Existen cohetes de todo tipo. Aquellos que viajan al espacio siempre serán apreciados como un gran logro humano. Hace poco se habló de un cohete chino que perdió su rumbo y que no se sabía en qué parte de la Tierra iba a caer, su destino era incierto y al mismo tiempo se prestaba para imaginar si desde una ventana era posible ver su caída o desde una mirada más fatalista, si era posible de que cayera sobre alguien mientras iba al trabajo o cocinaba la cena. Fue más el drama de saber que la humanidad no tenía el control sobre ese objeto que terminó en el océano Índico, cerca a las Maldivas, sin heridos ni fotos que registraron su turbulento aterrizaje.
Hay otros cohetes que tienen un fin distinto a los que viajan al espacio. Su misión es destruir y su nombre cambia al de misil. De estos cohetes si hay fotos y videos como si se tratara de una película de acción. El conflicto entre Palestina e Israel ha mostrado cientos de cohetes en el aire teledirigidos a objetivos que terminan en cenizas, y el pretexto es sencillo, destruir para atacar o para defender, sin embargo, la población que no puede refugiarse bajo tierra queda en medio del fuego cruzado sin un rumbo fijo. En la franja Gaza y en Israel la gente se esconde para no ver estos cohetes que han dejado a decenas de víctimas y desplazados.
En cierto modo se puede afirmar que en Colombia somos como cohetes en posición vertical. Miramos al cielo y nos decimos que esta vez no unos pocos, sino todos, vamos a despegar para tener un rumbo que nos favorezca a cada uno. En cada manifestación pacífica y con expresión cultural, el mensaje llega con más fuerza que un violento cohete, su impacto no es un ruido efímero, más bien es una voz que se hace oír y se fija en la memoria.
