No somos el mismo hombre ni la misma mujer

13 de abril del 2011

No somos el mismo hombre ni la misma mujer que caminaron por primera vez sobre la superficie de la tierra.  En 200 mil años que llevamos en esto hemos cambiado apreciablemente.

Empezamos nuestra carrera biológica  en África, probablemente en el este de África.  Aunque más recientemente se ha postulado África del Sur como cuna de la humanidad.  Esto se debe, según estudios publicados este año, a que se ha encontrado mayor diversidad genética en las poblaciones de nómadas y recolectores San de Sudáfrica. Señalando así que allí está la población humana más antigua sin mayor selección evolutiva.

Porque aunque no podemos saber todos los detalles de la evolución humana hoy conocemos sus grandes etapas y ejes migratorios gracias a la genética molecular y el estudio cuidadoso de restos humanos.  Y estos nos demuestran que hemos seguido lentamente cambiando.  Como dice un teólogo amigo mío la Creación no ha terminado, lo del Génesis y otros textos sagrados son simplemente primeras versiones escritas.

Sabemos que salimos de la selva a las estepas africanas y empezamos a caminar más tiempo de pie hasta ser animales exclusivamente bípedos.  Desarrollamos la capacidad de cazar y defendernos en grupo contra animales más fuertes y capaces.  Esto probablemente nos llevó a un lenguaje elaborado de gestos, signos y palabras.  Como monos superiores extremadamente curiosos descubrimos  herramientas para sobrevivir.  Y supimos enseñar y aprender su uso generación tras generación, esto es lo que llamamos cultura.  Ante sequías y cambios climáticos empezamos a migrar en pequeños grupos grandes distancias.  Salimos de África al resto del mundo.  Al salir de las regiones tropicales sobrevivimos hábilmente las últimas edades glaciares (parece ser que cuando llegamos a Europa aún no habíamos descubierto el manejo del fuego).

Tenemos desde aquellos tiempos una vocación al mestizaje.  En el hombre  moderno subsisten, dicen estudios recientes, genes de nuestros hermanos Neandertales quienes por lo tanto no han desaparecido del todo.  Un estudio reciente (Paabo y colaboradores) liderado por el instituto Max Planck de Leipzig, Alemania, describe que hasta el cuatro por ciento de nuestros genes son de procedencia Neandertal.  Esto después de clonar el ADN de restos neandertales de Croacia.  La humanidad entonces viene mezcladita desde muy antiguo.

Y desde antiguo el cuerpo y su fisiología siguen cambiando lentamente sometidos a la evolución biológica y cultural.  El profesor Ruff de Johns Hopkins se ha dedicado a comparar radiológicamente los huesos de la pierna de diversas poblaciones humanas y cerca de cien restos humanos o pre-humanos prehistóricos.  Entre 2.000.000 y 5.000 años a.C. perdimos un 15 por ciento de la masa ósea del fémur.  En los últimos 5.000 años hemos perdido aceleradamente otro 15 por ciento.  Nos estamos volviendo una especie con huesos frágiles debido a nuestra vida sedentaria y civilizada.  Estrictamente no nos estamos “volviendo” así sino que nuestra forma de vida permite que humanos de huesos gráciles y débiles como nosotros hoy puedan sobrevivir más.

Es un cambio significativo pero no sabemos si bueno o malo, como todo cambio evolutivo, porque desconocemos lo que nos depara el futuro.  Pero quizás nos convirtamos en esos seres humanos que encuentra WALL-E en la nave Axiom sobreviviendo en el futuro con piernas atróficas.

Aunque no podemos medir el nivel de hormonas en hombres y mujeres del pasado sí observamos algunos efectos en los restos óseos.  Por ejemplo los niveles altos de estrógeno en las mujeres producen engrosamiento del lado interno del cráneo, particularmente encima de la órbita ocular.  Esto se puede medir con escanografía.

La Dra. Hershkovitz y su grupo de la universidad de Tel Aviv han medido este cambio en mil cráneos del pasado y 400 mujeres vivas hoy.  Reportan que el engrosamiento se ha duplicado en los últimos cien años.  En mujeres de treinta años ha aumentado aún más de un 11 por ciento a un 40 por ciento.  Todo lo cual indica que las mujeres hoy tienen un nivel más alto de estrógenos durante su vida reproductiva y podría explicar la alta prevalencia de cáncer de mama en la actualidad y una primera menstruación más temprana en las niñas.

En la literatura médica se habla frecuentemente de la hiper-estrogenización del mundo contemporáneo.  Las causas pueden ser múltiples: aumento de la obesidad pues los estrógenos necesitan tejido graso para su producción, falta de ejercicio, uso de píldoras contraceptivas o reemplazo hormonal en la premenopausia, cambios dietéticos y consumo de carnes engordadas con compuestos hormonales (¡Ojo al pollo! me decía un endocrinólogo).  Quizás la causa fundamental sea cultural: la mujer moderna tiene menos embarazos a lo largo de su vida y lacta al niño por menos tiempo, por razones económicas y laborales, lo que lleva a más altos niveles de estrógeno.

Todo lo cual nos hace pensar que hombres y mujeres hemos seguido transformándonos evolutivamente.  Somos seres biológicos frágiles y cambiantes, pero sobrevivientes natos o quizás monstruos esperanzados (“hopeful monsters”) como dijeron algunos paleontólogos.

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