Lo hemos repetido múltiples veces, la enfermedad enseña. Lo seguiremos repitiendo, ya que la práctica hace al maestro. El maestro aprende haciendo lo mismo una y otra vez, ya sea carpintero, músico o pintor, el maestro nace de la repetición, nosotros de la enfermedad. Permítanme hacer hoy un símil entre el infarto del corazón y la vida. Para que el infarto cardiaco suceda, han tenido que pasar años de enfermedad en las arterias coronarias, las cuales poco a poco, sin avisarnos, sin darnos cuenta, se van ocluyendo por ateromatosis o por múltiples otras causas. Así comienza la resistencia. Llega el momento en que ella es tan importante que un evento nimio acaba de obstruir el paso de la sangre y con él, el del precioso oxígeno. Muere un segmento del corazón y muere con gran dolor. Así es la vida, así somos con nuestras emociones y pensamientos, así creamos enfermedad. Sin darnos cuenta persistimos en una emoción o actitud por años, aunque nos cause malestar. Las repetimos una y otra vez hasta el momento en que un evento nimio nos hace estallar. Nos hemos resistido a enfrentar la emoción negativa y hemos permitido que con nuestra actitud se obstruya el amor entre nosotros y algún otro ser humano. El oxígeno de la bondad y compasión aparejados al amor, ya no llega a nuestro ser y una parte de nosotros muere, muere con gran dolor. Muere una relación, una amistad o una compañía. Igualmente mueren las emociones, aquellas que te guardas cuando evitas llorar o reír a carcajada, cuando te quedas sin expresar “te amo”, “lo siento”, cuando te privas de sentir con los cinco sentidos. El infarto no tarda. Infarto en nuestra sabiduría, infarto en nuestra intuición, infarto en la razón y en el sentimiento, así perdemos un trozo de ellos. Muere la vida y un pedazo de nosotros con ella. Resistirse es morir. Resistirse agota. Fluir libera. Somos materia que fluye, somos energía en permanente movimiento, y esto no son solo palabras, es una realidad. El cuerpo nos lo demuestra, fluye la sangre en las arterias, fluye la respiración dentro y fuera, fluye el alimento por el tubo digestivo y fluye la caricia al ser amado en la piel. Resistirnos a expresar las emociones es morir. Impedir que fluyan los sentimientos bloquea la energía que nos nutre, el oxígeno no llega. Entonces la enfermedad tendrá que llegar cual maestro dedicado, a enseñarnos. La enfermedad nos hará llorar y reír sin que podamos resistirnos a ello. La enfermedad restaura el movimiento, se convierte en nuestra amiga y nos enseña a fluir. Así es ella, la enfermedad.
Resistir o fluir, ¿he ahí el dilema?
Sáb, 11/02/2012 - 00:03
Lo hemos repetido múltiples veces, la enfermedad enseña. Lo seguiremos repitiendo, ya que la práctica hace al maestro. El maestro aprende haciendo lo mismo una y otr
