Robinson Castillo

Comunicador Social-Periodista de la Universidad Autónoma del Caribe de Barranquilla, con Maestría en Comunicación Política de la Universidad Externado de Colombia y Consultor internacional en Comunicación Parlamentaria. Columnista, escritor y convencido de la acción mediática reiterada, como método esencial del posicionamiento de marcas.

Robinson Castillo

Silvestre Dangond, en la cima del mundo vallenato

Desde que apareció Silvestre Dangond, nada volvió a ser igual.  Es el artista número uno del vallenato y por ahora no se asoma en el horizonte, nadie que lo pueda desbancar. Desde pequeño en su natal Urumita en el departamento del Cesar, solía decirle a su abuela: “Yo voy a ser cantante”. Fulminante convencimiento que se tradujo en realidad.

Todos sentimos nostalgia por juglares que ya no están. Solo por mencionar algunos como Diomedes Díaz, Rafael Orozco, Jorge Oñate, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta, Alejo Durán y Juancho Polo Valencia. Silvestre Dangond llena ese vacío, es un auténtico juglar moderno.

Los inolvidables aquí citados y otros más, son merecedores de la inmortalidad musical y permanecerán siempre en el recuerdo de los seguidores del vallenato. Lo realizado hasta ahora por Silvestre, ya lo ubican allí. Y lo logró por comportarse con atrevimiento, imponer un estilo. Ser distinto.

Las dimensiones de su ambición artística comenzaron desde niño. Incluso el maestro Jorge Oñate fue su padrino de bautismo y también en la música. Siempre tuvo como referencia a los más grandes del folclor, esa fuerza le permitió alcanzarlos. 

Desde muy joven por andar en parrandas llegaba a las 5 de la mañana a la casa y su papá lo reprendía con rigor, incluso le advertía que no lo volviera a hacer, pero Silvestre superó el miedo, hasta que su padre se cansó. Así de obstinado tenía el carácter desde la adolescencia.

En el programa se ‘Dice de Mí’, Silvestre recordó que perdió un año en el bachillerato, pues la familia no tenía los recursos suficientes para pagar la pensión mensual. Y claro, cantaba en los actos cívicos del colegio.

Su pasado no es inventado. Las adversidades fueron una constante, pero justamente se convirtieron en el impulso que se necesita para traducirlas en más ganas. “Siempre fui un muchacho demasiado soñador” admite Silvestre Dangond.

Parece ser que las carencias tienen un extraño placer de motivación. La mamá de Silvestre trabajaba como empleada doméstica en Bogotá, hasta la capital llegó la futura estrella en el año 99, con enorme esfuerzo le pagaron el primer semestre de ingeniera civil en la Universidad Católica, pero antes de dos meses desistió. Decidió construir, pero su futuro en la música vallenata.

Pero como dice una de sus canciones, cada quien tiene en la vida su cuarto de hora. Y también Ángeles. En el caso de Silvestre, fue el cantautor Felipe Peláez, fue el artífice para grabarle un demo con dos canciones y lo presentaron a Sony Music. Y grabó su primera producción. Nacía el nuevo ídolo que necesitaba el vallenato.

Silvestre retrató muy bien en ‘Se dice Mi’ su primer encuentro con el éxito: “Llego a Bogotá y me montó a un taxi y el tipo coloca la estación radial Olímpica y anunciaron un artista nuevo, Silvestre Dangond y yo comencé a temblar y a llorar”

‘Mi silvestrismo del alma’ así denomina el cantante a sus seguidores, algo que envidiaría cualquier político. Aunque Silvestre Dangond se encuentre en receso, ha creado una república ideal del vallenato, indestronable, legendaria e irrepetible.

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