Ludwig van Beethoven

16 de diciembre del 2010

Los críticos suelen dividir la obra de Beethoven en tres períodos, según el carácter de sus composiciones: el temprano, el heroico y el tardío. Así mismo, como con todo artista cuya producción esté íntimamente ligada a su corazón, los grandes episodios de su vida pueden entenderse en relación a esos tres períodos. Beethoven nació en […]

Ludwig van Beethoven

Los críticos suelen dividir la obra de Beethoven en tres períodos, según el carácter de sus composiciones: el temprano, el heroico y el tardío. Así mismo, como con todo artista cuya producción esté íntimamente ligada a su corazón, los grandes episodios de su vida pueden entenderse en relación a esos tres períodos.

Beethoven nació en Bonn cuando los grandes maestros del clasicismo, Haydn y Mozart, ya habían compuesto sus obras más importantes. Sucesivos viajes a Viena, centro de la música del momento, y las insistentes enseñanzas de su padre, que quería criar un nuevo prodigio como Mozart, lo iniciaron desde muy temprano en el arte de la composición. Por eso las obras de ese período, como la Primera Sinfonía, son casi un comentario a las de los maestros vieneses, y aunque Beethoven no había alcanzado sino una fama local en ese tiempo, algunas de ellas ya formaban parte de sus obras maestras.

De la mano con la independencia de su familia y de la influencia clásica, vienen también los primeros síntomas de sordera, y Beethoven entra en una etapa de crisis de la que resurge hecho un hombre nuevo. Prueba de ese heroico “renacimiento” es el famoso Testamento de Heiligenstadt, conmovedor como ninguno de los manuales de auto superación de hoy en día, y que marca el inicio del período heroico. Las obras de este período, como la ópera Fidelio y la Sinfonía Heroica,  están inspiradas por los éxitos de Napoleón en Europa, y deben escucharse como se lee un poema épico, siguiendo las aventuras del héroe, que en este caso es la melodía.

Pero esa grandilocuente inspiración también desembocó en una crisis, cuando Beethoven se enteró de que Napoleón se había auto proclamado emperador, traicionando sus propios ideales. El período tardío, que empezó tras largos e improductivos años, es el del Beethoven neurótico, acechado por las deudas y sordo como una tapia que todos conocemos. Pero también es el Beethoven de las obras más maduras y sorprendentes, como la Novena Sinfonía y la Missa Solemnis. En ellas Beethoven ha dejado de lado tanto el diálogo con sus maestros como el canto de la Europa de su época, y ha iniciado una búsqueda solitaria y por supuesto metafísica, pues su objetivo es encontrar la esencia del amor humano, que halló en el Himno de la Alegría, y la búsqueda de Dios.

Beethoven murió en Viena, dejando inconclusa una Décima Sinfonía. De ahí en adelante, todos los grandes compositores que han iniciado una décima sinfonía han muerto sin terminarla. Se cuenta que Gustav Mahler, para esquivar la maldición, llamó a la novena la Sinfonía del Mundo, para poder componer la décima, llamándola novena; murió antes de acabarla. Parece, dicen los compositores, que el mundo no los quisiera dejar revelar en sus obras más secretos de los que ya reveló Ludwig van Beethoven.

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