Trampantojos en la campaña política 2022

Gracias a María del Carmen Ligero, querida amiga conocedora de los recovecos de Madrid que forman parte de aquellos treinta y siete planes únicos en la bella ciudad, buscando evitar concentraciones pandémicas, pude visitar la iglesia de San Antonio de los Alemanes en el barrio céntrico de Malasaña, epicentro de formidables tesoros de la virtud y también de sicalípticos laboratorios del pecado.

El templo pequeño, de forma elíptica, se apresta a cumplir cuatro siglos (2023) desde cuando se erigió para homenajear a San Antonio de Lisboa, más conocido como de Padua, brindando albergue y comida a indigentes de origen portugués.

Con la independencia de Portugal en 1640 dejó de servir a tal fin y perdió importancia hasta que Mariana de Austria instó a su esposo Felipe IV a reorientar el centro de culto y caridad a la atención de alemanes pobres de paso por Madrid. En la actualidad la iglesia, declarada en 1972 Monumento Nacional, mantiene un comedor social anexo y un pequeño colegio internacional. Madrid, orgullosa hoy por la declaratoria como patrimonio universal del Paseo de Prado, debe estar igualmente honrada de poseer y conservar este templo inefable.

La mayor riqueza de la bella iglesia está en su interior, en sus paredes, en la cúpula y en sus adornos. Sus obras son casi todas del siglo XVII. Lo más interesante en mi modesta opinión, es que tanto la cúpula como algunas de las pinturas, incluyen arquitecturas fingidas, del tipo de los trampantojos.

La Real Academia Española de la Lengua define trampantojo como una trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es. Proviene del francés trompe – l´œil “engaña el ojo” y es sinónimo de fingimiento, ilusionismo y realidad falsamente intensificada.

Más allá de la técnica pictórica que intenta engañar a la vista jugando con el entorno, la perspectiva y el sombreado, el trampantojo consigue prospectos eficaces como “sustitución de la realidad”, como forma variada del “ilusionismo”. Hoy tiene versiones en gastronomía, música, en el arte y en la arquitectura. Y en la publicidad como en la pintura mural.

Creo que Colombia está haciendo otro de sus discutibles aportes al plagar las candidaturas y el debate electoral en ciernes, de trampantojos, usando los sinónimos más fuertes del artilugio: celada, asechanza, facilismo, farsa, espejismo, quimera. Las extremas tanto de izquierda como de derecha se tornan compasivas, céntricas, humanísticas, preparadas, con abundantes experiencias gubernativas de éxito, impolutas.  Por ello tiene mérito que tomen espacio y arraigo formas coaligadas de defender la verdad como realidad de los hechos,  las cuales evitan los secuestros morales y los cargos sin fundamentos impidiendo que la campaña presidencial quede en un trabalenguas de mentiras, infundios, acusaciones sin pruebas y chismes.

Eso no es fácil sin el concurso profesional y ciudadano. La política mediática y de redes es una epidemia de trampantojos. Y la publicidad también: “Ven con nosotros, invierte en algo críptico, como invertir en monedas de oro”…”no alcanzas a imaginar lo que consigue esta dieta en adelgazamiento rápido, mira nuestro antes y después”…”te lo digo, de no creer, hablo inglés fluidamente”.

Los trampantojos en la política son peores que la compra de votos, son como variables neutras, a veces impalpables y artísticamente muy admisibles. En el plano tecnológico hay quien los considera como el germen de la realidad aumentada.

Los clásicos nos advirtieron acerca de que “es bueno tener ilusiones, lo grave es ilusionarse”. Si queremos que cobre materialidad nuestra esperanza debemos apelar persistentemente a la conciencia ciudadana. Vale recordar un trampantojo para culminar este divertimento: “El corazón manda en los ojos y les hace trampantojos”.

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