Manuel Zapata Olivella

19 de noviembre del 2010

Manuel Zapata habló cuatro años después de su nacimiento, el 17 de marzo de 1920 en Lorica, Córdoba. Bajo el signo de piscis y acompañado de una lluvia, que sin piedad, inundó su humilde casa. Su mamá decía que lo primero que vio Manuel al nacer fue agua. Fue nómada y vagabundo durante su juventud. […]

Manuel Zapata Olivella

Manuel Zapata habló cuatro años después de su nacimiento, el 17 de marzo de 1920 en Lorica, Córdoba. Bajo el signo de piscis y acompañado de una lluvia, que sin piedad, inundó su humilde casa. Su mamá decía que lo primero que vio Manuel al nacer fue agua.

Fue nómada y vagabundo durante su juventud. A los veinte años emprendió un viaje que duró cuatro años, recorrió Centroamérica, México y Estados Unidos, país donde comenzó su interés por lo afro. El libro He visto la noche fue el resultado de sus vivencias y de algunas circunstancias  en las que fue rechazado por el color de su piel, en los años cuarenta mientras estuvo en Norteamérica.

Su fascinación por los animales lo llevó a estudiar el más importante de toda la taxonomía animal, el ser humano, estudió medicina en la Universidad Nacional, durante su largo viaje trabajó aplicando algunos de sus conocimientos.

Se desempeñó como antropólogo y escritor. Publicó algunas narraciones como Changó el Gran Putas, Chambacú corral de negros, El árbol brujo de la libertad, Levántate mulato, El hombre colombiano, La rebelión de los genes y Tradición oral en Córdoba, entre otras.

Las investigaciones más importantes que lideró estuvieron enfocadas al estudio de los afrocolombianos, la cultura y el folclor. Resultado de la mezcla que él mismo definió como la sangre de África, la España multiétnica y los aborígenes arahuacos, chibchas y del Caribe.

El destacado afrocolombiano del siglo XX dejó de sonreír el 19 de noviembre de 2004, murió en casa de su hija, en horas de la madrugada. Fue velado en el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional y cumpliendo sus deseos, la negramenta, como llamó a su raza, bailó al son de tambores y gaitas alrededor de su cuerpo y sus cenizas fueron lanzadas al río Sinú en medio de llanto y aplausos del pueblo que lo vio nacer.

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