Diego García Bejarano

Ingeniero ambiental sanitario. Especialista en gerencia de recursos  naturales y magister en gobierno y políticas públicas. Fui director de Arborizacion Urbana en el Jardín Botánico, director de Ambiente y ruralidad en Secretaría de Planeación Distrital, concejal de Bogota, director de la Región Administrativa Planeación Especial. Guía profesional de turismo, profesor universitario. Co creador del programa BiciRegion y la ruta turística de la leyenda del Dorado. Asesor de turismo de naturaleza.

Diego García Bejarano.

Al andante Pablo Julio Montes Buriticá

Decir su nombre, con sus dos apellidos, es un acto de rabia, de recordación con fuerza, de mención para no olvidar. En febrero de 2001, una mañana frente al televisor, me quedaba petrificado al ver la noticia: el frente 13 de las FARC había asesinado a 9 caminantes en el Parque Nacional Natural de Puracé. Ahí estaba Pablo, mi compañero código de la Universidad Distrital, estudiantes ambos de Ingeniería Forestal. 

 

Con Pablo teníamos un acuerdo: íbamos a conocer Colombia, hacer sus rutas inexploradas y aventurarnos en la vida. 

 

Nuestra gran experiencia juntos, fue Sanquianga. Un parque nacional natural en la costa pacífica nariñense, que se convertía en el punto más cercano y probable para visitar la Isla Gorgona, nuestro destino anhelado. Nos atraía el ecosistema de Manglar de Sanquiaga, esos árboles con sus raíces expuestas en suelos fangosos, que se forman entre el agua salada del mar y agua dulce de la desembocadura de los ríos. 

 

Pablo, tenía muy presente el itinerario del viaje, y aunque no conocía en detalle como íbamos a llegar, que íbamos a comer o donde debíamos descansar, te lo contaba con tal seguridad que le creíamos cada palabra. 

 

Salimos de Bogotá con Marcos, Javier, Pablo y yo. Todos estudiantes de la Universidad Distrital, sin un peso con que viajar y sin mayor detalle del recorrido. Solo contábamos con los vagos recuerdos de Pablo, que decía que le habían contado como llegar, con lo que bastaba para nosotros, espíritus andantes, para cumplir la travesía.

 

Nos citamos los 4 en la avenida Boyacá con autopista sur. Para salir de la ciudad, si o si debíamos tomar una flota con rumbo a la ciudad de Cali, pero con presupuesto a Fusagasugá. Así que decidimos hacernos los dormidos, y, sobre el municipio de Girardot, nos levantaron del “profundo sueño”, cobrándonos el pasaje. Nosotros, indignados porque no nos despertaron antes, nos bajamos “ofuscados” y con la risa interna de la primera hazaña de este viaje, que marcaría mi sentido de andante por las rutas inexploradas de Colombia. 

 

Usamos la modalidad de auto stop, y extrañamente si hubo automóviles que nos avanzaban. Recuerdo uno en particular de 4 puestos, perfecto para nosotros. Yo me hice en la parte de adelante, conversando con el conductor y preguntándole si no sentía miedo de llevar 4 desconocidos en su carro, a lo cual me respondió: - yo no ando con miedo amigo, vea lo que tengo acá -, y me mostró un fusil pequeño que portaba en el pecho. 

 

Ahora los nerviosos éramos nosotros. Eran tiempos de paramilitarismo, de negociaciones con la guerrilla truncadas, de hecho, a Pablo Montes lo asesinan en uno de esos lapsos cuando el Gobierno de Pastrana suspendía diálogos y luego los reactivaba, dejando periodos de muerte en esos territorios. Buscando la forma de salir pronto del auto, aquel oscuro y amable personaje, nos dejó cerca a Ibagué, y de allí indagamos la salida para cruzar la línea del eje cafetero.

En este paso, en aquella camioneta de platón, se han roto todos los récords de velocidad que haya hecho en la vida. Literalmente cerramos lo ojos, y solo esperamos pasar con mucha ansia al otro lado, porque su velocidad no era normal. 

 

No tengo precisión de otros medios por los cuales avanzamos sobre la carretera, quizás, por el mismo motivo con el que la mente solo recuerda momentos muy emocionantes, y en medio de tanta conmoción, algunas siempre sobresalen. Otro de esos instantes a no olvidar, fue la llegada desde Loboguerrero a la soñada Buenaventura, transportados en un camión de cilindros de gas, demostrando en ese momento la plena chabacanería en la que viajábamos.

 

El puerto de Buenaventura ya era inseguro para ese entonces, nos cuidábamos el sueño en el muelle, ya que de allí zarparíamos a Sanquianga en un barco de cabotaje navegando por cerca de 15 horas en altamar del océano Pacifico. Nos peleamos inocentemente pasar la noche en cubierta, mientras los locales corrían a buscar camarotes, refugios y cualquier lugar donde pudieran resguardarse. Al par de horas de haber embarcado, la lluvia torrencial cumplía sus efectos y a medio camino la nave apagó motores. La maquinaria falló y quedamos a la deriva, esperando que los troncos de balso puestos en la embarcación no tuvieran que ser utilizados, ya que nos habían explicado con anterioridad, que, ante cualquier emergencia, debíamos aferrarnos a ellos y esperar algún rescate.

