¿Se puede negociar con el diablo?

5 de junio del 2019

Opinión de Emilio Figueredo

¿Se puede negociar con el diablo?

Un comentario recurrente en diversos sectores de la opinión pública nacional es que no es posible negociar con quienes son percibidos como el diablo.

Eso es entendible en un país tan polarizado como el nuestro, y que además está sumido en un estado de postración tal que ha ocurrido lo impensable hace 30 ó 40 años atrás, más de un 10% de nuestra población se ha visto obligada a emigrar para buscar seguridad personal y económica en otras naciones de nuestro continente.

Algunos de los que niegan la posibilidad de utilizar el mecanismo de la negociación para resolver la crisis política que nos agobia argumentan, no sin razón, que regímenes similares al que hoy impera en Venezuela nunca han salido por esa vía. En el otro espectro del panorama político también hay quienes piensan o dicen pensar qué no es posible negociar con quienes consideran “lacayos del imperio”.

Esta aparente insoluble antinomia ha sido analizada en el interesante libro del director del Programa de Negociaciones de la Universidad de Harvard, Robert Mnooking, “ Negociando con el DIABLO: Cuándo Negociar 0 Cuándo Pelear”.

Este libro, que deberían leer los venezolanos de ambos lados del horizonte político, ofrece un análisis de varios casos en los que se debieron tomar decisiones sobre si se podía o no negociar con una figura diabólica.

De los diversos ejemplos que se estudian en el libro, tal vez el más impactante es el referido a Churchill con Hitler, en el que el primer ministro británico decidió, a pesar de condiciones dramáticamente adversas, no negociar con el dictador, mientras que en el caso de Mandela, estando preso por el oprobioso régimen del apartheid, optó por negociar con De Clerck, sin informar de ello a su propio partido.

Lo importante de este libro es que nos obliga a pensar sobre cómo enfrentar el dilema ético y moral que se puede presentar en circunstancias en las que hay que resolver una situación crítica, tanto para una persona como para un país, y la conveniencia de analizar de manera sistemática los costos y beneficios de una eventual negociación que pudiese de alguna manera ser una solución aceptable, aunque no perfecta, de una crisis terminal.

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