Tolkien creó las lenguas élficas y, a partir de ellas, el término palantír, que significa “lo que ve de lejos”. Se trata de una piedra esférica en cuyo interior puede verse lo que ocurre en lugares lejanos. De allí tomó Peter Thiel el nombre para su empresa de manejo y análisis de datos, que con el tiempo se ha convertido en una de las más importantes del mundo. Palantir no predice el futuro: amplía la capacidad de ver el presente. Con la irrupción de la inteligencia artificial, Palantir ha acelerado de manera exponencial su operatividad.
Thiel estudió filosofía en Stanford, donde fue alumno del filósofo francés René Girard. Las teorías de Girard —en particular la del chivo expiatorio y la del deseo mimético— han sido un soporte teórico fundamental para el pensamiento de Thiel. Este último ha tenido, además, un vínculo cercano con el gobierno de Donald Trump, en especial con su vicepresidente. Todo esto muestra cómo, en la era tecnológica, campos del saber que parecían relegados de la acción pública adquieren una relevancia mayor de la que solemos imaginar. De ahí la importancia de pensar seriamente en la influencia de la inteligencia artificial en las elecciones.
Para muchos, la inteligencia artificial se ha convertido en su mejor interlocutor, y con razón. Hasta ahora, solo le he escuchado a uno de los tantos aspirantes a la Presidencia una cercanía explícita con la IA: Abelardo de la Espriella, quien ha dicho que los problemas del país todos los conocemos y que basta con preguntarle a la IA para encontrar soluciones.
No está lejos, en ese sentido, de afirmaciones como las de Elon Musk, quien sostiene que en menos de un año la IA será más inteligente que los humanos. A esto añadiría, de mi parte, que las genialidades políticas quedarán relegadas, hasta el punto de que los propios políticos podrían terminar desapareciendo, para bien de la humanidad. La declaración de Peter Thiel en 2009 —«ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles»— sigue causando polémica. En principio, podría decir que le asiste cierta razón cuando se observan los resultados de una perversión de la democracia como la que hoy vivimos en Colombia, con consecuencias calamitosas.
Si se aplicara la inteligencia artificial a las encuestas, no tendríamos que soportar la manipulación desvergonzada de muchas firmas encuestadoras. Resulta igualmente insoportable la manera como los medios las leen, las analizan y extraen conclusiones sin jamás cuestionarlas. No menos grave es la soberana estulticia de seguirle el juego a consultas sin sentido, que cuestan una barbaridad, cuyo resultado se conoce de antemano y de las que se aprovechan candidatos corruptos para sacar dividendos gracias a la alcahuetería de la reposición de votos. Todo esto exige una reestructuración profunda si se quiere que la democracia sobreviva a su propia caricatura, en la que se ha ido convirtiendo.
Solo sabremos en las propias elecciones si las viejas formas de hacer política —largas giras con manifestaciones en plaza pública, las vallas en las carreteras, los volantes, las camisetas y las cachuchas, junto con las alianzas con caciques regionales, la burocracia amarrada y el peso de los sindicatos—, seguirán teniendo la importancia que tuvieron en el pasado. Si se lograran superar los vicios de la Registraduría y el fraude no terminara imponiéndose, podríamos estar presenciando las primeras elecciones en el país marcadas por la inteligencia artificial y su influencia en las redes sociales, capaces de individualizar el voto como un gesto de libertad.
Por desgracia, es probable que sigan imperando las malas mañas: las encuestas acomodadas, la compra de votos, la presión de los grupos criminales, el uso de dineros del Estado y las manos oscuras a lo largo de todo el proceso dentro de la Registraduría, a lo que habría que sumar las fake news, que con la IA se vuelven cada vez menos reconocibles en fotografías y videos.
En ese sentido, la advertencia de Peter Thiel se convierte más en un síntoma que en una provocación, y la democracia aparece como un palo en la rueda que tarde o temprano terminará por romperse, pues el avance tecnológico es imparable. Por su parte, los planteamientos de Girard sobre la necesidad del chivo expiatorio —en el que descargamos nuestros odios para mantener a raya las tensiones sociales— se concretan en la figura del candidato que resulte elegido, sea quien sea. Este mecanismo seguirá operando mientras persistamos en un juego democrático desgastado, que cada vez colma menos las expectativas de construir un país mejor.
En Colombia, donde la democracia ha sido erosionada por la manipulación, el fraude, la burocracia capturada y la simulación institucional, la inteligencia artificial puede marcar un punto de inflexión: o profundiza el control y la falsificación de la voluntad popular, o expone de manera definitiva el agotamiento de una forma histórica de democracia.
