Fats Waller

Fats Waller

15 de diciembre del 2012

La vida de Thomas Wright Waller, jazzista de la década del treinta, fue una vida doble, pues dos fueron los motores de su voluntad: la panza y el corazón.

Un innato apetito por la cocina de su madre pronto le ameritó el apodo de Fats, del que no se deshizo hasta su muerte. Y fue con ese mismo apetito con que se dio al estudio del piano, instrumento aún no del todo integrado al jazz en la década del veinte, que en cambio era la de los grandes “sopladores” de instrumentos de viento. Ávido de nuevas expresiones, Waller dominó la técnica del ragtime de Scott Joplin, proveniente del Medio Oeste, y la técnica del two beat de Jelly Roll Morton, de Nueva Orleans. Entonces encabezó la gran migración de jazzistas al barrio de Harlem en Nueva York, donde se cocía a fuego lento la época dorada el jazz, la de las grandes orquestas de swing. Para entonces, no había un jazzista que no conociera y recordara con cariño su nombre, cuya sola mención, al decir de Louis Armstrong, “era suficiente para ver una sonrisa en todas las caras”.

Pero una noche de 1926, saliendo de un concierto en un bar de Chicago, cuatro hombres armados le vendaron los ojos y lo forzaron a subirse a un carro. Nadie en la calle presenció el secuestro. Los hombres lo cargaron a través de un salón lleno de gente y cuando le quitaron la venda, Waller se vio sentado frente a un piano. Era la fiesta de cumpleaños de Al Capone, de la que el pianista salió a los tres días, borracho, con las manos agotadas de tocar, y los bolsillos repletos de dólares.

Porque Waller no hacía presentaciones que no fueran a la vez un número de comedia. Los gestos y las muecas de ese gordo sonriente y bonachón acompañaban las diestras crispaciones de las manos al estilo del stride piano, favorito de la época. Y así como la mafia, aunque de modo bastante menos violento, también el cinematógrafo se aseguró de registrar sus espectáculos, uno de los cuales quedó en la película Stormy Weather, de 1943, en que Waller interpreta Ain’t Misbehavin’ acompañado de su quinteto.

Pero 1943 también fue el año de su muerte, y la película no muestra su otra historia, la historia de su corazón, que es más borrosa y que también es más triste. Porque además del piano, Fats Waller tocaba el órgano de tubos, herencia de su padre, sacerdote de la Iglesia. Pero el órgano no es un instrumento dado al jazz, porque el sonido se demora en salir por esos tubos altos y lejanos, e impide la ejecución de melodías rítmicas y aceleradas. Entonces, sentado al órgano, Waller emprendía una búsqueda íntima, sin público ni comedia, en la que exploraba su amor por la música clásica y tal vez se lamentaba de una fama debida más a sus dotes humorísticas que a las musicales.

Un crítico dijo una vez de él que “el órgano es el instrumento de su corazón, y el piano es el de su estómago”, notando con agudeza el origen de esa vida doble que Fats Waller llevó hasta el día de su muerte prematura, causada por una neumonía en un tren con destino Kansas City.