News Corpse: mezcla fatídica entre periodismo y poder
Una cosa que va quedando clara es que cuando ocurren cosas, lo mejor es acudir a twitter. Puede que uno se entere por otro lado, pero el reflejo es ir de inmediato a twitter. Llevo más de un año tuiteando con asiduidad–comencé un poco antes del Mundial de Sudáfrica– y entre la victoria de España, Wikileaks, la llamada primavera árabe, la ejecución de Osama Bin Laden y el derrumbe del imperio de Murdoch, no me cabe duda de que este formato de microblog social se ha convertido en el ecosistema ideal para empaparse de las noticias.
Ahí, en la palma de la mano, en el monitor del cubículo, en la cama, a un clic de distancia, en la punta de los dedos, una compuerta al flujo de información de la red de fuentes que uno ha venido tejiendo con esmero. Periodistas, medios, testigos, académicos, políticos, protagonistas. ¿Quién sabe de qué? ¿A cuál le creo? ¿Dónde esta aquél? Yo tengo, por ejemplo, una selección preciosa de tuiteros del balón. Día a día, caen y se van un par, porque uno sazona sus listas a fuego lento, con la paciencia del artesano. Llega el momento en el que, si el trabajo se ha hecho bien, la calidad de lo que se recibe es única. No existe en el mundo una mejor herramienta que el Twitter para participar de las crónicas colectivas de cuanto acontece. En ocasiones, parece la vida misma la que desciende frente a nuestros ojos.
Me ilusiona especialmente esta posibilidad, porque creo que el papel del periodismo no se lo pueden quedar los medios de comunicación tal como los conocemos. Si es así, terminaremos en malas manos. En las manos del New York Times, que no vio venir la catástrofe de Irak y se dejó engatusar por los secuaces de Dick Cheney. O en las manos de Planeta, el mejor postor que hubo para el principal periódico de Colombia, aunque no necesariamente el más deseable.
Los tentáculos de los intereses corporativos de muy pocos tienen atenazada a la democracia, y a los guardianes que presuntamente deben vigilarla: los periodistas. Las plantas de redacción se van reduciendo al tiempo que crece el número de mercaderes del metal, que ni siquiera han sido capaces de hacer del periodismo un buen negocio. Es más grave que una puerta giratoria. Es la captura del estado y de lo público, el maridaje entre periodismo y poder. No hay necesidad ni siquiera de salir del edificio. Están todos bajo el mismo techo.
Gráfico: Businessweek.
En el 2010, cuando David Cameron se posesionó como primer ministro de Inglaterra, el segundo visitante oficial que recibió en su despacho de Downing Street fue Rupert Murdoch. Cameron nombró como director de comunicaciones a Andy Coulson, un antiguo editor de News of the World en tiempos en que el tabloide más popular de Inglaterra tenía interceptados casi cuatro mil números telefónicos de ciudadanos ingleses, desde la realeza hasta los famosos, pasando por políticos y ciudadanos de a pie.
Coulson salió del periódico a raíz del escándalo en el 2007, cuando la justicia finalmente declaró culpable a un miembro de su redacción de interceptar teléfonos ilegalmente (el primero de los cuatro empleados de News of the World que han ido a dar a la cárcel). ¿Por qué finalmente? La dama que cojea se tardó dos años en comprobar las denuncias hechas en octubre del 2005 por Nick Davies, periodista investigativo de The Guardian, el primero en publicar algo relacionado con el caso de las chuzadas del NOTW.
“Es de público conocimiento desde hace décadas que los tabloides británicos pagan por primicias y ‘escarban en la basura’ de los famosos”, sugiere el último editorial del Wall Street Journal (18 de julio), uno de los periódicos en este lado del Atlántico que forma parte de News Corporation, el conglomerado mediático de Murdoch. No habla del pacto de silencio que reinó durante ese período, facilitando que estas prácticas se integraran al paisaje del periodismo en general, corrompiéndolo hasta la médula. Todos en Inglaterra sabían que se estaban cometiendo crímenes, pero ni los políticos, ni las víctimas, ni la policía ni mucho menos los medios de comunicación dijeron o hicieron nada.
