La maldad de los colombianos

Mar, 07/02/2012 - 00:03
Si se guiara uno por las noticias –o más correctamente por la presentación que nos dan los medios masivos de comunicación- Colombia sería un país que tiene la pa

Si se guiara uno por las noticias –o más correctamente por la presentación que nos dan los medios masivos de comunicación- Colombia sería un país que tiene la particularidad de producir gente con unas calidades malignas y una vocación delincuencial en unas cantidades asombrosas. La corrupción, la perversidad, se podría decir que la degeneración, serían inherentes sobre todo a su dirigencia, y quienes más se destacan en esos campos serían los que acceden a los más altos puestos. Sería esto lo que ha llevado que entre nosotros se justifique una especie de presunción de culpabilidad del funcionario público que explica que hasta quienes ocupan los órganos de control deban demostrar su pureza y su honestidad. Esto además no sería una constante histórica sino un fenómeno de aparición súbita que no hemos logrado contrarrestar.

Otras posibilidades hay de explicación, diferentes a las de que son los genes nacionales o alguna maldición de Dios lo que ha generado esta situación.

Una de ellas sería que ‘siempre ha sido igual’ solo que no se sabía, y sobre todo no existían los ´héroes´ de los medios de difusión ni la divulgación masiva para hacer que se conocieran las denuncias. Algo de verdad hay por supuesto en esto (aunque hemos llegado a que la proliferación de ‘denunciantes’ y de ‘revelaciones’ es mayor que la de los ‘delincuentes’).

Pero otras razones también hay.

Al adoptar como modelo de orden social la libertad de mercado en todos los campos –entre ellos y en especial el del poder-, lo que en el mundo de los particulares es benéfico y legal, en el mundo del interés público es censurable; si como negociante yo dependo de un tercero para montar por ejemplo una empresa, lo primero y lo más usual es que piense en invitar a esa persona a asociarse conmigo para que ambos saquemos provecho de esa unión. El hacer lo mismo desde el Estado es delictuoso, de tal manera que los incentivos del sector privado son malignos en el sector público; esto debería ser obvio puesto que se supone que el uno debe ser contraparte del otro. El haber optado por el modelo neoliberal lleva a esa condición absurda; y no solo en temas económicos, sino a todo el funcionamiento de la sociedad –por ejemplo el clientelismo político es el mercado en lo electoral, o el respaldo financiero a las campañas es el origen de los ‘carruseles’-.

No son necesariamente los individuos los responsables de esta aparente ola de degeneración del colombiano. Son más los modelos que aplicamos que llevan a estas conductas, y es la revisión de ellos la que hace cuestionar lo que han producido.

Pero si ese modelo económico o socio económico ha sido fuente de algunos males, más grave ha sido el modelo político reciente. El maniqueísmo que imperó en los ocho años anteriores polarizó a la nación al punto que entre nosotros no se ve a alguien que disiente de nuestra opinión como un contradictor, ni siquiera como un rival, sino como un enemigo y un enemigo perverso y de motivaciones sucias.

Lo que en realidad sucede o sucedió es que se impuso un principio político que pregonaba que la llamada ‘Razón de Estado’ prevalecía sobre el Estado de Derecho. Con el nombre de ‘Seguridad Democrática’ –o después de ‘Estado de Opinión’- se consideró que el acabar con la insurgencia era un prioridad absoluta, que para ello cualquier método era válido, y que quien quiera que no compartiera esa opinión era enemigo de la patria y pertenecía por lo tanto a los ‘malos’. Así caímos en la defensa de las teorías de Carl Schmitt por el ideólogo del régimen –José Obdulio- según las cuales la legitimidad nace de la necesidad y del poder para imponerlas y no de un orden jurídico; caímos en estímulos como el ‘body count’ y las promociones y/o recompensas que llevaron a los ‘falsos positivos’; cayó Uribe en la convicción que su reelección era la salvación del país y otros de –algunos de buena fe y otros por interés- compartieron la idea que para ello compra de votos , chuzadas , etc. eran justificados.

Hoy lo que vemos es un retorno del péndulo en que se exagera la lupa del Derecho y toda violación, sea por error, sea por haber seguido los modelos, sea por convicción, convierte a quien comete un delito en un ´malo´ que deliberada y dolosamente realizó la acción y debe ser castigado –pero no por el acto mismo- sino por su calidad como persona tal cual se califica a la luz de esa polarización y ese maniqueísmo.

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