Viajar, una experiencia a nuestro interior

Sáb, 06/10/2012 - 01:02
Los viajes tienen algo de luminoso, mucho de bello, otro  tanto de grandioso. Sí, invertir en viajes es tal vez una de las más rentables opciones para utilizar nuestro tiempo. Porque el dinero es s
Los viajes tienen algo de luminoso, mucho de bello, otro  tanto de grandioso. Sí, invertir en viajes es tal vez una de las más rentables opciones para utilizar nuestro tiempo. Porque el dinero es solo un medio, el tiempo que tomamos para ellos lo es todo. Dejar nuestro ambiente protegido, enfrentar nuevos retos, culturas diferentes, constituyen parte del patrimonio que nos queda al final de los viajes. Allende lo anterior, algo oculto, impreciso, intangible nos atrae a ellos. Es respecto a este último punto al que quiero referirme. Claro, es el relato de una recién vivida experiencia personal. No mencionaré lugares, ni países. Ese no es el objetivo de este escrito, de esta reflexión. Porque eso es, una reflexión desde las profundidades del ser. Comienza el viaje y tres horas después me encuentro ante una situación de privación temporal de la libertad, con riesgo de convertirse en definitiva. La emoción inicial de dicha es abruptamente cambiada por la de angustia e impotencia. Aquí me doy cuenta que el paseo por lugares y países tendrá un viaje paralelo a las emociones, a los sentimientos, a lo profundo de mi ser, incluyendo alegrías, tristezas y toda la gama posible de ilusiones transformadas en estados del alma. Ya que el alma estará marcada por este repertorio de sensaciones, donde sentir será más importante que pensar o conocer, que datos y conceptos. Por supuesto, la llegada algunas horas después al primer destino está marcada por el temor a que suceda algo similar a la escala, y por la expectativa de lo novedoso. La amabilidad de quien recibe es bien acogida y la sensación de una ciudad  multicultural aleja el cansancio.  Mas llama la atención que no se respira alegría espontánea. Una curiosidad para anotar en el bagaje que se va anotando en este periplo. Sentir los sitios, sentir con el corazón, es la parte fundamental de este viaje paralelo. He ahí la palabra fundamental, sentir. Sentir en positivo y en negativo. No negar ninguna de estas dos sensaciones. Se suceden luego edificaciones muy variadas en origen, naturaleza y finalidad. En ellas reinan ambientes tensos, pesados, lúgubres, alternando con paz, serenidad, calma y amor incondicional.  El pasado las impregna a unas de bienestar a otras de malestar, por más renombre que tengan. Los espacios públicos, los restaurantes, las calles, los ríos emanan vida, la vida de los seres que vienen y van, donde allí si es inenarrable la variedad tan opuesta de sentires, la gama tan amplia de emociones captadas. Las sonrisas no son el común denominador, la prisa si lo es, y eso también marca. Pasan los días y sucede lo inesperado. En la alta montaña, dentro de una construcción de varias centurias, escuchas un coro de niños, en vivo, directamente y comienza la experiencia espiritual más intensa y profunda que has tenido en la vida. El llanto, llanto de alegría, de gratitud, de nostalgia, de compasión por ti mismo es continuo, fluido, profundo. Llanto que vierte las lágrimas que limpian, perdonan y purifican. Llanto incontenible, al igual que la sensación de deja vu como nunca antes había aparecido. Cesa el canto, cesan las lágrimas. El cuerpo está pleno, radiante, cada célula lo ha recibido y una sonrisa aparece al interior de cada una de ellas. De allí en adelante el viaje se transforma en merecimiento. Sabes que sí, que las cosas buenas tienen su puesto en tu vida y lo acoges con todo. El disfrute se multiplica. El asombro no deja de existir, tampoco la libertad de ser, de hacer, de tener. Lo agradable de una buena cama, la belleza de un hotel, la jocosidad de la persona en la calle, el azul del cielo de tono novedoso, las flores extrañas al igual que los sabores de comidas no probadas con anterioridad, todo se reúne para completar el viaje de los sentidos. Finalmente, el regreso al primer punto de emociones fuertes produce cierta ansiedad, que pasa una vez el trabajo interior ha sido realizado. Al tiempo que se viaja, que se conoce, que se siente, al mismo tiempo se trabaja en pos del crecimiento, de la madurez espiritual y allí llega el legado del viaje. Entonces, en los viajes existe lo que capta nuestra mente y existe lo que la capacidad de sentir nos regala si estamos atentos a ello. Sentir es la mitad, diría yo que más de la mitad de nuestra vida. Sentir conecta a lo divino, pensar al planeta. De ambos vivimos. A los dos nos entregamos.
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