Me robaron el balón

Empiezo por reafirmar que no soy indiferente, ni tomo distancia, con el país en crisis. Que me gusta marchar. Que estoy vacunado, pero siento temor.

Rechazo, rotundamente, la tendencia maniqueista de dividir los conflictos y sus actores entre buenos y malos, en azarosa dicotomía.

¡Que idiotez! 

Repudio los vídeos tóxicos que inundan los chats. Falsos o ciertos, exagerados, con retoques de edición, viejos, tremendistas, trágicos y enfermizos. No me hacen bien… No nos hacen bien. Es la apología al gamberrismo desenfrenado.

En estas épocas convulsas, por pandemia y por violencia, con el derecho a la protesta, los influenciadores de opinión, desbocados, multiplican la agitación.

Desaparecen, desplazadas por la escandalosa prioridad noticiosa, las imágenes de los deportes en general. Aquellas que traían consigo jugadas magistrales, goles asombrosos y gambetas imposibles.

Por ahí se movían mis redes y mis chats.

Aunque, explorando en los recuerdos, algo de las desbandadas iracundas, con un país fracturado, sin paz, proviene del fútbol profesional.

Fue allí donde se generaron las disputas, por un trapo, por un territorio, por un club al que dejaron los desadaptados de amar, para odiar al rival. Eran los primeros esbozos en el fútbol, del deterioro social.

Trasladaron sus batallas campales de las gradas, al exterior de los estadios, a las calles, a los barrios, a los pueblos y las grandes ciudades en ebullición. Jefes de barras bravas están identificados por su influencia en las refriegas públicas de la actualidad.

Mucha irresponsabilidad hubo en los medios informativos, en tiempos de antaño, por “callar o neciamente hablar”. Cuando pararon de difundir escenas dantescas como eco resonante, la situación cambió.

Con los clubes colombianos en torneos internacionales, viajando como parias, de un país a otro, con desventaja en la competencia y la Copa en entredicho, pienso que lentamente nos roban el balón.

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