El cuerpo es un mecanismo maravilloso que nos deja perplejos ante sus capacidades y refinado funcionamiento, un aparato complejísimo del que se sabe todavía muy poco. Un médico frente a un cuerpo es comparable a un físico frente a una galaxia. Hacen conjeturas, estudios, toman muestras, debaten sobre temperatura y presión, pero fracasan reiteradamente en sus intentos por interferir en su curso y sus resultados obedecen más a la adivinación que al dominio.
Es tan maravilloso el aparato humano que no es posible compararlo con ninguna máquina; por evolucionada que sea hay diferencias abismales entre uno y otra. Mientras una máquina se desgasta con el uso e inevitablemente cada hora que presta servicios es un avance seguro hacia la inutilidad final, el cuerpo humano se entrena cuando se utiliza y puede resistir más, entre más y mejor uso se le dé.
Todos sabemos que la valoración de un carro es menor, por ejemplo, un segundo después de salir del concesionario, mientras un bebé solo empieza a valorizarse al salir del cuerpo materno, y es gracias al paso de los años que adquiere más y más valor con el estudio, el entrenamiento de sus propias habilidades y el contacto con otros seres vivos.
También es muy diferente la forma en cómo los seres humanos apreciamos el desgaste. Cuando una máquina se desgasta no se da por enterada, ni se deprime, ni renuncia al trabajo. Un carro viejito, ajado, golpeado, sigue prestando sus servicios sin quejarse hasta que su mecanismo no de más, o un muñeco de pilas, -como el conejito de eveready - sigue tocando su tambor incansable, sin quejarse, hasta que sus pilas se agoten y basta con que le pongan pilas nuevas para que reinicie su tocata sin inmutarse.
Los seres humanos, en cambio, nos cansamos y percibimos ese cansancio como una señal de alerta, un llamado de atención para cuidarnos y hasta para quejarnos como forma de recuperar la salud y el vigor. No somos máquinas, necesitamos del sueño reparador, del cariño, del acompañamiento y hasta de las palabras de aliento y del reconocimiento para seguir adelante.
Ahora, una cosa es un ser común y otra un ser político; este último es una combinación más elaborada, una mezcla de máquina con ser humano y por eso se comporta de manera muy distinta a los demás; aunque no llega a ser como un carro o un muñeco de pilas, tampoco actúa igual a los seres humanos corrientes. Debe ser por eso que se generó la expresión “máquina política” para designar aquel cuerpo que no se desgasta con el uso, sino que se lubrica con el paso del tiempo, de un tiempo que se mide en procesos electorales. Y es que, además, una máquina política difícilmente percibe su desgaste y se esfuerza por seguir actuando (políticamente) aunque con ello se comprometa su vida, su reputación, su tranquilidad o su honra.
Las máquinas políticas están hechas de otro material muy distinto al de los seres comunes y por eso son tan difíciles de entender. Este podría ser el caso de nuestro querido vicepresidente, un ser bueno, inteligente, bien intencionado y por quien tengo el mayor aprecio y admiración pero que ahora veo en su verdadera dimensión. El no es un ser humano corriente, es una máquina política que no percibe su desgaste físico, sino que calcula los resultados que pueda tener su salud en el ejercicio de lo que para él es su vida entera: la política.
No sé si Angelino deba o no deba renunciar, eso es algo que pertenece a su fuero interno y que respeto; tampoco sé si Roy es la persona indicada para medirle el aceite a esta máquina que es el Vicepresidente. Solo sé que, preso de su condición política, ha terminado pareciéndose más a una gran locomotora descarrilada que, sin embargo, mantiene su orgullosa presencia, que a un hombre corriente, asustado frente a su debilidad y dispuesto a abandonar el trabajo.
Sin embargo, sea cual sea su decisión final, para mí como vallecaucana Angelino seguirá siendo una máquina política de la que me siento orgullosa.
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