Juan Restrepo

Ex corresponsal de Televisión Española (TVE) en Bogotá. Vinculado laboralmente a TVE durante 35 años, fue corresponsal en Manila para Extremo Oriente; Italia y Vaticano; en México para Centro América y el Caribe. Y desde la sede en Colombia, cubrió los países del Área Andina.

Juan Restrepo

Cuando no manda el Estado

Cecilia Flórez Armenta es una mujer mexicana cuyos hijos desaparecieron, el primero en 2015 y otros dos en 2019. Cuando esto ocurrió, en el estado de Sinaloa, Cecilia hizo lo que cualquier persona normal habría hecho en su caso: acudir a las autoridades a reportar el caso, y esperar la acción del Estado para saber qué suerte habían corrido sus hijos. Sin embargo, con la desaparición del primero, Alejandro, comprendió que no podía esperar gran cosa del Estado y, a finales de 2015, fundó un colectivo de mujeres que busca a más de 7.000 personas desaparecidas. 

Es el Colectivo Madres Buscadoras que, durante el tiempo que llevan rastreando en regiones controladas por el crimen organizado, han encontrado más de 2.000 cuerpos en fosas o crematorios clandestinos. Y así Cecilia, esta “madre buscadora”, como se conoce en México a miles de mujeres que se movilizan por el país con la esperanza en encontrar a sus hijos desaparecidos, halló el cadáver de uno de los suyos.

La semana pasada, Cecilia se vio obligada a tomar otra iniciativa que habla del abandono del Estado a este vulnerable colectivo. Colgó una manta en el monumento al Ángel de la Independencia en la capital mexicana con un texto elocuente: “A los carteles les pido piedad, no maten ni amenacen a las Madres Buscadoras. No nos detenemos porque buscamos la razón de nuestra vida. No queremos justicia, ni cárcel, solo arropar a quienes parimos y un lugar donde rezarles. Queremos paz”.

Esas madres mexicanas no buscan culpables, no buscan justicia, y no buscan ni lo uno ni lo otro porque ya no esperan nada. Solo quieren recuperar a sus hijos; mejor dicho, recuperar los huesos de sus hijos para poder rezarles. Lo insólito de este mensaje es que no se dirigen al Estado, la novedad de esta iniciativa radica en la súplica que dirigen es a sus verdugos. Digo “sus verdugos” porque también las han matado un poco a ellas. 

Un episodio como éste no podía darse más que en América Latina, en donde el poder político está tan estrechamente vinculado a la ilegalidad que lo más lógico parece dirigirse a las fuentes oscuras de ese poder. En un territorio en donde los gobiernos descansan en redes o alianzas entre delincuentes comunes, narcotraficantes, políticos corruptos y grupos armados, qué sentido tiene comportarse de la manera tradicional.

El episodio de estos días pasados en el centro de la capital mexicana, a los pies del Ángel de la Independencia, es un capítulo de realismo, y no precisamente mágico, latinoamericano. Con una institucionalidad cooptada por distintos actores delincuenciales, con unas democracias debilitadas, en medio de poderes opacos que se perpetúan cada seis años en México, cada cuatro en Colombia, o los que sean en Ecuador, en Perú, en Centro América…, cómo no entender a estas madres.

Y qué duro su mensaje que viene a ser: “Señores delincuentes, sigan ustedes en lo suyo, sabemos que no hay justicia, que nadie los detendrá, que ustedes son más poderosos que el Estado, a nosotras permítanos solo hacer un duelo”. Difícil encontrar un episodio de más soledad y desamparo.

Y aunque a lo que aquí me estoy refiriendo ocurrió en México, qué fácil podría aplicarse el hecho a cuanto sucede hoy en Colombia, en donde extensos territorios del país se encuentran en manos de la delincuencia organizada. Y qué sangrante pensar en esta realidad mientras el presidente Gustavo Petro despilfarra dinero en otro de sus viajes de recreo por Europa, vendiendo aire como acostumbra en todas partes, en lugar de ponerse a trabajar, que fue para lo que lo eligieron un montón de colombianos ingenuos.

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