Historias sencillas

Sáb, 21/05/2011 - 07:00
Un día, el diseñador gráfico Rafael García vio un objeto extraño en una ferretería. No preguntó para qué servía, pero lo compró, le tomó fotografía con su cámara Canon y se inventó un pe
Un día, el diseñador gráfico Rafael García vio un objeto extraño en una ferretería. No preguntó para qué servía, pero lo compró, le tomó fotografía con su cámara Canon y se inventó un personaje, un niño que se llama Rafael, como él, y que está furioso porque la gente no le cree las cosas que ve. Así, Rafael, el real, regresó a la ferretería, compró cientos de productos y los convirtió en un mundo paralelo, donde un cable enrollado es un caracol, dos serruchos son un cocodrilo, un enchufe es la nariz de un marrano y un candado puede ser un caballo. Estos elementos le sirvieron para escribir ¡Te falta un tornillo! (Ediciones B), un cuento infantil que, con un argumento sencillo, hace una reflexión sobre “los niños raros”, sobre esos personajes que el resto creen que están locos, pero que en verdad están más cuerdos que cualquiera. Ana María Díaz tiene 17 años y es una estudiante de once grado del Colegio Rochester, en Bogotá. Al conocer a Marcela Escovar, la editora de la colección Ringlete de Ediciones B, practicó un ejercicio sencillo: imaginarse historias a partir de imágenes para escribir un libro álbum, un cuento infantil en el que el texto y la ilustración dialogan y dependen por completo el uno de la otra. Una de las imágenes eran unas rocas que parecían estar en la playa. Ana María la llevó al preescolar de su colegio para preguntarles a los niños qué veían. Una niña le dijo que veía unas piedras en la playa, y Ana María le preguntó que por qué estaban en la playa, que por qué no estaban en una montaña. “Para decorar los castillos”, dijo la niña. Así, Ana María escribió La Playa, un cuento infantil en el que tres piedras y un castillo de arena se convierten en una reflexión sobre la ficción y los juegos infantiles. Así, sin necesidad de colibrís, arcoíris, mariposas, osos de peluche y elementos edulcorantes y clichés, estos dos cuentos ponen una piedra en el futuro del cuento infantil colombiano, en el que las grandes historias se escribirán a partir de elementos sencillos. Colombia no tiene la pirotecnia de Hollywood ni el colorido exacerbado de la cultura mexicana, pero sí historias sencillas, de inventiva, que recuerdan, a veces, las del cine iraní.
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