El legado de Washington

Publicado por: juan.sacristan el Jue, 14/01/2021 - 13:19
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Por: Daniel Quiroga.
Daniel Quiroga

Los hechos recientes en Estados Unidos deben ser la base de una reflexión sobre lo preciada y frágil que puede ser una democracia. Ningún Estado democrático puede sentirse exento. Tampoco Colombia. 

En 1796, George Washington, general de la guerra de independencia norteamericana y primer presidente de la nación, estaba próximo a concluir satisfactoriamente su segundo mandato. Para la sorpresa de muchos, Washington no buscó un tercer término, sentando un precedente casi inquebrantable en los Estados Unidos, es una institución no escrita en ese país. En su discurso de despedida explicó que el respeto a la autoridad, y el seguimiento de las normas, son los deberes prescritos por los fundamentos de la libertad. 

El discurso de Washington no es un documento muerto. Año tras año, en el aniversario de su cumpleaños, el Senado de los Estados Unidos lee sus palabras, tratando de recordarle a la ciudadanía -y a sí mismos- cuál es el verdadero sentido de la nación. A pesar de esto, el espíritu de sus palabras no estuvo presente el pasado seis de enero cuando el presidente Trump citó a una marcha para “Salvar a América” y presionó a su vicepresidente a oponerse a los resultados del colegio electoral durante la sesión de certificación en el congreso. Además, llamó a sus votantes a pelear con más fuerza que nunca, a acompañar a los senadores que objetarían los votos y a no conceder las elecciones. Una gran amenaza de alguien que no quiere retirarse del poder. 

Pasó lo que nunca esperamos: protestantes entraron al capitolio de los Estados Unidos, el faro de la democracia occidental, buscando impedir una transición pacífica de poder y la certificación de unos resultados democráticos. El fenómeno que encontramos en Estados Unidos no es nuevo. Son los frutos que se recogen tras varios años de discursos autoritarios, señalamientos en contra del equilibrio de poderes y, sobre todo, el renacimiento de un discurso que ha incitado al odio y la intolerancia. 

El modelo de Trump es fácilmente replicable en otros países y puede tomar múltiples formas. Comienza por la figura de un candidato fresco, sin aparentes vínculos con el statu quo político, frentero y que no tiene “pelos en la lengua” para oponerse al sistema, ¿se parece a alguien o a algunos en Colombia? Poco a poco ese candidato señala y atenta contra las mismas instituciones y plataformas que en algún momento lo eligieron. El discurso de la persecución y la victimización son parte de su fórmula para mover masas y suelen hacerlo o desde el poder o desde la oposición sin problema. 

A este tipo de discurso y acción política se suman las redes sociales, en donde el fanatismo encierra a sus creyentes en una burbuja donde solo consumen noticias e información que va con sus creencias. Sin duda hoy es más fácil identificar tendencias similares y esto genera que las personas que piensan igual se encuentren fácilmente.  

Poco a poco vemos como el diálogo y los argumentos pierden espacio y cada vez es más difícil construir sobre el discurso que busca destruir. Estas expresiones modernas de autoritarismo son una bola de nieve que comienza sutilmente, ganan elecciones, o se oponen a resultados cuando no les son favorables y busca imponer sus posiciones, desconocen al otro y comienzan a limitar libertades. En algunos casos, estos modelos se unen, como fue el caso de Trump adoptando el discurso del castrochavismo y el terror de la llegada de la izquierda al poder en los votantes latinos especialmente de la Florida, lo cual de manera exitosa le consiguió los votos electorales del estado. 

En Colombia, no estamos tan lejos de tener un suceso como el del seis de enero y eso que nuestro país se ha caracterizado por elecciones democráticas, legítimas y transiciones pacíficas de poder, sin embargo, hoy no estamos respetando las diferencias y no nos estamos dando la oportunidad de dialogar sin polarizar y la polarización sin argumentos es la semilla de cualquier discurso de odio. Debemos tener también mucho cuidado con el no reconocimiento de las elecciones, ya se lo he visto a algunas tendencias hacerlo, así como los llamados a la desobediencia civil (ojo, más de una tendencia lo ha hecho).

Cualquier democracia, por fuerte que se considere no es inmune al autoritarismo, es tarea de la ciudadanía identificar hasta dónde llega la libertad de expresión y en donde comienzan liderazgos que pueden amenazar las libertades y los pesos y contrapesos de nuestra constitución.

Debemos tener cuidado, porque, aunque los discursos puedan sonar hoy sensacionalistas, estos suelen ser muy peligrosos. Desde Hitler, hasta Trump, los autoritarismos son bolas de nieve que sutilmente, ganan votaciones y posteriormente empiezan a retirar las mismas libertades que lo pusieron en el poder. Tengamos mucho cuidado con los líderes mesiánicos que construyen proyectos alrededor de un nombre y no de ideales compartidos. 

Estados Unidos también nos enseñó que es posible derrotar los proyectos personalistas, incluso estando en el poder y que cuando los proyectos se hacen alrededor de ideales claros, sin tener que atacar al otro para brillar, la política puede ser más decente y clara. Ojalá muchos de nuestros líderes tengan eso en cuenta en nuestra próxima contienda electoral. Esperamos más ideas y menos peleas. Esperamos planes de gobierno serios, concretos y realizables con accountabilitypermanente. Acá no puede ganar el que más grita o desconoce al otro, sino el que ve cómo construye un país para los que piensan como ellos, escucha también a los que no y construye, no excluye.