunque todas estas sean acciones verdaderas.  La acción está también en la mente y en los sentimientos, transmitiéndolos aunque la persona objeto no sepa que van hacia ella. La acción es disponer de un minuto de nuestra vida para conectarnos emocionalmente y para poner en marcha los pensamientos más altruistas.

Para finalizar un recordatorio, la ausencia de compasión por si mismo es un mal de las personas altruistas, ellos con frecuencia se dedican tanto a servir, que se olvidan de sí mismos y no hacen acciones concretas para aliviar el sufrimiento propio. Este es un llamado también a ellos. Negar o reprimir el sufrimiento personal  es un falso orgullo, podemos escoger la humildad y buscar el tener compasión por sí mismo y aceptar que los otros tengan acciones compasivas con nosotros.

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