En La arboleda perdida, el poeta y pintor Rafael Alberti recuerda una vez en que Dalí le mostró un dibujo en la residencia de estudiantes en Madrid, a él y a otros futuros miembros de la generación del 29, y se los explicó de una manera en ya estaba cifrada la futura personalidad de Dalí, excéntrica y concéntrica según sus propias palabras:
“Con cierta seriedad catalana, pero en la que se escondía un raro humor no delatado por ningún rasgo de la cara, Dalí explicaba siempre lo que sucedía en cada uno de sus dibujos, apareciendo allí su innegable talento literario:
-Aquí está la bestie, gomitando. –(Se trataba de un perro, que parecía más bien un rebujo de estopa)-. Estos son dos guardias civiles haciéndose el amor, con sus bigotes y todo… -(Efectivamente, dos manojos de pelos con tricornios se veían abrazados sobre algo que sugería una cama)-. Este es un putrefacto, sentado en el café. –(El dibujo era una simple raya vertical, con un fino bigotillo arriba, cortada por una horizontal que indicaba la mesa)-. Y aquí otra vez la bestie, siempre gomitando…”
Sala Mae West
La descripción no parece concordar con un dibujo demasiado hábil, sino más bien con los mamarrachos de un niño fantasioso y sin embargo, sólo hace falta ver la obra de Dalí de esa época para notar que si describía como un niño, ya en cambio pintaba como un artista hecho y derecho. En efecto, Dalí siempre causó esa impresión en los que lo conocieron, la de no saber exactamente por qué es que era un buen pintor. Comparar, en ese sentido, una descripción hecha por algún crítico de arte con la de Dalí de un mismo cuadro, da una buena idea de lo alejada que Dalí tenía su pintura de un discurso estético o político bien formado, o también de lo mucho que inventan los críticos de arte con tal de tener algo que decir.
En una entrevista para un programa español de los años setenta llamado A Fondo, con el carismático e infinitamente cursi Joaquín Soler Serrano, Dalí, que tenía la oportunidad de explicar larga y minuciosamente la gracia de su obra entera, de su estética, de su intención con respecto a la pintura, se dedicó en cambio a contar anécdotas incendiarias, una detrás de otra, todas destinadas a escandalizar a la tía, y frente a las cuales Soler Serrano se escandalizó como la más sensible y gorda de las tías. Contó, por ejemplo, que antes de ponerse a pintar, se ponía un poco de dátil en las comisuras de los labios y esperaba a que una mosca lo visitara, momento en que la atrapaba con los labios y la dejaba aletear preocupada un rato, tras lo cual la soltaba y se ponía a pintar, ya con la inspiración bien evocada. También contó que tenía un lago en el que puso cien o doscientos cisnes a los cuales les instaló unas coronas con bombillos para poder verlos de noche nadando. Pero los cisnes hundían la cabeza y se electrocutaban, y le duraron muy poco, aunque le proporcionaron unas cuantas horas de una escena verdaderamente hermosa. Soler Serrano intenta a cada momento llevar la entrevista por caminos menos escandalosos y más útiles para el espectador, pero Dalí no se deja, y cuenta la vez que rompió su propia exposición en Nueva York y lo metieron a la cárcel y allí lo salvó un narcotraficante puertorriqueño que decidió tomarle aprecio. Soler Serrano se lamenta, y Dalí lo ignora.
Escultura del Rinoceronte vestido con puntillas de 1956.
Dalí es famoso por su etapa surrealista, aunque antes y después de ésta tuvo otras tantas etapas no menos prolíficas e importantes. Muchos, al verlo abandonar el surrealismo, lo condenaron de traidor de sus propios ideales, o de carente de ideales en un principio. Pero ver a Dalí, y escucharlo, y leerlo de su propia pluma o a través de la de sus amigos y conocidos, nos muestra que en realidad no dejó de ser nunca un surrealista, a su manera, e incluso en su etapa final, millonario y decadente, insistía en el principio fundamental del surrealismo, el de impedir a toda costa que una interpretación sólida y única se apodere de la obra, en el que la obra se reduzca a una conjunción de hechos históricos y políticos circunstanciales.
http://www.youtube.com/watch?v=cRm0zE6y-Jg
Sala Mae West
La descripción no parece concordar con un dibujo demasiado hábil, sino más bien con los mamarrachos de un niño fantasioso y sin embargo, sólo hace falta ver la obra de Dalí de esa época para notar que si describía como un niño, ya en cambio pintaba como un artista hecho y derecho. En efecto, Dalí siempre causó esa impresión en los que lo conocieron, la de no saber exactamente por qué es que era un buen pintor. Comparar, en ese sentido, una descripción hecha por algún crítico de arte con la de Dalí de un mismo cuadro, da una buena idea de lo alejada que Dalí tenía su pintura de un discurso estético o político bien formado, o también de lo mucho que inventan los críticos de arte con tal de tener algo que decir.
En una entrevista para un programa español de los años setenta llamado A Fondo, con el carismático e infinitamente cursi Joaquín Soler Serrano, Dalí, que tenía la oportunidad de explicar larga y minuciosamente la gracia de su obra entera, de su estética, de su intención con respecto a la pintura, se dedicó en cambio a contar anécdotas incendiarias, una detrás de otra, todas destinadas a escandalizar a la tía, y frente a las cuales Soler Serrano se escandalizó como la más sensible y gorda de las tías. Contó, por ejemplo, que antes de ponerse a pintar, se ponía un poco de dátil en las comisuras de los labios y esperaba a que una mosca lo visitara, momento en que la atrapaba con los labios y la dejaba aletear preocupada un rato, tras lo cual la soltaba y se ponía a pintar, ya con la inspiración bien evocada. También contó que tenía un lago en el que puso cien o doscientos cisnes a los cuales les instaló unas coronas con bombillos para poder verlos de noche nadando. Pero los cisnes hundían la cabeza y se electrocutaban, y le duraron muy poco, aunque le proporcionaron unas cuantas horas de una escena verdaderamente hermosa. Soler Serrano intenta a cada momento llevar la entrevista por caminos menos escandalosos y más útiles para el espectador, pero Dalí no se deja, y cuenta la vez que rompió su propia exposición en Nueva York y lo metieron a la cárcel y allí lo salvó un narcotraficante puertorriqueño que decidió tomarle aprecio. Soler Serrano se lamenta, y Dalí lo ignora.
Escultura del Rinoceronte vestido con puntillas de 1956.
Dalí es famoso por su etapa surrealista, aunque antes y después de ésta tuvo otras tantas etapas no menos prolíficas e importantes. Muchos, al verlo abandonar el surrealismo, lo condenaron de traidor de sus propios ideales, o de carente de ideales en un principio. Pero ver a Dalí, y escucharlo, y leerlo de su propia pluma o a través de la de sus amigos y conocidos, nos muestra que en realidad no dejó de ser nunca un surrealista, a su manera, e incluso en su etapa final, millonario y decadente, insistía en el principio fundamental del surrealismo, el de impedir a toda costa que una interpretación sólida y única se apodere de la obra, en el que la obra se reduzca a una conjunción de hechos históricos y políticos circunstanciales.
http://www.youtube.com/watch?v=cRm0zE6y-Jg