Peor aún, el estado de las cosas se había deteriorado al punto que si algún ciudadano descubría que un periódico había interceptado sus comunicaciones, la parte interesada compraba silencio del sujeto al tenor de multimillonarios arreglos extrajudiciales. James Murdoch autorizó varios de ellos, documentos que podrían considerarse sobornos para encubrir un delito, por lo que algunas voces advierten que el hijo del octogenario magnate australiano podría ser el siguiente en caer.
“Murdoch ha perdido el control”, explicaba Davies en este video que el Guardian montó el 17 de julio en su página web; “no está en sus manos, sino en las de la policía”. El jefe del clan de las telecomunicaciones más poderoso del mundo se encuentra por primera vez en su vida en territorio comanche: ya lo han acusado antes de muchas cosas, pero ahora quizá tenga que pagar. No son sus periódicos los que escriben la historia, y ya no tiene manera de garantizarse un final feliz.
Estamos, valga aclarar, ante un momento único en el periodismo moderno. Ante una excepción. Ante un sabueso como Nick Davies, que ha husmeado y rastreado cada uno de los pedazos sueltos de una historia sobre unas presuntas chuzadas. Que lo hizo con cuidado, y se tomó su tiempo. Y a cada paso que dio se fue acercando a lo más alto del organigrama corporativo de News Corp. Y lo que comenzó con un reportero investigativo haciendo su trabajo como dios manda terminó en un movimiento que amenaza la integridad de la compañía más poderosa en el sector de las telecomunicaciones del mundo.
Y llega el 12 de julio, y un informe de Reuters anuncia que en los últimos cuatro días el imperio de Murdoch ha perdido el 15% de su valor en bolsa, estimado en 7.000 millones de dólares (no serán los billones de Santos, pero sí los billones gringos). Y llega el 15 de julio y Rebekah Brooks, la mano derecha, la hija putativa de Rupert Murdoch, presenta su renuncia a News Corp. Y llega el día siguiente y las consecuencias del colapso se empiezan a sentir en Estados Unidos, porque el que cae es Les Hinton, el ejecutivo a cargo del Wall Street Journal, y el más fiel de los lugartenientes del patriarca australiano. Y llegan las siete de la noche del 18 de julio, y el periodista Jack Shafer comparte a través de su cuenta de Twitter otro reporte de Reuters sugiriendo que entre los miembros estadounidenses de la junta directiva de News Corporation ya se empezaba a cuestionar la autoridad del capo de todos los capos. Que así como Murdoch fue sacrificando sin contemplaciones a un alfil tras otros para apaciguar a la turbamulta, ahora corría el riesgo él de salir humillado de la empresa que fundó 33 años atrás, la obra de su vida.
Pero, nuevamente, este es un caso singular, que involucra a un periodista excepcional, Nick Davies, en un periódico excepcional, The Guardian. Estamos hablando del tipo que convenció a JulianAssange de que colaborara con su periódico y el New York Times, de que los utilizara para aumentar el impacto y el poder de las revelaciones de Wikileaks, uno de los puntos de quiebre en la historia moderna del oficio. Luego vendrían los reportes secretos de las guerras de Irak, Afganistán, los cables diplomáticos.
Más allá de Davies o de The Guardian, la relación entre la caída en desgracia de Murdoch y las filtraciones de Wikileaks, es que ambas son manifestaciones del mismo problema: la cercanía entre el poder y la prensa. Como lo señala el profesor de periodismo Jay Rosen, Wikileaks surge a raíz del fracaso de la prensa como contrapoder. El propósito de Assange, al menos en teoría, era darle a los ciudadanos herramientas con las qué vigilar el cumplimiento del pacto social.
