Tres rostros para una ignominia

Publicado por: maria.vargas el Jue, 25/02/2021 - 09:36
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Por: Juan Restrepo.
Juan Restrepo

A Henry Foronda y sus dos amigos --Álex y otro al que llamaban Pingüi-- los encontraron muertos muy lejos de sus casas, que estaban en el municipio antioqueño de Bello. ¿Qué hacían esos tres hombres, trabajadores, obreros los tres, en San Andrés de Cuerquia? Habían desaparecido de sus hogares al finalizar las fiestas de Año Nuevo, el 5 de enero de 2007 y ahora hallaban sus cadáveres a 130 kilómetros del Barrio Obrero, al norte del Valle de Aburrá.

Henry debería haber recogido a sus dos hijos pequeños porque su mujer, tenía turno de trabajo; una rutina a la que no había faltado nunca. Así que ésta tomó el teléfono y llamó a su cuñado, Fernando, y le comunicó las novedades. Al hermano le extrañó la cosa, pero trató de calmarse.

Poco le duró la calma. Caminaba por un parque cuando, una hora más tarde, sonó de nuevo el teléfono. Era su cuñada comunicándole que a Henry lo habían matado. Acababa de ser informada del hecho por la policía. La llamaron desde Santa Rosa de Osos. No entendía nada. Estaba hecha un mar de lágrimas y escasamente, entre balbuceos, alcanzó a contarle a Fernando lo que le dijeron desde la comandancia policial.

Fernando tomó entonces su coche y emprendió un viaje de cuatro horas, en compañía de su madre, hasta el comando de la Policía en Andes, adonde fue a preguntar por su hermano. El comandante del puesto le pidió el nombre completo de Henry y el número de cédula, se encerró en su despacho, hizo una llamada por teléfono, y cuando volvió donde la pareja de atribulados parientes que indagaban por la suerte  de Henry,  le preguntó a Fernando: “¿En qué andaba su hermano?”

“¡Cómo que en qué andaba!” Fernando sintió que le flaqueaban las piernas, era como si hubiese recibido un puño en la boca del estómago. Solo alcanzó a decir: “Trabajaba independiente, la madera”. “Su hermano cayó en combate con el ejército, él y otros dos guerrilleros”, fue la réplica que le dio el oficial. “¡Cállese, usted no sabe lo que está diciendo!”, alcanzó a responder al uniformado antes de salir en busca del cadáver de Henry.

Era noche cerrada cuando emprendió el camino de vuelta a casa con su madre invadido por el dolor, la rabia y la impotencia. Madre e hijo callaban. Solo las llamadas, de la que ya era la viuda de su hermano, interrumpían a intervalos el silencio. Las llamadas traían la información que, poco a poco, iba componiendo el cuadro de lo ocurrido. Álex y Pingüi, los mejores amigos de Henry, también estaban muertos. El cruce de conversaciones telefónicas entre las tres familias lo confirmaban, y el desconcierto del primer momento dio paso a la aceptación de la realidad.

El 8 de enero, con la imagen en la mente de dos niños de cinco y de tres años, sus sobrinos, los hijos de Henry que quedaban huérfanos, Fernando llegó a la morgue de San Andrés de Cuerquia a las 4:00 de la tarde. En un depósito sucio y abandonado, los tres cadáveres reposaban uno encima de otro, como fardos en el suelo. Vestían uniforme verde oliva de guerrilleros. Fernando identificó el cuerpo de su hermano debajo de sus dos amigos por un tatuaje en el hombro. “¿Cuál es el suyo?”, preguntó con frialdad burocrática la inspectora de turno.

El escuadrón militar que los había asesinado no tuvo siquiera el cuidado de poner dentro de los uniformes, la identificación correspondiente a cada muerto. Álex portaba la identidad de Henry, y éste la de su amigo. Hoy conocemos más sobre el “protocolo” de los miles de ejecuciones extrajudiciales por el estilo, que pesarán como una losa en la historia de la institución militar colombiana, y no es de extrañar esa última chambonada. Hubo hasta zurdos que aparecieron con el fusil en la mano derecha.

Fernando Foronda narró en una red social hace algún tiempo, esta tragedia familiar que he querido reproducir aquí para ponerle rostro al baile de cifras de esta semana. Que si fueron 6.402 y no 2.248 las víctimas de esta infamia llamada falsos positivos, que si el máximo comandante de las Fuerzas Armadas de la época rechaza las nuevas cifras como un “sesgo” para desacreditar su mandato, que si al partido de Gobierno estas nuevas cifras lo ponen nervioso…

Y qué más da. Son un montón de muertos a cambio de ascensos, vacaciones, destinos en el exterior, premios y congratulaciones con el alto mando. Un montón de muertos y dolientes que reclaman justicia. Así de sencillo.