Cuando la fiebre de los amaneceres inspirados –apreciada por artistas y creadores– ataca a miembros del alto gobierno, que Dios nos coja confesados, cualquier cosa puede suceder. Que se pongan a pensar, digamos. Sobre todo si el nerviosismo por la proximidad de una fecha señalada –la de Oslo, podría ser– está haciendo mella en sus espíritus. Nada mejor, en tal caso, que propiciar un debate anodino de alto impacto, que desvíe la atención del cotarro. Lo que sea, con tal de que no se hable mucho de lo que realmente importa. Ahí es cuando surge, rozagante y blandiendo sus tijeras, el Estado peluquero. Dispuesto a seguir los dictámenes de la moda.
Peluquearle tres ceros al peso, por ejemplo. No estaría mal si Colombia fuera otra. Estaría bien, incluso, ya que un país cuyos dirigentes se puedan dar el lujo de levantarse un día pensando en lo regio que sería hacerle la liposucción a un billete de mil para que se convierta en uno de uno, tendría que ser, además de un reino de la cirugía estética –Colombia lo es–, un paraíso terrenal sin prioridades que atender.
El presidente, el ministro de Hacienda y el director del Banco de la República le hacen propaganda a la idea en los medios, los periodistas los orquestan, los analistas celebran el que, al fin, logremos acercarnos a las grandes ligas de la economía mundial y a cuarenta millones de ciudadanos nos parece una soberana pendejada. No somos Dinamarca y los problemas que nos agobian nada tienen qué ver con el lío ese de las “cuentas engorrosas” que dan jaqueca a los bancos, a la Dian, a las multinacionales y a los pocos millonariosque ha dado la tierrita. Muy pocos serán los agraciados con el nuevo embeleco. Entre otras cosas, porque la tumbada de los tres tristes ceros no va a representar beneficios para la economía, como no sea devolvernos de la calculadora al ábaco de los abuelos.
Qué tal si en lugar de gastar miles de millones de pesos (¿30.000?) y miles de horas en lobby con los congresistas, el gobierno destinara esas cantidades de plata y tiempo a peluquear tres ceros a la izquierda de los tantos que nos traen por la calle de la amargura. Y digo apenas tres, solo por hacerle contrapeso a la balanza de los del proyecto de Ley que se presentará para la próxima legislatura. El abanico de necesidades perentorias es amplio: salud, alimentación, vivienda, educación, empleo, seguridad, vías de penetración, justicia, atención de víctimas y de damnificados, servicios públicos, descentralización, respeto a la diferencia, calidad de vida, etcétera y etcétera. Reformas que valgan la pena –la pensional, la laboral, la tributaria…–, son las que deberían llevar mensaje de urgencia. Sin micos haciendo aeróbicos entre los artículos, (¡Qué difícil es!).
Convendría que cambiara de tijeras el peluquero o, al menos, que las amolara.
Dobleclick 1: Suena bonito, pero en la práctica es otra soberana pendejada la idea que tiene Millonarios. Ponerse a devolver dos estrellas ganadas en campeonatos pasados, dizque porque así conjura el paso de las mafias por el club, fuera de ser una idea populista, poco más. Ni siquiera un buen ejemplo porque, si a eso vamos, el firmamento futbolístico del país se convertiría en una noche larga y oscura, más de una reina de belleza tendría que devolver la corona, más de una modelo las siliconas, más de un honorable empresario el dinero recibido por la venta non sancta de alguna propiedad, más de un padre de la patria su curul, más de una institución educativa el valor de ciertas matrículas... Mejor dicho, hasta el naciente proceso de paz tendría que revertirse porque no es bien visto sentarse a dialogar con quienes tienen las manos untadas de narcotráfico. ¿La recuperación de la dignidad si pasará por golpes publicitarios de este estilo?
Dobleclick 2: Hasta donde he podido darme cuenta, José Obdulio Gaviria no salió de El Tiempo por hacerle oposición al presidente Santos, ni a su proceso de paz. Salió porque en su última columna sufrió una crisis de “literatura política”, eufemismo que traducido al castellano puro y duro significa faltar a la verdad. Armar diálogos, entrecomillar frases y fantasear con un tema tan delicado como es el del secuestro, solo de oídas y para darle mayor peso a una posición personal, es un desliz –por llamarlo de alguna manera– que si acaso cometería un principiante. Porque una cosa es ser asaltado en la buena fe y dar por cierto algo que no lo es –situación que puede enfrentar hasta el más experimentado– y, otra, optar por la ficción, sin advertirlo, máxime cuando se tiene la responsabilidad de ser un reconocido columnista. Los involuntarios protagonistas del cuento desmintieron públicamente al autor, al señor Pombo se le subió la sangre a la cabeza y José Obdulio se tragó la lengua. Nunca llegaron las explicaciones debidas (y esperadas) al periódico que lo hospedaba, a los lectores que lo seguían para bendecirlo o maldecirlo y a los involucrados en el tristemente célebre comentario.
Un Estado peluquero
Jue, 27/09/2012 - 00:29
Cuando la fiebre de los amaneceres inspirados –apreciada por artistas y creadores– ataca a miembros del alto gobierno, que Dios nos coja confesados, cualquier cosa puede suceder. Que se pongan a p