No es casualidad que los medios pertenecientes a News Corp, con Fox News a la cabeza, hayan reaccionado con tanta virulencia a la irrupción del hacker australiano y su cruzada por la transparencia. Y debería preocuparnos aún más el hecho de que los Estados Unidos le hayan perseguido con igual saña. No importaron tanto las muertes de civiles disfrazadas de falsos positivos, ni la grosera manipulación de las cifras de bajas durante la invasión de Irak. Lo verdaderamente fundamental era dar lo antes posible con el sapo, y darle un castigo ejemplarizante.
Algo parecido trataron de hacer en su momento con Daniel Ellsberg, el asesor de seguridad que en 1971 hizo público un informe confidencial del Pentágono sobre la guerra de Vietnam. El documento detallaba, entre otras cosas, cómo los gobernantes del país, desde Kennedy hasta Nixon, habían engañado a la nación para justificar y ocultar sus acciones en Vietnam. Parte del informe la había escrito el mismo Ellsberg, a partir de observaciones que hizo en el terreno, que fueron horadando su convicción en las justificaciones de la guerra, y lo impulsaron a arriesgar el pellejo por contar la verdad. Ellsberg terminaría entregándose a las autoridades, y enfrentando un proceso legal que sentaría jurisprudencia constitucional en materia de libertad de prensa en los Estados Unidos. Hoy en día, es un héroe nacional.
El exfuncionario del Pentágono ha sido quizás el defensor público más efectivo del Bradley Manning, el analista de inteligencia de 23 años que aparentemente le entregó a Assange todo los documentos confidenciales de Irak, Afganistán y el Departamento de Estado, que Wikileaks dio a conocer el año pasado. “Yo era Bradley Manning”, dijo Ellsberg en uno de los actos de protesta en su nombre. También ha sugerido que, con las leyes actuales, habría sido declarado culpable de los crímenes que se le imputaron en los setenta, apuntándole al retroceso en materia de libertades individuales que han padecido los Estados Unidos.
Este retroceso se dio porque no hay mil Guardians, ni cien Nick Davies, sino cada vez más Rebekah Brooks y News of the World. Las corporaciones han cooptado los mecanismos de control ciudadano, y urge encontrarle una cura a ese problema. Más allá de la precaria situación económica del sector, lo que nos debería tener más asustados es el impacto político de la decadencia del periodismo.
__________________
Sugerencias para seguir los pormenores de la audiencia del parlamento británico a la que han sido citados a comparecer James y Rupert Murdoch y Rebekah Brooks:
@MichaelWolffNYC, autor de TheManWhoOwnthe News, la biografía no autorizada de Rupert Murdoch, uno de los periodistas que mejor conocen los intríngulis del conglomerado mediático del billonario australiano.
@fieldproducer, periodista free lance, trabajando para el canal británico Sky News.
@JackShafer, analista de medios del portal Slate.
@AntDeRosa, editor de social media de la agencia Reuters.
@arusbridger, editor del Guardian.
@jayrosen_nyu, profesor de periodismo en NYU.
@oxfordgirl, tuitera inglesa.
Y en español …
@Giner, periodista español radicado en Inglaterra, quien ha dicho que hará tuiterazo en directo desde la audiencia.
@lbassets, bloguero y periodista de El País.
Y @lozanopuche, un servidor.
Mi blog – Adentro de la unión
Gráfico: Businessweek.
En el 2010, cuando David Cameron se posesionó como primer ministro de Inglaterra, el segundo visitante oficial que recibió en su despacho de Downing Street fue Rupert Murdoch. Cameron nombró como director de comunicaciones a Andy Coulson, un antiguo editor de News of the World en tiempos en que el tabloide más popular de Inglaterra tenía interceptados casi cuatro mil números telefónicos de ciudadanos ingleses, desde la realeza hasta los famosos, pasando por políticos y ciudadanos de a pie.
