En la Habana de los años sesenta, un pobre tipo, aburrido de la maldita revolución de Castro y sin poder desahogarse con nadie, vio pasar un camión lleno de gente gritando: “¡Muera Castro! ¡Abajo la revolución!”. Se subió entusiasmado a acompañarlos en sus consignas:
—¡Muera Castro! ¡Abajo la revolución!
Al que tenía más cerca le preguntó:
—¿A dónde vamos?
—Al paredón.
Ese humor ácido, del que surgieron este y otros chistes negros, fue una forma de expresar el repudio a una tiranía nacida en plena Guerra Fría, patrocinada por la Unión Soviética, dentro de un plan de largo aliento mediante el cual el régimen comunista, heredero del estalinismo, logró instalarse en el patio trasero de los Estados Unidos. Desde los años veinte del siglo pasado, América Latina —y Colombia en particular— estuvo en la mira.
Es conocida la historia de cómo el joven Fidel Castro acudió, acompañado de dos amigos, a la IX Conferencia Panamericana que se celebraba en Bogotá y cómo, tras asesinar a Jorge Eliécer Gaitán, desató una violencia cuyas consecuencias todavía padecemos.
—Papá, papá, no quiero ir a Miami.
—Cállese, mijo, y siga nadando.
Bastante incorrectos políticamente eran esos chistes con los que crecimos y que quedaron imborrables en la memoria de muchos. Luego del intento fallido de la invasión a Bahía de Cochinos —planeada por Eisenhower y pésimamente ejecutada por Kennedy—, esa muestra de debilidad desencadenó la crisis de los misiles, que tuvo al mundo en vilo ante el espectro de una guerra nuclear. Todo indicaba que la dictadura sería eterna. Por fortuna para los cubanos, para la región y para Occidente, esa terrible ficción hoy empieza a resquebrajarse.
De los acuerdos entre Kennedy y Nikita Jrushchov quedó el vergonzoso compromiso de no intervenir en la isla, lo que, en la práctica, condenó a América Latina al yugo de las guerrillas entrenadas en Cuba. Colombia sigue sufriendo esa desgracia, y solo ahora parece vislumbrarse una luz de esperanza con la llegada de Trump a un segundo mandato. Lo visto en apenas un año de su administración supera con creces lo realizado por Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton, Bush hijo, Obama y Biden. Cada uno carga con su cuota de culpa por negligencia, incompetencia, cobardía o abierta complicidad.
Hoy presenciamos cómo el foco se está desplazando de Venezuela a Cuba. Los medios digitales que se ocuparon intensamente del caso Maduro ahora vuelcan su interés sobre Díaz-Canel y Raúl Castro, cuyos futuros parecen correr el riesgo de seguir el destino del tiranuelo venezolano. Se especula que estarían buscando refugio en Rusia, algo que probablemente se concrete pronto, pues una cárcel en Brooklyn no entra en sus planes.
La lógica de Trump es sencilla: es un negociador duro, más aún cuando tiene la sartén por el mango. El bloqueo del petróleo venezolano hacia la isla ha sido un golpe mortal para la tiranía. La aliada del régimen, Claudia Sheinbaum, intentó suplir esa necesidad hasta que Trump le puso el freno. Restan apenas quince días para que las reservas petroleras se agoten, lo que significaría un apagón total en la isla. Imaginen ustedes la gravedad del asunto.
La llamada voluntad política nunca se había visto aplicada como hasta ahora en el segundo mandato de Trump. Incluso Petro fue a arrodillarse en la Casa Blanca prometiendo portarse bien durante los seis meses que le restan a su mediocre y corrupta presidencia. La región es la gran beneficiada de una actitud tan distinta a la de gobiernos pasados, ya fueran demócratas o republicanos. La Secretaría de Estado en manos de Marco Rubio, férreo enemigo del castrismo, es una muestra clara de que las cosas van en serio.
Por otro lado, resulta evidente cómo la estrategia antidrogas se aplica también contra la tiranía cubana: el tránsito de la cocaína, establecido desde los tiempos de Pablo Escobar y luego sostenido por el cartel de los Soles, es presentado como prueba suficiente de que Cuba ocupa un lugar clave dentro del entramado del crimen transnacional organizado.
Con esto se marca una diferencia clara: se da por terminada la cobarde tolerancia de los distintos gobiernos del continente, una tolerancia que impidió que sus países se desarrollaran plenamente pese a su inmenso potencial. Un futuro próspero espera a las nuevas generaciones si no nos doblegamos en estas horas decisivas.
Aunque en mi adolescencia colgué en mi cuarto un afiche del Che, a mi padre le debo el profundo desprecio por Fidel y por el propio Che, así como el sueño de ver a Cuba liberada. ¡Cómo no! Prometo brindar —como lo hizo, hacia 1900, en un bar de La Habana, un soldado estadounidense al mezclar la recién llegada Coca-Cola con ron cubano y limón— por una Cuba libre, después de ganada la guerra contra España. De ese gesto nació el famoso cóctel que beberé sin remordimiento alguno, rompiendo mis largos años de abstinencia, como homenaje a la memoria de mi padre, quien sabrá perdonar mi momentáneo retorno al alcohol.