 

Por actos que nadie se explica y que suelen suceder con mucha más frecuencia de la que imaginamos, todo se tranquilizó. Los motores prendieron, la lluvia cesó y logramos ubicarnos a la madrugada, ad portas de Vigías, lugar donde una lancha salía al paso del barco para llevarnos a la costa de Sanquianga. Por su parte, la ruta de la nave continuaba hacia bocas de Satinga, ese lugar del que se habla mucho por sus aserríos, la gran actividad forestal y los ríos con rieles de maderos, amarrados unos a otros con trozas de cedro, sapán, gánjaro y otros árboles preciosos, sobreexplotados y en total peligro de extinción. 

 

Al llegar a Sanquianga, se notaba un ambiente estresante entre los operadores y habitantes, alarmados por la urgente situación del barco que se cruzaba con nosotros en sentido contrario, que había naufragado con varios desaparecidos.  Desde ese momento había notado mucho más mi insignificante presencia en la tierra, mi efímera existencia, el lugar en medio de la nada en el que me encontraba, sin posibilidad de comunicación, observando la isla Gorgona constante frente a nuestros ojos desde la costa nariñenese, con su presencia perturbadora de misterio, al tener sin tregua una nube sobre ella, pese al sol y su cielo despejado que la circundaba. 

 

Pasamos 4 noches con sus días en Sanguianga, conociendo sus habitantes, entendiendo su extraña separación entre los Mulatos y los Vigías, dos pueblos que se dividían por un puente roto, con marcado fraccionamiento del territorio, tanto, que la práctica de la endogamia era evidente. Estos aspectos históricos iban indicando una vez más, que nuestra lógica humana es incomprensible, cargada de rezagos y cuentas por saldar. 

 

Montamos chalupa, comíamos almejas del mar que solo Pablo era capaz de capturar, una vez bajaba la ola y quedaban en la superficie de la playa. Intentamos comer cangrejo, negociamos pescados, nos regalaron arroz, visitamos manglares, le rogamos a Parques Nacionales para que nos llevara a Gorgona, ya que no alcanzábamos a reunir las “latas” suficientes, es decir, los galones de gasolina para la lancha, por lo que nunca pudimos ir. 

 

Sanquianga es un lugar pletórico de naturaleza. Sus manglares, selvas tropicales, estuarios, playas vírgenes, aves, crustáceos, fauna y flora exuberante, la constituyen como la mejor vitrina natural para contemplar Gorgona y acercarse a ella.  

 

Ya de regreso, las reservas del viaje fueron planificadas. Había gastos que eran inminentes, como la lancha que nos llevaría al barco para llegar a Buenaventura, transporte público que nos adelantara trayectos, al menos un golpe de comida, por lo demás, el alma aventurera, el estómago de estudiante de la pública y las ganas de conocer, nos alivianarían lo que fuera.

 

No es claro como llegamos a Espinal. Solo recuerdo que pagamos con linternas, ollas, relojes y otros elementos personales, el pasaje para que nos llevaran a Bogotá. Era un sábado santo, nos tocaba de pie, el bus que salía era la última línea y la convivencia ya no daba más.

 

Una cosa es segura: sin Pablo ese viaje hubiera sido muy distinto. Habríamos sufrido lo inmamable y la experiencia no hubiera sido gratificante para mi vida. 

 

Ahora soy consciente del valor de Pablo, de la gente que como el, siente cada camino histórico de nuestra Colombia. Lo pienso mucho por estas fechas, porque mi hijo me ha pedido que le muestre el país, sus nevados y montañas, pero las limitaciones a hoy son tan altas, como en aquellos turbulentos tiempos. 

 

Agradezco a la vida, que me permitió seguir vivo, ya que no acudí a la invitación de Pablo para el año siguiente ir al Puracé. No pude hacerlo por el trabajo que el mismo me había ayudado a conseguir como guardián de ciclovía y que me pesó en su momento porque me iba a perder un viaje inolvidable. Solo agradecí, cuando frente al televisor esa mañana de febrero del 2001, me dije gracias Dios por no haber viajado y maldita sea la hora en la que esta estúpida guerra nos sigue matando. 

 

A hoy, muchos caminos para los montañistas siguen vetados. Por guerra, por autoridades nacionales, por comunidades, por lo que sea, hay muchos sitios que nos toca al gato y al ratón, como si andar en tus propias tierras, fuera un acto delictivo. Visitar Sanquianga es un repetible imperdible, necesario en estos tiempos de lucha y defensa de nuestra MEGAbiodiversa Gorgona, porque volver a los lugares donde fuiste feliz, es entender el origen de tu vida.  

 

Posdata: tuve la oportunidad de preguntarle al vocero de las FARC Pablo Catatumbo en los diálogos de la Habana, que había pasado, porque mataron los caminantes? ¿Qué hicieron para merecer ese tiro de gracia? Solo atinó a decirme: - sí, esas muertes las debemos y fue un error-. 

 

 Ahora, estudiantes de la sede el Vivero de la Universidad Distrital, ya saben un poco más del personaje que lleva su nombre en el auditorio llamado: Pablo Julio Montes Buriticá.

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Diego García Bejarano.
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