Carlos Salas
Carlos Salas

Entre tahúres que entre el diablo y escoja

Me pregunto por qué hasta ahora no se ha judicializado a ninguno de los que han confesado sus crímenes ante los medios; pareciera que estos se han venido convirtiendo en el refugio de quienes buscan un salvavidas cuando han perdido los antiguos afectos del gobierno al que sirvieron con mucha diligencia enriqueciéndose inmensamente. En su más reciente edición Semana le da de nuevo protagonismo a uno de esos, y no es poca cosa tener portada en una revista y menos aun cuando el merecimiento se reduce a no ser un bandido entre tantos y tantos que brotan como mala hierba en el terreno del presente gobierno sino uno que sobresale en su accionar delictivo. 

Aunque da muestras claras de serlo, a Semana es difícil calificarla de amarillista porque quienes lo hiciéremos podríamos ser vistos como defensores del régimen criminal que gobierna nuestro país ya que ese poderoso medio ha sido el que principalmente ha sacado a la luz hechos gravísimos de corrupción gracias a que implicados, no sabemos si los principales o si hay otros más poderosos que desconocemos, le han concedido entrevistas en las que han confesado sus aterradores crímenes, que no son pocos, de los que se vieron beneficiados por estar haciéndole el trabajo sucio al que hoy nos mal gobierna. Y no son solo portadas, también videos con largas entrevistas en las que ciertos criminales tienen toda la libertad para exponer sus fechorías y delatar a uno que otro con lo que se garantizan un seguro de vida porque saben muy bien que corren tremendo riesgo. 

Si ya ver a un oscuro tipo, un tal Olmedo López, en vistosa portada como si fuera un gran personaje da grima, imagínense lo que significa que se le sume a eso escuchar a la directora de Semana entrevistando a un corrupto entre corruptos, un tal Álvaro Leyva. Con aires de persona seria, este nefasto personaje aprovecha la gran audiencia que le garantiza el medio para exponer, como si fuera todo un hombre de las leyes, que el maldito acuerdo de La Habana que rechazamos con un claro NO en el plebiscito al que fuimos convocados y que luego fue traicionado, violado, pisoteado en un acto antidemocrático que supera acciones propias de dictaduras, su pretensión de darle visos de legalidad a la constituyente con la que sueña el que se empeña en destruir el país, un tal Gustavo Petro, rescatando un articulito entre las cuatrocientas y pico de páginas que conforman lo firmado en La Habana, haciéndole el favorcito al mequetrefe, su jefecito al que le debe que no esté en los tribunales respondiendo por la trama de corrupción que lideró con el cuento de los pasaportes en complicidad con su antiguo patrón, uno más malo que el mismo diablo, un tal Juan Manuel Santos, para demandar a la nación y sacarle unos cuantos miles de millones de pesos. Entre tahúres que entre el diablo y escoja. 

Y es que la maldad los une, me refiero a ese trio de malandros conformado por Santos, Leyva y Petro que si Dios los crio el diablo los juntó hasta después de la muerte en el infierno que les espera. No sé de dónde sacan esas habilidades de malabarista para caer siempre parados, tanto Santos como Petro, pero hay que tener en cuenta que no son pocos los que les sirven de apoyo, gentuza como el mismo Leyva y tantos otros que saben que cayendo sus jefes perderán las prebendas que no son pocas y muy jugosas. Ese maldito acuerdo que debió de haberse hecho trizas, como lo dijo claramente Fernando Londoño en reunión pública de su partido el Centro Democrático, propuesta a la que le dieron la espalda cuando era el paso indiscutible a seguir y no el que tomó Uribe por su propia cuenta de ir a Palacio y negociar lo innegociable con el funesto Santos, el mismo al que llevó al poder, dos hechos entre otros de los que nos debe una explicación. 

Lo cierto es que esto de la constituyente apoyada en el maldito acuerdo no huele nada bien, hiede como todo lo de este gobierno de porquería.

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