Recomendar o volver complices

11 de diciembre del 2010

En mi trabajo como “coach” de jóvenes profesionales que quieren estudiar un  posgrado en el exterior, a diario se me consulta y comenta sobre las diferentes cartas de recomendaciones que solicitan las universidades a los candidatos.

Contrario a las universidades Colombianas, que seleccionan a los aspirantes solamente con base en un puntaje de un examen, el ICFES, y en casos esporádicos, una entrevista cuyo objetivo  no quiero siquiera comentar, las mayoría de las universidades en el exterior, y en particular las mejores del mundo, tanto en Estados Unidos, Canadá, Australia y muchos países de Europa, solicitan al aspirante un número plural de elementos. Esto les permite considerar, en la medida de lo posible, a la persona completa, y no solamente una de sus facetas, tan limitada y potencialmente discriminatoria como el puntaje en un examen o una entrevista.

Para los profesionales que planean un posgrado, normalmente entre los 25 y los 35 años, resulta una sorpresa y una dificultad añadida, el tema de conseguir las  recomendaciones. Normalmente les piden dos o tres, y estas deben ser académicas o laborales.

Como primera medida, para las académicas, pocos egresados conservan relaciones con sus profesores de pregrado. Quién sabe por qué, pero la mayoría tienden a graduarse de la universidad y no querer tener nada más que ver con esa institución o sus personas por un largo rato. Eso dificulta sobremanera el identificar a quién se puede pedir una recomendación, y tener además alguna seguridad de que esa persona podrá y querrá hacer un buen trabajo. Por añadidura, pocos estudiantes desarrollan verdaderas relaciones con sus profesores universitarios, a quienes en muchos casos desprecian, entre otras cosas, por su falta de puntualidad, de integridad con compromisos, de justicia, y de calidad docente y académica. Aquellas pocas personas que se precian de ser no solo magníficos docentes sino también grandes seres humanos, tienen siempre una larga lista de ex estudiantes pendientes de una recomendación, un cafecito, una consultoría, un buen consejo, etc. Pero son pocos, muy pocos.

Algunos de estos docentes, aún aquellos que han hecho un posgrado en el exterior,  que además son decanos o directivos, y conocen estas rutinas, no tienen ningún reparo en decirle a su estudiante que escriba la carta y que ellos se la firman. Si una universidad en el exterior llega a descubrir que la persona que está en proceso de admisión ha hecho esto, anula de inmediato la solicitud. Esta situación no es ni seria ni ética. No solo pone en riesgo la admisión del profesional en el programa de posgrado, sino que lo coloca en situación de cómplice, desde antes de entrar a la institución a la que aspira, en una violación flagrante de los reglamentos y del código de ética de dicha institución.

Eso mismo sucede en muchos casos con las recomendaciones de los jefes. He tenido casos de grandes abogados y presidentes de empresas de mucho renombre, con títulos en el exterior que ponen a sus empleados a hacer los borradores de las cartas de recomendación, y las firman sin ningún escrúpulo.

Qué señal le estamos enviando a esos profesionales que quieren hacer un posgrado en el exterior,  que saben que pueden aprender más, para dar más, para servir mejor al país y a su causa, cuando los hacemos cómplices de esta rotura de reglas, de este compromiso a la ética y la integridad?

Cuando acompaño, siempre con emoción, orgullo y grandes esperanzas, a cada una de estas personas que planea su posgrado, me pregunto: quiénes pueden ser mis socios en llenar a esa persona antes de irse de toda la templanza, la integridad, el compromiso, la entrega, el respeto por las reglas, de gratitud y de deseo de servicio que necesitamos para quienes serán los y las lideres intelectuales en la Colombia del mañana? Esas personas que recomiendan y que no hacen su trabajo, claramente no lo son.

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