El anticandidato

Jue, 12/02/2026 - 15:32
"Como si llegar a la presidencia no fuera el resultado de una disputa política sino una especie de superación mágica de obstáculos"
Créditos:
KienyKe

Le comentaba a R mi intuición de que al candidato del oficialismo no le veo realmente las ganas de ganar las elecciones. Se comporta como si la cosa no fuera con él, casi como si cumpliera un papel en una comedia cuyo guion ni siquiera se hubiera tomado el trabajo de aprender. Basta verlo en plaza pública leyendo sus papeles —en los que previamente escribió o le escribieron el discurso—, un pecado mortal para cualquier líder que pretenda cautivar a sus posibles seguidores.

Se le ve agotado, con apariencia de estar enfermo —le fui diciendo a R—, o como si todo esto no le interesara demasiado y quisiera que la función terminara pronto para poder tomarse un descanso. Muy lejos de su adorado Fidel Castro, o de otros de esa calaña como Chávez, capaces de tomarse horas y horas en una retahíla interminable que ni siquiera un exitoso stand-up podría sostener sobre un escenario.

Para R no fue convincente mi apreciación. Traté entonces de argumentar que ese tipo de candidatos son extremadamente peligrosos: aquellos que sienten que están ahí no por voluntad propia sino porque el pueblo los reclama. Como si algo superior a ellos les hubiera asignado un designio glorioso, lo que los lleva a creerse indestructibles. Lo hemos visto en tiranos del pasado que llegaron por votación popular a dirigir sus países, convencidos de ser los elegidos por los dioses —o por los demonios, que para ellos es lo mismo—.

Poco convincente resulté con este nuevo intento y R me miró con cierto desdén. Proseguí mi perorata señalando que a un heredero de un gobierno tan desastroso, comprometido además a seguir políticas comprobadamente equivocadas, le tocaría cargar con un país destrozado en todos los frentes. Con escasas propuestas de solución y, peor aún, con la obligación sectaria de no admitir errores y persistir en ellos. Terminaría siendo un chivo expiatorio, como le ocurrió a Maduro con Chávez: asumiendo la culpa mientras lava la imagen del verdadero responsable.

Tampoco por ahí fue la cosa. En un último intento por aclararle a R mi planteamiento —el de que Iván Cepeda es un anticandidato que no quiere ganar, pero que, si le toca, asumirá su designio— acudí a la aparición de Roy Barreras. Una figura camaleónica que se le metió al rancho y que, en una consulta, podría desplazarlo sin que de parte de Cepeda se perciba reacción alguna.

Esa falta de respuesta refuerza mi impresión: pareciera acomodarse a lo que ocurra, como si llegar a la presidencia no fuera el resultado de una disputa política sino una especie de superación mágica de obstáculos. Como si, llegado el momento, simplemente le fuera entregada la espada de Bolívar porque así estaba escrito.

Ya cansado de buscar razones para lo que no deja de ser una intuición, me acordé de Trump. Le dije a R que entre los compromisos adquiridos por el presidente mamarracho estaba el de garantizar elecciones libres. Lo que, para los mal pensados como yo, significa que Cepeda no podría llegar a la presidencia sin una ayudita desde el poder. Y gobernar al estilo de Delcy Rodríguez con un Trump respirándole en la nuca no parece compatible con lo aprendido en la Unión Soviética.

Cepeda no quiere debates, se le ve apático, como si manejar este desastre no fuera con él. Administrar una continuidad no tiene nada de glorioso. Si las cosas salen bien, dirán que fue gracias a las políticas de Petro; si salen mal, la culpa será enteramente suya. Definitivamente, siendo del mismo bando, gobernar después del mequetrefe es un lastre difícil de arrastrar.

Lo cierto es que elegir a un anticandidato sería una tragedia para el país.

Creado Por
Carlos Salas Silva
Este contenido corresponde exclusivamente a la opinión y perspectiva del artista, Carlos Salas. Las ideas, reflexiones y afirmaciones aquí expresadas no comprometen la línea editorial ni institucional de KienyKe
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