Durante meses, el silencio del bosque fue reemplazado por paredes, techos y la presencia constante de humanos. Un mono churuco, apenas un juvenil macho, vivía como mascota en una vivienda del municipio de Tello, en el norte del Huila.
No estaba donde debía estar, separado tempranamente de su madre, un vínculo que en su especie puede extenderse hasta dos años, e incluso entre seis meses y hasta dos o tres años en primates de mayor tamaño, comenzó a mostrar señales evidentes de afectación: estrés, alteraciones en su comportamiento y una fuerte impronta hacia los humanos.
Su alimentación tampoco correspondía a su especie. Cada día en cautiverio lo alejaba más de aquello que debía aprender en libertad: trepar, buscar alimento, convivir con otros monos.
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El día que todo cambió
El 4 de febrero de 2026, una llamada de entrega voluntaria marcó el inicio de su segunda oportunidad. Funcionarios de la Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena (CAM), acompañados por la Policía Nacional de Colombia, llegaron hasta la vivienda.
Al verlo, entendieron que el proceso no sería sencillo.
El cautiverio deja huellas invisibles. La dependencia humana y la ruptura del vínculo materno afectan profundamente el desarrollo de los primates. Por eso fue trasladado a un centro especializado, donde hoy recibe valoración médica y etológica para iniciar su proceso de rehabilitación de fauna silvestre.
En el centro de atención comienza un trabajo paciente. Antes de pensar en devolverlo al bosque, el mono debe reaprender a ser silvestre.
Eso implica desapego progresivo del contacto humano, enriquecimiento ambiental para estimular sus instintos, una dieta adecuada y, cuando esté listo, socialización con otros de su especie.
Uno de los mayores retos es el manejo del estrés. En crías separadas de sus madres, los equipos especializados utilizan peluches como herramienta terapéutica. No es un gesto para enternecer al público: es un recurso técnico que ayuda a reducir la ansiedad y sustituir temporalmente el vínculo perdido mientras el animal recupera estabilidad.
De Tello a Tokio: cuando un peluche abre el debate
El uso de peluches en procesos de rehabilitación cobró notoriedad recientemente por el caso de Punch, un pequeño macaco japonés (Macaca fuscata) que se volvió viral por aferrarse a un muñeco de felpa en el Zoológico y Jardín Botánico de la Ciudad de Ichikawa.
Punch nació en julio de 2025 y fue rechazado por su madre poco después del parto. Según explicó el experto Kosuke Shikano, la hembra era muy joven y el intenso calor del verano japonés la dejó exhausta, lo que derivó en el abandono. Desde entonces, el personal del zoológico asumió su cuidado y le entregó un peluche como objeto de compañía.
El caso generó un debate internacional. La organización People for the Ethical Treatment of Animals (PETA) pidió su traslado a un santuario especializado al considerar que su bienestar podría estar comprometido.
Más allá de la polémica, ambos casos evidencian una misma realidad: los primates crean vínculos profundos en sus primeras etapas de vida. Cuando ese lazo se rompe, las consecuencias son emocionales y comportamentales.
La diferencia es el contexto. Mientras Punch permanece bajo cuidado en un zoológico, el mono churuco del Huila intenta dejar atrás el cautiverio doméstico para recuperar su instinto silvestre.
Una historia que deja una lección
Desde la CAM reiteran que los animales silvestres no son mascotas. La tenencia ilegal altera su desarrollo y reduce sus posibilidades de volver al bosque. La entidad invita a no comprar ni manipular fauna silvestre y a reportar cualquier caso al 3209303657.
Hoy, en un entorno que imita la selva, el mono churuco de Tello empieza a reconstruir su historia. No hay fechas definidas para su liberación, todo dependerá de su evolución. Pero cada día que pasa, se acerca un poco más a lo que siempre debió ser: un habitante libre del bosque, no una compañía en una sala.
