Tan invadidos como ciegos

9 de julio del 2012

Es una pena que tras la crisis salida a flote con la fallida reforma a la Justicia, líderes nacionales de distintas vertientes insistan en no ver las causas reales de nuestro desbarajuste. En este episodio, el comportamiento del Congreso, los magistrados de las altas cortes y el Gobierno, no es más que uno de los […]

Es una pena que tras la crisis salida a flote con la fallida reforma a la Justicia, líderes nacionales de distintas vertientes insistan en no ver las causas reales de nuestro desbarajuste.

En este episodio, el comportamiento del Congreso, los magistrados de las altas cortes y el Gobierno, no es más que uno de los resultados de la modalidad de cultura mafiosa que invadió a nuestra sociedad. Así duela, hay que reconocerlo.

¿Qué enseñanza le queda a la gente cuando, por ejemplo, el gran capital, nacional o extranjero, con su avaricia y su desprecio por el bien común, impone desde arriba la cultura de aprovechar el poder para obtener lo que uno quiere? Así, tal cual. Con otra ventaja: como lo hace al amparo de la ley, no es dable señalarlo; mucho menos, cuestionar la honorabilidad de quienes lo representan. Por el contrario, se acepta que funjan de prohombres. Y una desventaja: sus prácticas reducen las posibilidades de supervivencia y de bienestar de la mayoría. Y con una revelación nefasta: la prueba de que el poder económico se tragó al poder político. Lo que ha reducido al Estado a un remedo que no puede mediar debidamente en las relaciones entre los que tienen y los que no.

¿O no es acaso lo que sucede con la banca cuando  con su estructura monopolística impone tasas altas para prestar y bajas para captar; cobra lo que quiere por sus servicios y sólo hasta ahora admite, pero poniendo las condiciones, prepagar créditos?

¿O no es acaso lo que sucede con el negocio de las aseguradoras, que está montado sobre la argucia jurídica de las partes?

¿O no es acaso lo que sucede con las empresas mineras, que gozan injustificadamente de baja tributación, bajas tasas de regalías, regulación débil para su operación, sin importar su devastación del medio ambiente y de las comunidades de las zonas donde ejercen su actividad? Por si fuera poco, se llevan la mayor parte de las ganancias (sólo un ejemplo: según expertos, la relación entre las utilidades que, desde sus inicios hasta nuestros días, ha recibido El Cerrejón y lo que le ha quedado al Estado por concepto de regalías es de 20 a 1).

¿O no es acaso lo que sucede con la telefonía móvil, que obliga al usuario a pagar por lo que no consume?

¿O no es acaso lo que sucede con la figura de los contratos de estabilidad jurídica, que convierten en beneficios permanentes para el gran capital (que nos hace el favor de venir a invertir en nuestro país), los que deberían ser coyunturales y temporales?

Pues bien, si esta cultura rige en las actividades reconocidas como protagónicas y prestigiosas de nuestra economía, lo más probable es que actúe como ‘efecto demostración’ en otras áreas de actividad dentro de la sociedad. ¿Cómo podría entonces ser posible que quienes aspiran a ejercer dignidades públicas desde el Congreso, la Justicia y el Gobierno, no imitaran a esos grandes exitosos? Lo factible en nuestra realidad es que ese patrón de conducta motive a llegar a esos cargos a individuos no idóneos, cuya prioridad, distinta a cumplir a cabalidad con las funciones que les corresponde, sea la de rasguñar el máximo de beneficios que les permitan emular la condición de vida de esos más poderosos que ellos. Es lo que se hizo evidente en la tal reforma a la Justicia.

Entonces, ¿estará la solución en las brillantes propuestas de cambios de gabinete, o de modificaciones en la estrategia de comunicación oficial, entre otras que se escucharon? Por su parte, Santos, según sus declaraciones, está convencido de continuar por la línea de gobierno que trae.

Para acertar, lo más recomendable es no tomar fracciones de la realidad como si fueran su totalidad. Eso se hace cuando no queremos arreglar las cosas de verdad.

Puntualmente, ante la incertidumbre constitucional del procedimiento adoptado por el Gobierno, tiene oficio la promoción de un referendo derogatorio de dicha reforma. Pero se debe tener en cuenta que así se llegue a revocar o a reducir al Congreso, ahí no está el origen de estos males.

Ya que la comunidad empieza a manifestarse, sería una lástima dilapidar su descontento en el reclamo de soluciones que no atacan esa raíz maléfica que nos negamos a ver. Ella no puede seguir haciendo ese juego. Ni contribuir a que en este desborde de país se nos incube por ahí un dictadorzuelo. A lo que hay que atinarle es a que a los altos cargos del poder público llegue gente proba y comprometida con que el Estado no continúe siendo doblegado por el poder económico y sus abusos. Seguro que la hay.

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