Gustave Doré

6 de enero del 2011

Es difícil creer que obras clásicas de la literatura universal como las de Cervantes, Dante Alighieri, Ariosto, Balzac, Lord Byron y Poe puedan pasar algún día a los oscuros cajones del olvido, pues su genialidad radica justamente en que incluso a los lectores modernos, nos hablan de lo que nos importa. Sin embargo, no es […]

Gustave Doré

Es difícil creer que obras clásicas de la literatura universal como las de Cervantes, Dante Alighieri, Ariosto, Balzac, Lord Byron y Poe puedan pasar algún día a los oscuros cajones del olvido, pues su genialidad radica justamente en que incluso a los lectores modernos, nos hablan de lo que nos importa. Sin embargo, no es menos cierto que la fama de estos gigantes tal vez no sería la que es hoy de no ser por las maravillosas y ampliamente distribuidas ediciones ilustradas por Gustave Doré.

Doré nació en Estrasburgo, en la Francia de los grandes pintores realistas como Daumier y Courbet. Antes de cumplir la mayoría de edad, Doré ya había terminado y publicado algunas de sus obras maestras, entre las cuales se cuentan las ilustraciones de Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais, y de Balzac. Entonces los editores se abalanzaron sobre él, encargándole ilustraciones de la Divina Commedia, de los cuentos de Poe y de la Biblia, que Doré producía a velocidades asombrosas en la reciente técnica del grabado. Al cabo de unos años, Doré era más famoso en París que el mismo Courbet y cobraba más por cuadro que Daumier. La editorial Grant & Co. de Londres le hizo un contrato fijo para que ilustrara todas las ediciones de lujo del año, a cambio de una suma exorbitante para ese momento, y para cualquier otro momento también.

Y la razón de ese abrumador éxito, es que Doré ilustraba lo que nadie más ilustraba, no sólo porque su técnica precisa y minuciosa y su destreza en el uso de los químicos con que se forman las placas del grabado eran impecables, sino porque Doré no era, en sentido estricto un artista plástico, sino un amante de la literatura, o sencillamente un lector. Por eso nunca formó parte de las escuelas dominantes de los artistas del momento, ni de las sociedades que en torno a los artistas se formaban. La educación de Doré fue solitaria y en gran parte autodidacta, y consistió de mucho más tiempo sentado leyendo con atención a los clásicos que parado en las galerías de arte. Por eso se dedicó a ilustrar sus libros predilectos, y por eso sus ilustraciones no son las de un artista de la época, concentrado en extraer las imágenes más memorables para plasmarlas en la página. Las ilustraciones de Doré, más que dibujos, son lecturas expresadas en tinta, y por eso nos muestran no lo más visible del relato, sino lo que se esconde detrás y que sólo un lector asiduo sabe identificar.

Es evidente que no es por la obra Doré que los clásicos más grandes de la literatura se han salvado del olvido, pero sí es por su obra que su lectura de ellas, su aguda y creativa lectura de ellas, nos ha quedado ante los ojos para siempre.

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