El silencio en la Catedral Castrense no era absoluto. Se rompía, de vez en cuando, con el eco de una oración, con el roce de los uniformes, con respiraciones contenidas que intentaban no convertirse en llanto.
Allí, en medio de filas ordenadas y miradas firmes, Colombia rindió homenaje a los integrantes de la Fuerza Pública que murieron en el accidente del Hércules C-130 en Puerto Leguízamo, Putumayo.
No era una ceremonia más. Era un país en duelo.
Las palabras del ministro de Defensa, Pedro Sánchez, atravesaron ese momento con una frase que quedó suspendida en el ambiente:
“Quien muere por la Patria, vive para la historia”.
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Pero más allá de las palabras, lo que pesaba era la ausencia. La de los soldados, tripulantes y policías que no regresaron de una misión que hacía parte de su deber.
En los primeros lugares estaban algunos de los sobrevivientes. Permanecían inmóviles, con la mirada al frente, como si aún estuvieran en formación. Eran los que vieron de cerca lo ocurrido. Los que ayudaron cuando todo parecía perdido.
Su presencia tenía otro significado. No solo asistían al homenaje. Lo cargaban.
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“Esta tragedia enluta a toda Colombia”, dijo el ministro. Y por un momento, no sonó a frase institucional. Sonó a verdad.
Porque lo que se vivió allí no fue solo un acto oficial. Fue un homenaje íntimo en medio de lo público. Un espacio donde el país, aunque fuera por unas horas, se detuvo.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo. Adentro, el tiempo parecía suspendido.
Entre oraciones y silencios, quedó claro que la despedida no era solo para quienes murieron. También era para quienes quedaron, para los que ahora llevan consigo la memoria de ese día.
Al final, no hubo cierre posible. Solo la certeza de que esos nombres quedaron inscritos no solo en registros oficiales, sino en la memoria de un país que, por un momento, entendió el peso del servicio y el costo de cumplir con el deber.
