Ignacio Arizmendi Posada

Periodista de la Universidad de Navarra.

Exdecano de la Facultad de Comunicación de la UPB.

Excolumnista de El Colombiano y El Mundo (Medellín), El País (Cali), El Tiempo y Revista Cromos (Bogotá).

Autor de 15 libros de historia y ensayo.

Ignacio Arizmendi Posada

Buscarle un sentido a la vida tiene sentido

Tras pensarlo mucho, mi amigo X decidió hablar con una psicóloga en busca de ayuda para encontrar respuestas a tres preguntas: ¿La vida debe tener un sentido? ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Cómo hacer para encontrarlo? Pero luego de dos o tres sesiones, se aburrió. “Es que la doctora me hacía unas reflexiones fáciles de entender, pero difíciles de atender”, decía X, “y me recomendaba unas pastillas fáciles de tomar, pero difíciles de comprar”. La profesional terminó sugiriéndole que contactara a un psicólogo al creer que, por identidad de género, podía darle más satisfacción a X, quien, no obstante, se decepcionó después de algunas entrevistas, al final de las cuales el nuevo asesor estimó que podía servirle una psiquiatra

Aceptó la idea, pues pensaba que la intuición femenina, su delicadeza y su talento podían jugar a favor de los propósitos buscados. Sin embargo, no resultó lo que esperaba por motivos parecidos a los que tuvo para no regresar adonde el psicólogo. Entonces, la doctora le sugirió conversar con un psiquiatra experto en esa clase de inquietudes. Asistió varias veces y también renunció “porque el asesor me descrestaba con lo que decía, pero en cada cita me asustaba con la droga que me recetaba”. 

► ¿Es que los psicólogos y los psiquiatras tendrán ya resuelto su sentido existencial, pero carecen de suficientes contenidos electrizantes, motivadores, posibles, como para evitar que algunos de sus pacientes insistan en decir con rabia “¡Vida hijueputa!”? ¿O será un asunto imposible de afrontar con más logos y menos medicamentos? 

Pese a todo, el psiquiatra le dijo que dialogara con un sacerdote, pues X venía de una familia muy religiosa. Acogió la sugerencia, aunque estaba convencido de que sus preguntas podían carecer de respuesta. Y consiguió la cita con un cura de la ciudad, con fama de buen predicador.

“¿Quieres saber qué sentido tiene la vida, cómo dar con algo que te ilusione, que te anime a vivir cada día?”, le preguntó el eclesiástico. “Sí, padre”, contestó X. “La vida es un designio misterioso de Dios, por lo cual el sentido de tu vida está en regirte por los mandamientos divinos para evitarte problemas”, dijo el sacerdote. “¿Cómo cuáles problemas?”, indagó X. “Por ejemplo”, respondió el clérigo, “irte para el infierno toda la eternidad, rodeado de llamas inextinguibles”. El pobre X sintió un carbón encendido en su mente, pero tuvo fuerzas para pedirle al cura que le dijera por cuáles causas podría ir al infierno. “Muy sencillo”, dijo el padre, “por no ser un buen hijo de Dios ni de la iglesia”. Entonces, X le pide que le explique en qué consistía ser buen hijo de Dios y de la iglesia. “En no pecar, en practicar los mandamientos, los sacramentos y las obras de misericordia, en huir del diablo y sus halagos”, contestó. 

X no veía luces sugestivas, animosas, de las cuales tomar ideas y energía para seguir en el surco día a día, noche a noche, con ilusión y decisión. El cura lo estremecía con cada palabra, siempre conectada con “el pecado” y los dominios satánicos, por lo cual decidió buscar otra fuente: un pastor evangélico, quien de entrada le dijo: “Si el Señor no es la razón para tú vivir, lo será Satanás, ¡que estará muy feliz de invitarte a los fuegos eternos del pecador!”

Pasó el tiempo, y mi amigo, pese a lecturas, conversaciones y reflexiones, no encontraba un sentido invencible de la vida, indeleble, enérgico, ni se hacía a vías para dar con alguno ante las enfermedades, el dolor, la tristeza, la incertidumbre, la muerte, la desgracia. Por eso, lo único que decía de tarde en tarde era: “¡Vida hijueputa!”.  

► ¿Es que los curas y pastores carecen de una visión inteligente, realista, atractiva de la vida, que sea útil a mucha gente, distinta a amenazar con Satanás, el pecado y el infierno? 

INFLEXIÓN. En Budapest, el célebre inventor serbocroata Nicolás Tesla (1856-1943) acostumbraba pasear por un parque próximo al lugar de trabajo para acercarse a las palomas, animalitos de su infancia, “mis verdaderos amigos”, y alimentarlas. Pero la motivación profunda estaba en recibir la visita de una de ellas, de plumas blancas, que había recogido cuando estuvo herida: “Solo tenía que llamarla y ella venía volando hacia mí. Mientras la tuve, tuve un sentido en mi vida”, dejó escrito. ¿X andará en busca de su paloma blanca?

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Ignacio Arizmendi Posada
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