El hipnotizador húngaro que revolucionó la forma de escribir

El hipnotizador húngaro que revolucionó la forma de escribir

10 de noviembre del 2013

Al nacer, el húngaro Ladislao Biró pesó apenas un kilógramo, lo equivalente a unos cien bolígrafos Kilómetrico. Su madre, dentista de profesión, solía acomodarlo dentro de una caja de zapatos y bajo una lámpara con la esperanza de que el calor de la luz ayudara a crecer a su hijo.

Contra todos los pronósticos médicos, Biró sobrevivió y creció, acaso gracias a remedio de su madre, a quien la hija de Biró considera la inventora de la incubadora. Lo cierto es que el hombre vivió 86 años y revolucionó al mundo su más importante invento: el bolígrafo.

Ladislao Biró fue un estudiante mediocre que prefería investigar por su cuenta antes que hacerlo en un salón de caleses. Al crecer desempeñó varios oficios, entre ellos pintor, hipnotizador, ayudante de imprenta y, finalmente, periodista. Fue en la práctica de este oficio donde advirtió que las plumas fuente eran un dolor de cabeza. En cualquier momento derramaban su tinta sobre el papel y, lo que es peor, se quedaban si tinta en medio de una entrevista o un intenso reportaje.

Un día, mientras estaba en la imprenta de un periódico, Biró advirtió, con ojos de asombro, el funcionamiento de la rotativa, una máquina capaz de imprimir miles de periódicos sin dejar manchas, con una tinta que se secaba casi de inmediato.

Ladislao Biro, Kienyke

Biró inventó el primer modelo de bolígrafo en 1938 simplificando el procedimiento de la rotativa. Fabricó un cilindro lleno de una tinta densa y viscosa cuya punta era una pequeña esfera que permitía el paso de la tinta sin causar manchas.

Pero su invento no tuvo éxito, en gran parte porque el costo de producción era muy elevado y aún tenía varias fallas. Biró, entonces, olvidó el bolígrafo y se concentró en su trabajo. Un día, a finales de los años treinta, mientras firmaba un papel en la recepción de un hotel, un argentino fijó sus ojos en el lapicero de Biró –quien solía usar su invento– y un rato después y le propuso viajar a Argentina para comercializarlo. Biró le agradeció pero no aceptó el ofrecimiento.

Europa vivía un clima de zozobra. Hitler se fortalecía y emprendía su proyecto invasor. En 1940, un año después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Biró veía cómo su vida corría peligro debido a que era judío. Fue entonces cuando recordó al argentino, buscó la tarjeta que este le había entregado y en compañía de un amigo de apellido Meyne partió hacia aquel país que le resultaba imposible figurarse.

Al llegar, Biró y Meyne contactaron al argentino, que resultó ser un general- ingeniero llamado Agustín P. Justo. El hombre les ayudó a montar una fábrica y se hizo socio. No obstante, a pesar de contar con una buena infraestructura, el bolígrafo no funcionó. Solía derramarse en las camisas y perder la tinta con facilidad. Llegaron a vender bonos de lavandería junto con los bolígrafos. Un tiempo después, Justo abandonó el proyecto y par de húngaros quedaron en la quiebra. Biró, entonces, reunió a todos los trabajadores y les dijo que no podía pagarles, pero que pronto perfeccionaría su invento. Les propuso trabajar un tiempo sin sueldo. Todos aceptaron.

En 1941, Biró logró perfeccionar su inventó el bolígrafo antimanchas y el éxito no tardó en llegar. Llamó a su invento Birome, una mezcla de su apellido con la primera sílaba de su socio, Meyne.

A pesar de recibir ofertas para trabajar en Estados Unidos, Canadá y otros países, Biró no dejó jamás Argentina, país del que se enamoró desde el primer momento. Además del bolígrafo, el húngaro inventó una lavadora, la caja de cambios automática (que vendió a General Motors en Berlín) y una cerradura inviolable. Pero ninguno superó al bolígrafo. Desde su invención, en la ciudad más populosa y en el pueblo más alejado de la Tierra usan el invento de Biro. Gracias a este húngaro que creció bajo calor de una lámpara, el hombre puede llenar cuadernos enteros con un objeto que cuesta menos de mil pesos colombianos.