El término therian pasó de ser una expresión marginal en comunidades digitales a instalarse en la conversación pública cuando aparecieron conductas que ya no hablan de identidad simbólica, sino de acciones que afectan directamente a otros. El debate dejó de ser cultural para convertirse en social y legal.
Un therian es una persona que afirma identificarse, a nivel psicológico o espiritual, con una especie no humana. Durante años, este fenómeno permaneció contenido en foros especializados. Hoy, amplificado por redes sociales, aparece en espacios públicos y cotidianos, donde la frontera entre expresión personal y comportamiento real comienza a desdibujarse.
El punto de quiebre no es la identidad, sino el acto. Cuando alguien justifica conductas agresivas o invasivas, como morder a un niño o atacar a otra persona, bajo la idea de que actúa como animal, la conversación cambia de plano. Ya no se trata de diversidad ni de comprensión cultural, sino de responsabilidad.
Las sociedades democráticas reconocen la libertad de expresión y la identidad individual, pero establecen límites claros: ninguna identidad legitima la violencia. No existe marco simbólico, psicológico ni cultural que habilite el daño a terceros. Cuando ese daño ocurre, la respuesta no puede ser la indiferencia ni la confusión.
Aquí surge un riesgo mayor: confundir empatía con permisividad. Entender un fenómeno no implica suspender las normas básicas de convivencia. La empatía no reemplaza la ley, y el silencio institucional frente a estos casos desplaza el problema hacia las víctimas.
El auge de este tipo de narrativas también revela una tensión contemporánea: redes que premian lo extremo, discursos que se viralizan sin contexto y una tendencia a convertir cualquier límite en censura. Pero poner un límite no es negar una identidad: es proteger a otros.
- Le puede interesar: Obama admite que existen fenómenos aéreos que Estados Unidos no puede explicar
El debate sobre los therians no debería centrarse en creer o no creer. La pregunta central es otra: ¿qué ocurre cuando una identidad se usa para justificar conductas que vulneran a terceros?
Ahí la línea es clara: la identidad termina donde empieza el daño. Y ese límite no es ideológico ni cultural: es social, legal y humano.