Coulson salió del periódico a raíz del escándalo en el 2007, cuando la justicia finalmente declaró culpable a un miembro de su redacción de interceptar teléfonos ilegalmente (el primero de los cuatro empleados de News of the World que han ido a dar a la cárcel). ¿Por qué finalmente? La dama que cojea se tardó dos años en comprobar las denuncias hechas en octubre del 2005 por Nick Davies, periodista investigativo de The Guardian, el primero en publicar algo relacionado con el caso de las chuzadas del NOTW.
“Es de público conocimiento desde hace décadas que los tabloides británicos pagan por primicias y ‘escarban en la basura’ de los famosos”, sugiere el último editorial del Wall Street Journal (18 de julio), uno de los periódicos en este lado del Atlántico que forma parte de News Corporation, el conglomerado mediático de Murdoch. No habla del pacto de silencio que reinó durante ese período, facilitando que estas prácticas se integraran al paisaje del periodismo en general, corrompiéndolo hasta la médula. Todos en Inglaterra sabían que se estaban cometiendo crímenes, pero ni los políticos, ni las víctimas, ni la policía ni mucho menos los medios de comunicación dijeron o hicieron nada.
Peor aún, el estado de las cosas se había deteriorado al punto que si algún ciudadano descubría que un periódico había interceptado sus comunicaciones, la parte interesada compraba silencio del sujeto al tenor de multimillonarios arreglos extrajudiciales. James Murdoch autorizó varios de ellos, documentos que podrían considerarse sobornos para encubrir un delito, por lo que algunas voces advierten que el hijo del octogenario magnate australiano podría ser el siguiente en caer.
“Murdoch ha perdido el control”, explicaba Davies en este video que el Guardian montó el 17 de julio en su página web; “no está en sus manos, sino en las de la policía”. El jefe del clan de las telecomunicaciones más poderoso del mundo se encuentra por primera vez en su vida en territorio comanche: ya lo han acusado antes de muchas cosas, pero ahora quizá tenga que pagar. No son sus periódicos los que escriben la historia, y ya no tiene manera de garantizarse un final feliz.
Estamos, valga aclarar, ante un momento único en el periodismo moderno. Ante una excepción. Ante un sabueso como Nick Davies, que ha husmeado y rastreado cada uno de los pedazos sueltos de una historia sobre unas presuntas chuzadas. Que lo hizo con cuidado, y se tomó su tiempo. Y a cada paso que dio se fue acercando a lo más alto del organigrama corporativo de News Corp. Y lo que comenzó con un reportero investigativo haciendo su trabajo como dios manda terminó en un movimiento que amenaza la integridad de la compañía más poderosa en el sector de las telecomunicaciones del mundo.
Y llega el 12 de julio, y un informe de Reuters anuncia que en los últimos cuatro días el imperio de Murdoch ha perdido el 15% de su valor en bolsa, estimado en 7.000 millones de dólares (no serán los billones de Santos, pero sí los billones gringos). Y llega el 15 de julio y Rebekah Brooks, la mano derecha, la hija putativa de Rupert Murdoch, presenta su renuncia a News Corp. Y llega el día siguiente y las consecuencias del colapso se empiezan a sentir en Estados Unidos, porque el que cae es Les Hinton, el ejecutivo a cargo del Wall Street Journal, y el más fiel de los lugartenientes del patriarca australiano. Y llegan las siete de la noche del 18 de julio, y el periodista Jack Shafer comparte a través de su cuenta de Twitter otro reporte de Reuters sugiriendo que entre los miembros estadounidenses de la junta directiva de News Corporation ya se empezaba a cuestionar la autoridad del capo de todos los capos. Que así como Murdoch fue sacrificando sin contemplaciones a un alfil tras otros para apaciguar a la turbamulta, ahora corría el riesgo él de salir humillado de la empresa que fundó 33 años atrás, la obra de su vida.
Pero, nuevamente, este es un caso singular, que involucra a un periodista excepcional, Nick Davies, en un periódico excepcional, The Guardian. Estamos hablando del tipo que convenció a JulianAssange de que colaborara con su periódico y el New York Times, de que los utilizara para aumentar el impacto y el poder de las revelaciones de Wikileaks, uno de los puntos de quiebre en la historia moderna del oficio. Luego vendrían los reportes secretos de las guerras de Irak, Afganistán, los cables diplomáticos.
