Políticos sinvergüenzas, teatro conservador

22 de marzo del 2011

Dudé bastante sobre el titulo. No sé si lo de “sin vergüenzas” sea propio del mejor castellano. No obstante, no es equivocado el término para referirnos a todos aquellos personajes que bailando con la corrupción y el clientelismo han destrozado este país. En la historia que empezó con la ruptura de un Florero, el de Llorente, se han roto varios millones.  En dos siglos, en medio de un bochornoso espectáculo, cada vez más sofisticado,  varios “próceres” de esta  patria han tomado el campo político como el mejor escenario para hacer piruetas y poner los dineros públicos al servicio del interés particular y de la maquinaria electoral.

Del heroico caballo blanco y su jinete Simón Bolívar, pasamos a una gavilla carente de cualquier heroísmo, que cabalga dentro de un carrusel despreciable, no solo de contratistas sino de empleados públicos. Funcionarios de este estado maltrecho, que parecen no tener otro mérito distinto al de cargarle la maleta a caciques de partidos políticos.  Entremos en materia.

La semana pasada la Unidad Nacional vivió una crisis burocrática. No era una confrontación de ideales y argumentos, esa al parecer expiró desde el momento en que se tejió la coalición Santista. Los promotores de la revuelta, bastante teatral, el Partido Conservador, no tenían un discurso para defender ideas o principios, nada de eso. Era una cruzada para mantener el poder político y no perder más banquillos en el inventario de puestos públicos. Una batalla burocrática que culminó en la llamada mesa de la unidad nacional, que en mi opinión, para mantener la gobernabilidad, ha tomado el papel de mesa de la discordia y la sinvergüencería.

Si lo anterior es equivocado, cuéntenme entonces: ¿Qué argumentos reales tenía el conservatismo que se desplomaron con tanta rapidez? La verdad, el fondo del asunto, la causa de la rebeldía, es que por incompetentes los azules han sufrido varios golpes y el Gobierno al parecer se comprometió a amortiguar la recaída. La incidencia goda en varias entidades estatales ha llegado a su fin. Y los escándalos que se han destapado en los últimos meses ponen en tela de juicio la honorabilidad de sus caudillos y sus apadrinados.

La Dirección Nacional de Estupefacientes que al parecer patrocinó el traslado de bienes de la mafia a varios congresistas, la mayoría conservadores, ha estado por años en manos del Partido de Pastrana. De dicho apoderamiento no se escapan otras entidades controladas, con C de Conservador,  y que hoy son objeto de muchos cuestionamientos. Entre esas, la Superintendencia de Sociedades, la Superintendencia de Notariado y Registro, y el Fondo de Seguridad y Convivencia del Interior, Fonsecon. Este último, por ejemplo y como lo denunció la revista Cambio hace un tiempo, terminó financiando obras de remodelación y construcción de palacios municipales, obras incoherentes con el destino del Fondo, que presuntamente buscaban beneficiar, consentir y aceitar los fortines electorales de varios congresistas “godos”. Así mismo la entidad destinó una gran mayoría de los recursos a proyectos en las regiones, cunas y fortines de los ministros y viceministros de la época, que en común compartían una característica, ser conservadores.

Así las cosas, abrir las ollas podridas ha vulnerado la estabilidad burocrática del conservatismo y por ende, se ha visto amenazada la capacidad de sus congresistas y sus militantes de influenciar presupuestos y manipular funcionarios. Lo anterior, causando esa rebeldía infantil del partido, que carece de valor intelectual, de razones ideológicas, y refleja los intereses que mueven a muchos líderes electorales, politiqueros y clientelistas. Aquellos que en vez de entablar debates nacionales para promover propósitos acordes con el bien común, obstruyen la agenda legislativa para mantener un poder, que los hechos demuestran, ha sido utilizado para alimentar la maquinaria electoral.

En fin, la semana pasada vivimos un teatro al estilo conservador que resulta un perfecto espejo de la sinvergüencería de parte de la clase política colombiana, y plantea un importante desafío para las bases electorales: Exigir a los políticos que promueven los ideales partidistas, y se dediquen a liderar debates para construir país y no para escudar y fortalecer los motores del clientelismo.

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