Ana María, la colombiana becada por Barack Obama

17 de agosto del 2018

Se puede decir que Ana María González Forero tiene una vida privilegiada, sin embargo, no todo es color de rosa. Fue a una escuela privada en uno de los sectores más exclusivos de Bogotá, recibió educación superior de calidad, es decir, tuvo varias ventajas que otros no tienen.  Ana maría notó como había personas que […]

Ana María, la colombiana becada por Barack Obama

Se puede decir que Ana María González Forero tiene una vida privilegiada, sin embargo, no todo es color de rosa. Fue a una escuela privada en uno de los sectores más exclusivos de Bogotá, recibió educación superior de calidad, es decir, tuvo varias ventajas que otros no tienen.

Ana maría notó como había personas que tenían demasiado y otras que no tenían suficiente. Un año que las hijas de su nana vinieron a pasar Navidad en la casa, vio como al pie de su cama había muchos juguetes y al lado de la de ellas no había sino una crema. Tenían la misma edad y ella no podía entender esa diferencia.

Esa, precisamente, fue la razón la que la impulsó a crear una fundación, proyecto que la llevó a ser una de las 12 selectas personas que harán parte del programa de becarios de la Fundación Obama. De acuerdo con el expresidente estadounidense, los seleccionados tendrán la oportunidad de llevar al siguiente nivel sus iniciativas, en un curso especialmente diseñado para ellos por la Universidad de Columbia en Nueva York.

Pero quizá lo más importante es que los conocimientos adquiridos los podrán poner en práctica en sus propias comunidades y, en últimas, en el mundo. El mismísimo Barack será quien los reciba: “Aquí espero darles la bienvenida, queremos que cada clase comience un viaje en el que inspiren a más jóvenes a construir el mundo como debería ser”.

Una vocación temprana

Cuando era una niña, y como ella se lo dijo a Kienyke.com, era la nerd del salón, su familia es de académicos y, por eso, para ella era común vivir entre los libros. La biblioteca era el parque de Ana María, aunque también había tiempo para los amigos y la diversión, fue rumbera desde muy chiquita. Tocaba guitarra en todas las izadas de bandera.

Desde los cuatro años soñó con ser médico pero cuando estudió para convertirse en uno no le gustó la profesión. Ella pensaba que podía ayudar a niños, salvar a las personas, pero de una manera diferente. Lo describió como una interpretación infantil: “Es una cosa que tengo adentro y mueve mi vida: el servicio”.

Además, desde los nueve años hacía voluntariados. Tenía una tía que era miembro de las Damas Canadienses, grupo que tenía un proyecto social con la Fundación Santa María, y ayudaba en un hospital de niños. Lo único que la ponían a hacer era doblar gaza, pero ella sentía que era lo que más la hacía feliz en la vida, de ahí el sueño de ser médico.

Cuando salió del colegio, que describe con los adjetivos “pupi” y “fifi”, y en donde le inculcaron el trabajo social, tomó una decisión extraña que no era común entre las personas que la rodeaban: entrar a estudiar a la Universidad Nacional. Antes de entrar era habitual que sus profesores, sus amigos y su familia le rogaran que tuviera cuidado por que le podía pasar algo.

Foto: Ana María Gonzalez

Pero el verdadero cambio, cuando sintió que en realidad se rompió la burbuja en la que vivía fue cuando comenzó a estudiar Ciencia Política. Tiró la toalla en el cuarto semestre de Medicina: “Yo supe el día que empecé que no me gustaba, pensaba que esta carrera era una ciencia humana pero no era así, habían muchos problemas que eran políticos, no eran médicos, los niños no se morían de diarrea por culpa de la medicina, sino porque esta no llegaba a donde tenía que llegar. Sentí que estábamos hablando temas que no eran”, indicó.

Asimismo, parecía un bicho raro entre la Facultad de Derecho, aunque había gente parecida a su círculo social no faltó la persona que la discriminó por tener todos los medios para estudiar en una institución privada y elegir precisamente esa, además de ser la única que llevaba carro para transitar al interior del campus, le decían que era una oligarca.

