En Davos, Mark Carney no habló como un primer ministro más. Habló como alguien que entiende que el mundo que conocimos, ese que se decía gobernado por reglas, consensos y organismos multilaterales, ya no está funcionando así. Y lo dijo sin rodeos: hoy, el poder volvió a imponerse sobre las normas.
Su frase fue tan cruda como reveladora: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. No como una metáfora elegante, sino como un diagnóstico político. En el nuevo tablero global, quien no tiene peso, quien no se sienta a negociar en bloque, quien no construye alianzas reales, termina siendo objeto de negociación y no sujeto de ella.
Carney describió un orden internacional que ya no se rige por la cooperación, sino por la coerción. Aranceles usados como castigo. El comercio convertido en arma. La seguridad subordinada a intereses nacionales cada vez más duros. Las grandes potencias imponen condiciones, y los países medianos corren el riesgo de quedar atrapados entre fuerzas que no controlan.
Por eso su mensaje no fue de nostalgia, sino de estrategia. Canadá, dijo, no puede seguir actuando solo ni confiando en un multilateralismo que hoy está debilitado. Las potencias medias deben coordinarse, construir músculo colectivo y hablar con una sola voz en comercio, tecnología, seguridad y transición energética. En un mundo de bloques, la soledad es vulnerabilidad.
Lo que subyace en su discurso es una idea inquietante: el sistema nacido después de la Segunda Guerra Mundial, con reglas claras y árbitros más o menos respetados, está fracturado. No estamos en una transición ordenada hacia algo nuevo, sino en una ruptura. Y en las rupturas, el vacío lo llena la fuerza.
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Carney no apeló al dramatismo, pero sí a la lucidez. Davos escuchó a un líder de un país tradicionalmente moderado advertir que el mundo se está volviendo más transaccional, más áspero, menos predecible. Que la diplomacia ya no se mueve solo en salones, sino en pulsos de poder.
En ese escenario, su advertencia quedó flotando como una verdad incómoda. Hoy no basta con sentarse a la mesa con buenos argumentos. Hay que llegar con peso. Porque, de lo contrario, alguien más decidirá el menú.