Más allá de Davies o de The Guardian, la relación entre la caída en desgracia de Murdoch y las filtraciones de Wikileaks, es que ambas son manifestaciones del mismo problema: la cercanía entre el poder y la prensa. Como lo señala el profesor de periodismo Jay Rosen, Wikileaks surge a raíz del fracaso de la prensa como contrapoder. El propósito de Assange, al menos en teoría, era darle a los ciudadanos herramientas con las qué vigilar el cumplimiento del pacto social.
No es casualidad que los medios pertenecientes a News Corp, con Fox News a la cabeza, hayan reaccionado con tanta virulencia a la irrupción del hacker australiano y su cruzada por la transparencia. Y debería preocuparnos aún más el hecho de que los Estados Unidos le hayan perseguido con igual saña. No importaron tanto las muertes de civiles disfrazadas de falsos positivos, ni la grosera manipulación de las cifras de bajas durante la invasión de Irak. Lo verdaderamente fundamental era dar lo antes posible con el sapo, y darle un castigo ejemplarizante.
Algo parecido trataron de hacer en su momento con Daniel Ellsberg, el asesor de seguridad que en 1971 hizo público un informe confidencial del Pentágono sobre la guerra de Vietnam. El documento detallaba, entre otras cosas, cómo los gobernantes del país, desde Kennedy hasta Nixon, habían engañado a la nación para justificar y ocultar sus acciones en Vietnam. Parte del informe la había escrito el mismo Ellsberg, a partir de observaciones que hizo en el terreno, que fueron horadando su convicción en las justificaciones de la guerra, y lo impulsaron a arriesgar el pellejo por contar la verdad. Ellsberg terminaría entregándose a las autoridades, y enfrentando un proceso legal que sentaría jurisprudencia constitucional en materia de libertad de prensa en los Estados Unidos. Hoy en día, es un héroe nacional.
El exfuncionario del Pentágono ha sido quizás el defensor público más efectivo del Bradley Manning, el analista de inteligencia de 23 años que aparentemente le entregó a Assange todo los documentos confidenciales de Irak, Afganistán y el Departamento de Estado, que Wikileaks dio a conocer el año pasado. “Yo era Bradley Manning”, dijo Ellsberg en uno de los actos de protesta en su nombre. También ha sugerido que, con las leyes actuales, habría sido declarado culpable de los crímenes que se le imputaron en los setenta, apuntándole al retroceso en materia de libertades individuales que han padecido los Estados Unidos.
Este retroceso se dio porque no hay mil Guardians, ni cien Nick Davies, sino cada vez más Rebekah Brooks y News of the World. Las corporaciones han cooptado los mecanismos de control ciudadano, y urge encontrarle una cura a ese problema. Más allá de la precaria situación económica del sector, lo que nos debería tener más asustados es el impacto político de la decadencia del periodismo.
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Sugerencias para seguir los pormenores de la audiencia del parlamento británico a la que han sido citados a comparecer James y Rupert Murdoch y Rebekah Brooks:
@MichaelWolffNYC, autor de TheManWhoOwnthe News, la biografía no autorizada de Rupert Murdoch, uno de los periodistas que mejor conocen los intríngulis del conglomerado mediático del billonario australiano.
@fieldproducer, periodista free lance, trabajando para el canal británico Sky News.
@JackShafer, analista de medios del portal Slate.
@AntDeRosa, editor de social media de la agencia Reuters.
@arusbridger, editor del Guardian.
@jayrosen_nyu, profesor de periodismo en NYU.
@oxfordgirl, tuitera inglesa.
Y en español …
@Giner, periodista español radicado en Inglaterra, quien ha dicho que hará tuiterazo en directo desde la audiencia.
@lbassets, bloguero y periodista de El País.
Y @lozanopuche, un servidor.
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