El cambio no fue fácil, entró en depresión, dejó de ir a la universidad pero finalmente un novio la convenció de que cambiara de carrera. Para ella era inconcebible tirar un sueño de toda una vida en la basura, pensó que hasta sus papás le iban a dejar de hablar por el cambio. Pero dejó atrás la tristeza y los miedos, finalmente de graduó de politóloga y se convirtió en una orgullosa egresada de la Universidad Nacional.

Un proyecto a su medida

Ana María terminó su carrera y empezó a trabajar en la Secretaría de Educación de Bogotá. Se empapó del sistema académico del país y se dio cuenta de las mínimas, por no decir las cero, oportunidades que algunas personas tienen de acceder a la educación. No como ella, que lo tuvo todo.

“Siempre fui muy sensible a esas diferencias, a que unas personas tuvieran tanto y otras no tuviera nada. Siempre había querido hacer algo al respecto y en el 2007 llegó la oportunidad”. Ana María González

En ese año estudió competencias docentes junto a varios profesores, y con algunos excompañeros creó la fundación. Su principal objetivo: mejorar la calidad de la educación.

Con esta capacitación, Ana María se dio cuenta de que varias profesoras que asistían la veían como una clase más pero para ella era una oportunidad de aprender sobre herramientas fundamentales para llegar a áreas rurales.

Allí nuevamente se dio cuenta de la paradoja: “Cuando la gente tiene demasiado privilegio acumulado, no ve a las personas que no reciben nada y de verdad necesitan”, dijo.

Así nació FEM, la fundación que desde 2007, “trabaja para destruir las brechas que generan desigualdad apoyando a las comunidades más vulnerables para que exigan sus derechos y logren acceder al desarrollo económico”. A través de los años el proyecto ha evolucionado. Lo que comenzó con cuatro personas ahora cuenta con 17.

Ese mismo año viajó a Cartagena por motivos de trabajo, pero se impresionó por lo que encontró. Tuvo un impacto fuerte porque se imaginada a la heroica como la pintan en las agencias de viaje, “para ir a la playa y para rumbear”. Pero cuando analizó el sistema educativo vio la otra cara de la moneda. Desde ahí cambió la vocación de la fundación: ahora se fortalecerían las competencias de la personas para potenciar su desarrollo, especialmente mujeres indígenas y afrodescendientes.

Foto: Ana María Gonzalez

Una mujer contra los prejuicios

A Ana María le encanta llevar el pelo azul, y esto se debe a que le “gusta jugar con los prejucios de la gente”. Asegura que creen conocerla y sabe cómo piensa por como la ven y con voz fuerte y decidida menciona: “Nadie sabe cómo es nadie por como se ve, me gustó desde la universidad”.

Estos cambios de look, porque ha tenido el cabello de todos los colores le han servido para darse cuenta del cambio de la sociedad colombiana. “Ahora solo se me quedan mirando, antes me insultaban en la calle, cuando tenía 20 años me calvié y me pinté de rosado, algunos me tocaban el pelo y me decían que era lindo, pero otros me preguntaban que si era skinhead“.

Liderazgo basado en valores

Un día, Ana María estaba navegando en Internet y entre la lista de personas que seguía en Twitter estaba la fundación Obama y vio que estaba abierta la convocatoria. Sin pensarlo aplicó y tras un año de selección y múltiples pruebas, entrevistas, ensayos, entre otros requisitos, se ganó el cupo. Cuando se enteró que consiguió un lugar, literal, casi se muere de la felicidad, al ir pasando los filtros y superar pruebas la emoción no la dejaba dormir.

Con Michelle y Barack se identifica en la manera de pensar y por lo que ellos llaman el liderazgo basado en valores: “No necesariamente tengo que tener una causa o una población beneficiaria, sino una manera de hacer todo lo que esté a mi alcance para movilizar valores, y el mío es redistribuir las riquezas”.

Durante el tiempo que va a estar en la Universidad va a conocer al primer presidente afroamericano en la historia de Estados Unidos y a su esposa, ellos le darán una clase. Ese día cree que lo primero que hará es decirles lo mucho que los admira.

Ana María quiere que la recuerden no como una héroe sino como una persona que ejerce el liderazgo para demostrar que Colombia se puede manejar de una manera diferente y exige una responsabilidad distinta de la gente con más oportunidades de acceder a la educación.

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