Isaac Perlman en Boca Ratón

13 de febrero del 2011

Recuerdo de un concierto del gran violinista que se presenta esta semana en Bogotá

Cuando se asiste a un espectáculo fuera de lo común, hay que escribir los comentarios en caliente. Desde siempre había querido escuchar al violinista parapléjico israelí Isaac Perlman, pero no me  imaginé jamás que sería en un sitio poco convencional para encontrarse a una de las estrellas de la música erudita y menos que fuera un lugar cercano a donde viven Alicia y mis tres nietos y en un sitio como el Mizner Park, improvisado para un evento de esta naturaleza.

Desde el inicio fueron sorpresas. La primera ver al ingreso del auditorio techado con una gran carpa, de esas que solo los gringos pueden templar, muchos amantes de la buena música instalados en sillas y asientos al otro lado de la calle para escuchar los sonidos de Beethoven, pues todo el programa recordaba al genio de Bonn. No había pantallas para ver el concierto, solo de oídas. Mucha afición y unas cuantas botellas de vino, que se veían por allí.

La orquesta que estará durante todo el festival, llamado Festival of the Arts, Boca (FAB, como el jabón) es la orquesta nacional de Rusia , dirigida por Mihail Pletnev, quien se robaría todos los elogios, sino fuera por lo que vi y oí del parapléjico  violinista, quien pasado de los sesenta, ya luce canas.

Después de la obertura Coriolano y la segunda sinfonía, estaba el concierto para violín, enseguida del intermedio. Me cuelo a la segunda fila, muy cerca del solista, en un puesto que ya había observado desde el inicio. Figuraba como reservado, pero seguía vacío. ¿May I? le pregunto a una dama de la cual recuerdo solo su nariz un poco prominente sin afear su cara. Y casi sin esperar respuesta pasé por encima de ella. La dificultad de Perlman para caminar, voleando excesivamente su pierna izquierda, es notoria y más su esfuerzo  para avanzar lentamente hacia el estrado. Verlo subir penosamente una grada hacia su asiento, pone los pelos de punta. Camisa negra, muy amplia, cuello Nehru, con círculos más brillantes en toda la superficie de la prenda, esconden un abdomen prominente. Cuando el concertino que tiene su violín, se lo entrega, todo está listo para el famoso toque de timbales con el que empieza esta obra tan conocida y tan interpretada. Muy serio, sentado con la mirada en el vacío, ni siquiera mueve su cabeza para marcar el ritmo de la música que la orquesta le ofrece al público y a él, como aperitivo de lo que vendrá. Después de unos momentos marca muy levemente el ritmo. Pone su violín en el mentón y se queda así, sin apoyarlo en el brazo, situación que repite varias veces a lo  largo de la obra.

Y suenan las primeras notas. Sonido claro, graves aterciopelados, de un instrumento de categoría. Muchos gestos, ceño fruncido, boca apretada, pero la música fluye con facilidad sorprendente. Revisaré la partitura para ver si es tan fácil técnicamente como parecía o si más bien, la facilidad proviene del individuo que debe haber interpretado este concierto por lo menos cien veces, si le ponemos dos por año.  Apunto, es como si tocara a Vivaldi…. Y sigo observando. Siempre me habían impresionado en los videos sus dedos tan anchos…. Pero ahora descubro más cosas. El arco debe mantener el pulgar como guía en el sitio adecuado y los otros cuatro dedos encima. Su camisa no dejaba ver el movimiento de la muñeca, pero la forma sui generis de agarrar el arco debe provenir de alguna dificultad menor en su mano derecha. No apoya el meñique, como me insistía la señora Monschau en mis primeras clases de conservatorio, pero lo más raro, tampoco apoya el índice que parece como flotando, sin hacer nada sin presionar, que para eso es…. Y entonces, ¿cómo es la técnica? Allí no hay técnica convencional, pero es Perlman. Si algún otro solista tomara el arco así, habrían acabado con él los puristas del New York Times, los de París, los de Londres y los españoles, que son tan agresivos y sin tapujos. Cuando la orquesta deja que él sea la figura, especialmente en las dos cadencias la sonrisa es franca, él es el rey del escenario y disfruta tocando, lo hace con mucho gusto. Se nota a simple vista. Le gusta lo que hace. Queda atrás el ceño fruncido y las muecas de esfuerzo.  Termina el primer movimiento, facilito, como si no fuera con él.

Sigo observando más que escuchando. No pierdo detalles,  a escasos diez metros de su asiento. Me parecía mentira. Alicia se había quedado por allá en la fila P. Viene un stacatto raro, como brusco, pero afinado. El sonido es bellísimo. El vibrato también es raro, por la forma de mover de su mano, pero no es el mejor vibrato. Casi siempre su mirada está hacia abajo, probablemente con los ojos cerrados. No ha fijado su vista en el director, más que al inicio, para indicarle, estoy atento y listo. Y sigo analizando. Casi nunca utiliza la totalidad del arco. La mayoría de la pieza la toca en el medio superior. Solamente en las cadencias, cuando sonríe y sabe que  solo el violín produce sonido, se esfuerza u poco más, pero nunca llega al talón. ¿Y eso que importa? Simplemente es Perlman y solo él se puede dar esas licencias. El pizzicato pianísimo de la orquesta termina el primer movimiento de manera impresionante.

El larghetto, segundo movimiento, es con moto, pero de verdad. Se alcanza a oír el inicio del rugido de una de alto cilindraje. Un pequeño desafine en una nota aguda. Continúa la música en todo su esplendor en este concierto en que el violín es el que manda. Los pianísimos de la orquesta complementan de manera espléndida toda la armonía.

El inicio del Rondó final, rudo, pero qué carajo. Perlman merece la reverencia. Viene las dobles cuerdas toscas, pero afinadas, es un problema de la derecha, no de la izquierda. (Contrario a lo que pasa en Colombia). Falta limpieza en la cadencia, al final de la cual mira por primera vez al director para enganchar perfectamente su ritmo, con la entrada del grupo ruso.  Aplausos, el público de pie, él se para con un esfuerzo en que las mentes de quienes estábamos adelante hicimos toda la fuerza para que pudiera erguirse sobre sus muletas y hacer contorsiones, para bajar el escalón. Primera salida, casi hasta el centro. Los aplausos decrecen, yo mantengo el mío pues quiero un “encoré”, el volumen sube, pero solo sale unos metros y al final nos quedamos con las ganas de un apoteósica ovación. Trato de colarme por una entrada lateral, pero un guardia de seguridad me mira feo. Me acerco al escenario y veo que alguien lleva el programa para lograr el autógrafo del violinista, a quien alcanzo a ver sentado conversando con el concertino, quien seguramente le pide permiso al maestro para tocar algunas notas en su Straduvarius.  La señora regresa con el autógrafo y yo también quería la firma. Se lo paso, me hace cara, como indicando ya no más, pero me dice ¿have you a pen? Vuelve con la firma de trazo firme y rasgo fácil. Le comento que había viajado especialmente a escucharlo y me pregunta ¿De qué ciudad de Colombia es usted? como interesada. Habla español, sin acento.  Soy la manager musical… sorpresa. Se llama Elizabeth. ¿Será posible en algún momento de esta semana  que yo  pueda conversar con él unos minutos? No creo, está muy ocupado, usted entiende. ¿Ud. viene a los otros conciertos? Pues claro. Búsqueme mañana, conversamos. (Y la busqué, pero ese es otro cuento en el segundo concierto, que me permite conocer al artista).

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