Solo en Colombia

2 de septiembre del 2011

Las requisas en los espacios abiertos al público van en contravía de la construcción de una ciudad turística y cultural. La semana pasada tuve el placer de visitar el Museo Nacional en compañía de mi equipo de trabajo. Me llené de orgullo, como siempre, al ver un recuento de la historia del arte en nuestro […]

Las requisas en los espacios abiertos al público van en contravía de la construcción de una ciudad turística y cultural.

La semana pasada tuve el placer de visitar el Museo Nacional en compañía de mi equipo de trabajo. Me llené de orgullo, como siempre, al ver un recuento de la historia del arte en nuestro país. Sin embargo, entrar al Museo fue más difícil que entrar a la Embajada de los Estados Unidos o al Ministerio de Defensa.

Un celador nos trancó la entrada y nos dijo que le “mostráramos los bolsitos”.  Nos dejó pasar la puerta después de un largo proceso en el que nos ‘raqueteó’ y miró detalladamente que no cargáramos bombas, armas o explosivos.

Tuvimos una discusión inútil cuando le aclaramos que era la entrada a un museo, a un bien público, a un patrimonio que era propiedad de todos los colombianos. Nos respondió de forma previsible. “Es la orden de un superior”, dijo.

Sin duda, el episodio no fue culpa de él. Tampoco de las directivas del Museo. Fue alguno de sus jefes en la empresa de seguridad el que le dijo que todo el mundo tenía que ser requisado antes de entrar.

Los colombianos estamos acostumbrados a las requisas. A que nos esculquen todo lo que llevamos cuando entramos a un centro comercial, a un cine, a un edificio público, a un museo o a un teatro. Pero ¿qué pasa cuando hay un extranjero desprevenido tratando de visitar una exposición de arte? ¿o cuando un ejecutivo visita la ciudad por razones de trabajo y saca un tiempo para hacer compras? Las raqueteadas a la entrada de lugares abiertos al público solo suceden en Colombia.

Las requisas no tendrían nada de raro si estuviéramos en mitad de los noventas.  Entonces, las amenazas de bomba eran la orden del día. Pero, después de que nos vendieron la idea de que con ocho años de seguridad democrática se había pacificado el país, ¿por qué tenemos miedo? ¿Por qué animales maltratados siguen husmeando si a la entrada de un parqueadero llevamos explosivos o cocaína? ¿Por qué revisan los ´bolsitos’ de quienes entran a pie, y no de quienes llegan en carro?

Sin duda, la dictadura de los celadores con las requisas es una violación a la intimidad, que parte del hecho de que la memoria de la guerra está aún presente en nosotros. De que por más autoridad que haya habido, seguimos desconfiando los unos de los otros y todos de los demás. El miedo está ligado a la convicción de que todos somos potencialmente hampones.

Es increíble que cualquier visitante que llegue a la ciudad tenga que someterse a las requisas en cada esquina y en las actividades que cualquier turista del mundo haría: pasear por la calle al lado de la casa de gobierno, entrar a un museo o a un centro comercial.

La dictadura de quienes le dan las ordenes a los celadores es la manera como nos vemos y como nos ven. Es contraria a la posibilidad de construir una ciudad turística, global y universal. Atacar el miedo también debe ser una política distrital, dirigida a la construcción de una ciudad más productiva.

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