Juan Restrepo

Ex corresponsal de Televisión Española (TVE) en Bogotá. Vinculado laboralmente a TVE durante 35 años, fue corresponsal en Manila para Extremo Oriente; Italia y Vaticano; en México para Centro América y el Caribe. Y desde la sede en Colombia, cubrió los países del Área Andina.

Juan Restrepo

El avispero del Sahel

Un dato bien curioso y que suele pasar desapercibido en el conflicto de Ucrania, es la importancia de la ayuda de Polonia a su vecina agredida por la invasión de Rusia. El gobierno de Varsovia, junto a los de Alemania y Francia, es el más ampliamente implicado de Europa en apoyar a los ucranianos. Los polacos se han comprometido a adquirir más armas para Ucrania en el mercado mundial y a colaborar en la producción de equipo militar para las fuerzas ucranianas como no lo hacen, pongamos por caso, los países mediterráneos. La razón es bien sencilla: los polacos saben muy bien lo que es vivir aplastados por la bota de Moscú.

 

Detenerse a reflexionar sobre esto resulta pertinente cuando al sur de Europa un terremoto político-militar sacude la región africana del Sahel con el que ahora se frota las manos Vladimir Putin, y al que puede no ser del todo ajeno. Se trata de una región de África, que se extiende a lo largo de más de 5.000 kilómetros desde el Océano Atlántico hasta el Mar Rojo. Una zona de transición entre el árido desierto del Sahara y las sabanas y bosques más verdes del territorio, y que alberga a once países, de Senegal a Eritrea. Es el centro de rutas comerciales entre la costa africana y el mundo árabe y musulmán, que en los últimos años ha sido escenario de una serie de golpes de Estado cuyas consecuencias, tarde o temprano, terminarán por aflorar en frontera sur de la Unión Europea.

El gobierno de Moscú, con sus acuerdos con varias de esas juntas golpistas y algunos señores de la guerra en el Magreb —la región más al norte del continente africano— ha puesto sus botas en el terreno de lo que se considera la frontera sur del Viejo Continente. En las mismas barbas de la Unión Europea el yihadismo está fuera de control desde hace una década y se ha hecho fuerte en Malí, Níger y Burkina Faso, coexistiendo y beneficiándose de todo tipo de negocios oscuros, desde armas hasta drogas pasando por tráfico de seres humanos.  Y ese territorio de Estados precarios y límites porosos  ha caído ahora en brazos de Vladimir Putin.

 

El próximo 18 de mayo, cuando concluye el actual mandato de la misión llamada EUTM-Malí, Europa se retira militarmente del Sahel y deja el campo libre a Rusia. Los Veintisiete no pudieron ponerse de acuerdo para prorrogar más allá de esa fecha la presencia europea en esa conflictiva zona, y las tropas francesas darán por terminada una operación que se había puesto en marcha en 2013 y que en los últimos tiempos se había reducido a la mínima expresión.

 

El cierre de esa misión de la Unión Europea en África llegará tras la salida de las tropas francesas. Estas se han ido replegando a medida que triunfaban los golpes de Estado en Mali (mayo de 2021), Burkina Faso (septiembre de 2022) y Níger (julio de 2023), todos hostiles a la antigua metrópoli, París. Y no hay que perder de vista que además del explosivo cóctel de yihadismo, armas, drogas y tráfico de personas, la región atesora grandes reservas de minerales como uranio y oro: lo que explica el interés de Rusia, pero también de China, por llenar este vacío.

 

Rusia, a través del grupo paramilitar Wagner, se hizo presente en la conflictiva región africana en 2016. Su primer destino fue la República Centroafricana. Luego, en un gesto clásico de acudir a países en descomposición para prestar ayuda a alguno de los bandos que se suelen enfrentar en esos casos, aterrizó en Libia en ayuda de Jalifa Hafter, uno de los señores de la guerra que se disputan los despojos de aquel país sumido en el caos tras la caída de Muamar el Gadafi. Y, por último, se hizo presente en el Sahel envuelto en una sospechosa cadena de golpes de Estado.

 

La presencia de Rusia en una región del mundo que fuera feudo europeo, particularmente vinculada al área francófona, se convertirá casi con toda seguridad en un arma arrojadiza contra los países de la Unión, cosa difícilmente reversible a corto plazo. En los países del sur, y de manera especial en España, no ocultan la preocupación. El Informe Anual de Seguridad Nacional hecho público el pasado 20 de marzo así lo refleja: “La situación en el Sahel constituye una amenaza para España”, concluye el informe.

 

El impacto inmediato repercute, sobre todo, en las Islas Canarias y se traduce en la llegada masiva de migrantes ilegales. Así, el año pasado “los datos de flujos migratorios irregulares de entrada registraron un aumento del 95% respecto al año anterior”. Según ese informe, ante la posible extensión de los conflictos a territorios limítrofes hay tratar de evitar “que grupos yihadistas puedan disponer de bases desde las que planificar acciones terroristas contra objetivos españoles y europeos”.

 

Una de las paradojas de esta situación es que las tropas de algunos de aquellos países, formadas por militares de la Unión Europea, terminarán operando (si no es que ya están en ello) al lado de los mercenarios rusos, cuyas prácticas no suelen ser precisamente las más distinguidas desde el punto de vista de respeto a los derechos humanos.

 

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