Médico funcionario, médico amigo

9 de marzo del 2011

Cuando enseño a los estudiantes la historia de las ideas en medicina les repito, año tras año, que deben aprender y meditar el primer aforismo hipocrático.  Como creo que también los pacientes deben conocerlo, aquí tienen su inicio: “La vida es corta, el arte largo, la oportunidad fugaz, el experimento peligroso, la decisión difícil”.  Esto se refiere a la conducta clínica del médico y es emocionante pensar en su importancia actual aunque fue escrito hace más de dos mil años.

El texto da para mucho y es más conocido en su versión latina clásica: Ars longa, vita brevis…  Pero observemos con atención la cuarta afirmación: “el experimento peligroso”.  Esto parece ir a contravía de la medicina contemporánea fundamentada en los experimentos biomoleculares y ensayos, experimentos, clínicos.

La medicina antigua no hacía experimentos como los nuestros.  La palabra griega que usa el texto es peira que significa prueba o intento de adquirir experiencia.  La medicina ha sido un oficio de incertidumbre y los médicos siempre hemos intentado probar nuestro conocimiento para saber si es útil al paciente.  Estas pruebas y experimentos pueden demostrarnos que nuestras prácticas usuales no son útiles al paciente y algunas veces le producen daño.

Hoy realizamos enormes y costosos estudios clínicos controlados para conocer qué recomendación, qué procedimiento, qué fármaco es más útil para el manejo de enfermedades particulares y bien definidas.  La medicina basada en esos estudios que consideramos la mejor evidencia es llamada medicina de evidencia.  Y esa es la medicina practicada en los mejores centros médicos por los mejores profesionales de la salud.

La medicina de evidencia ha llevado a la publicación de protocolos para el diagnóstico y manejo de muchas enfermedades.  El profesional de la salud debe seguir estos protocolos y esto lo hace sentir un poco mal, como si fuera un simple funcionario, obediente cumplidor de normas y protocolos.  Algunos médicos, sobre todo mayores de edad con ojo clínico y gran experiencia personal, expresan cierta oposición a esta medicina de evidencia.

Por otro lado los sistemas de salud y los grandes centros hospitalarios insisten en la necesidad y conveniencia de la historia clínica computadorizada.  Esta historia clínica puede conectarse a sistemas de información.  Y estos sistemas de información, si el médico ha suministrado los datos correctos de historia clínica y examen físico con otras ayudas diagnósticas, le pueden proveer al usuario (el médico) sugerencias probables de diagnóstico y sugerencias probadas de terapia siguiendo la medicina de evidencia.

Es lo que llaman los especialistas en informática un sistema de aprendizaje de medicina.  Y la gran promesa de la historia clínica electrónica en clínicas y hospitales es que puede mantener al médico particular en su consultorio conectado a un gran sistema que le enseña y lo ayuda a practicar medicina.  Porque como decía el texto hipocrático, “el experimento es peligroso”.

La nueva Ley (No. 1438) de Salud en Colombia ordena la implementación de la historia clínica única electrónica antes del 31 de diciembre del 2013 (parágrafo transitorio, art. 112).  El New York Times publicó (26 de febrero, 2011) un informe sobre los avances de la implementación de la  historia clínica digital en los EE.UU reportando la discreta oposición que ha encontrado por parte de los profesionales de la salud.  En ese artículo un experto en tecnología de salud de Harvard opina que la oposición de los médicos estadounidenses radica “en que no quieren convertirse en funcionarios”.  Quisiera sugerir a mis colegas otra manera ver esta “camisa de hierro”.

Los avances tecnológicos, los estudios clínicos controlados, la informática médica convierten nuestra práctica en proponer al paciente ciertas opciones fundamentadas en la mejor evidencia clínica publicada.  No podemos tener caprichos médicos siguiendo nuestro ojo clínico y nuestra siempre estrecha experiencia personal.

Convirtamos nuestro oficio médico en convencer a nuestro paciente que la decisión diagnóstica y terapéutica sugerida por nosotros, y avalada por la evidencia científica, es la mejor y la más prudente.  Lo que se llamaba la “cura razonable” en la medicina medieval.

Vayamos más allá de ser médicos funcionarios seguidores de protocolos, que son una gran ayuda,  a ser convincentes amigos de nuestros pacientes.  Aceptemos las enseñanzas de la medicina de evidencia y sus recomendaciones, dejando atrás ese rol de particulares expertos dictatoriales que a veces asumimos, explicando a nuestros pacientes amigos el por qué  y para qué de nuestras propuestas terapéuticas.  Así volveremos quizás a aquella admirada medicina hipocrática que tanto conversaba con el paciente.

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