Estaba trabajando en mi taller mientras escuchaba al psiquiatra Iain McGilchrist hablar sobre el hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho. No sé cuál de los dos hemisferios me llevó a pensar —con una sonrisa malosa— que ahí podía estar la raíz de los problemas y las contradicciones entre quienes se ubican en la izquierda o en la derecha en política. Un despropósito de esos que, dicen algo.
Nunca como hoy se había dado una confrontación tan fuerte entre dos maneras de pensar, de concebir el mundo. Estamos en vísperas de unas elecciones que se anuncian como las más interesantes —y también las más peligrosas— de nuestra historia democrática. Las diferencias se han hecho patentes cuando uno de los candidatos se asume abiertamente de izquierda radical y el otro de derecha radical. Una oportunidad única para definir el rumbo de las próximas décadas.
Voy a compartir algunos apartes de la charla del psiquiatra inglés, acompañados de unos breves apuntes de mi parte:
“Vivimos en un mundo en el que nuestro hemisferio derecho, la parte más importante de nuestro cerebro, no está aportando nada en realidad. De hecho, vivimos en un mundo ficticio, un mundo teórico, algo así como un mundo imaginario, una especie de mundo ‘Matrix’, en el que la realidad no logra calar. En su lugar, tenemos una teoría de cómo son las cosas, y esa teoría prevalece sobre la experiencia. Prevalece sobre la realidad.”
Al comienzo de su charla, McGilchrist enuncia algo fundamental: por el dominio del hemisferio izquierdo vivimos en una construcción racional que termina por imponerse sobre la experiencia. En la Colombia actual —y aquí la tentación de la analogía vuelve a aparecer, aun sabiendo que es forzada—, algo de eso parece ocurrir: los problemas reales se niegan o se diluyen hasta el punto de que dejamos de enfrentarlos.
Pone un ejemplo: un paciente que sufrió un ictus en el hemisferio derecho, lo que le causó parálisis del lado izquierdo de su cuerpo:
“Fui a verlo y le pregunté: ‘¿Cómo estás?’. Y contestó: ‘Oh, estoy bien’. Yo le dije: ‘¡Qué bien! ¿Entonces no hay ningún problema?’. ‘No, no’. ‘¿Ningún problema, por ejemplo, con tu brazo izquierdo?’, que tenía completamente paralizado. ‘No, no’. ‘¿Puedes moverlo bien? ¿Sí? ¿Me lo puedes enseñar?’. Y él respondió: ‘Sí’. Yo le dije: ‘Pues yo no veo que se mueva nada’. Entonces cogí su brazo, se lo coloqué delante y le pedí: ‘Ahora, muévelo’. Y me dijo: ‘Oh, ese no es mi brazo, doctor. Es de ese paciente de allí’.”
Con el hemisferio derecho sin funcionar y el izquierdo actuando solo, el paciente niega la realidad. No asume lo que le ocurre; lo desplaza, lo reinterpreta, lo convierte en otra cosa. Es difícil no ver en esto —irónicamente, ¡cómo no! — un mecanismo que va del caso clínico al político.
Con la callosotomía se pueden separar los dos hemisferios sin causar daño mayor al cerebro del paciente —generalmente en casos de epilepsia grave—, lo que permite a los investigadores “entrevistarlos” por separado. El resultado es inquietante: el hemisferio izquierdo no solo no carece de emociones, sino que puede derivar rápidamente en ira, agresividad, asco o una cierta superioridad moral, mientras que el derecho tiende a matizar, a poner en contexto, a contener.
Hasta aquí, la ciencia. A partir de aquí, el terreno resbaladizo de las asociaciones.
Porque, aunque la comparación sea absurda, algo en ella resulta inquietante. No porque explique la política —o tal vez sí—, sino porque sugiere hasta qué punto cualquiera de nosotros —o, más bien, de los otros— puede quedar atrapado en una versión de las cosas que se resiste a contrastarse con la realidad.
Si se siguiera el juego —cosa políticamente incorrecta—, habría que pedirle a un lado del espectro político que active aquello que ha dejado de escuchar: al hemisferio derecho, para ser claros. Pero en ese punto ya estamos, de nuevo, en el territorio del despropósito que tanta gracia me causa. Y es de cuidado la facilidad con la que cualquiera puede terminar pensando desde ese hemisferio izquierdo que, cuando se queda solo, prefiere inventar una explicación antes que aceptar la realidad.
