Cambiar de sexo le devolvió la vida

Cambiar de sexo le devolvió la vida

18 de marzo del 2014

Cada noche durante su adolescencia, Ana María* hacía el mismo ritual. Encerrada en su cuarto, se vestía con blusas, pantalones y ropa interior femenina que compraba a escondidas con el dinero ahorrado de las onces del colegio. Luego, de pie frente al espejo, imaginaba que sus pechos –un par de bombas de agua–  eran reales. Había nacido hombre pero no se sentía como tal. Su cuerpo no le pertenecía. En ocasiones, su hermano mayor notaba lo que sucedía y hacía un escándalo. Pero su familia eligió el silencio. Han pasado quince años desde esa época. Hoy se recupera de una cirugía de cambio de sexo. Su fantasía se hizo realidad.

Ana María, de 30 años, lleva en su cuello un dije que muestra la silueta del rostro de una mujer. Tiene el pelo rubio, piel blanca y ojos expresivos. Su voz es femenina, al igual que su forma de sentarse y caminar. A lo largo de su vida ha tenido que lidiar con su familia y con varias terapias psiquiátricas. Se ha sobrepuesto a fuertes depresiones, la adicción a la marihuana, y a varios intentos de suicidio como cuando tomó una sobredosis pastillas para dormir y clavó agujas en sus brazos para desangrarse. Conocer y descubrir el significado de la palabra transgénero ha hecho parte de su liberación.

A los 25 años dejó salir a la mujer que desde su infancia llevó dentro. Aprendió a maquillarse observando a su mamá, quien también se ha convertido en su gran amiga y cómplice. Lo único que quisiera rescatar de su pasado es su carrera de aviación porque tiene la licencia FAA de los Estados Unidos. Su sueño es ser capitana de Avianca. En su casa ahora todos la llaman Ana María. Su nombre masculino quedó en el pasado. En pocos días cambiará su cédula, que dará fe de que pertenece al género femenino.

Transexual, Kienyke

Hace más de un mes, Ana María entró al quirófano para someterse a un cambio de sexo. Logró la autorización de su EPS luego de un proceso jurídico. Durante cerca de diez horas, un urólogo y una ginecóloga trabajaron para elaborar una vagina totalmente funcional. Por ejemplo, el glande de su pene se convirtió en un clítoris.

En los próximos meses, el hueso de la frente y su nariz se harán más femeninos con la ayuda de una cirugía plástica. La manzana de Adán también desaparecerá. Unos implantes de silicona en el busto afinarán las curvas de su cuerpo. Escogerá los más pequeños porque quiere ser invisible para la sociedad. Ahora se siente más segura, liberada, y su autoestima mejoró. Se sube a un bus con tranquilidad y orinar es una sensación placentera.

En su infancia estaba inconforme con su cuerpo. Entre los 5 y 6 años de edad, deseó ser una niña por primera vez. Lo descubrió cuando conoció a una prima que vivía en Armenia (Quindío). “Al entrar al cuarto de ella vi que todo era rosado, tenía varias Barbies y el pelo largo. Me sentí muy identificada. Pensé yo quiero tener el pelo así y mi cuarto así”, dice.

A los 8 años, cuando se fue a vivir con su mamá –sus papás son separados– descubrió el maquillaje. A diario observaba a su mamá hacerlo y comenzó a imitarla. También intentó abrirse huecos en las orejas para usar aretes y afeitarse las piernas sin necesidad. Recibió los primeros regaños y reproches bajo el argumento: “eso no es para niños”. Poco a poco aprendió a protegerse. “Les daba lo que ellos querían: un hombre. Actuaba para ellos. Hacía lo mismo que mis dos hermanos. Decía groserías y me comportaba igual que ellos. Para mi familia yo era una persona normal”.

Al graduarse del colegio viajó a Miami (Estados Unidos) a estudiar aviación. Allí conoció la libertad y las drogas. Mientras estudiaba tenía la necesidad de olvidar su realidad y empezó fumar marihuana. En las noches dejaba salir a la mujer: se vestía con ropa femenina, lucía una peluca y posaba frente al espejo.

Transexual, Kienyke

“Me levantaba al otro día, me bañaba y volvía a disfrazarme de hombre. Para esa época yo no sabía el significado de la palabra transgénero. Tampoco conocía los tratamientos hormonales ni las cirugías. Pensaba que tenía un problema. Además, como me gustaban las niñas me preguntaba ¿Qué es lo que me pasa? ¿Será que me gustan los hombres? Entonces me cuadré con un tipo pero no dejé que me tocara. No me gustaba ni cinco. Jamás nos dimos un beso”.

Su  familia, al enterarse de su dependencia a las drogas, la trajo de nuevo a Colombia. Ana María estuvo internada en un centro de rehabilitación por dos años. Al terminar el tratamiento inició un noviazgo con una mujer. “La veía como el reflejo mío. Tomé sus actitudes y las guardaba. Le escogía la ropa que me gustaba. Una noche me pinté las uñas y olvidé quitarme el esmalte de la uña del dedo pequeño. Me hizo un escándalo y pidió explicaciones. Le dije que siempre me he sentido como una niña. Ahí le quité la llave de la cárcel de Ana María y la dejé salir”.

Dos años después, comenzó a tomar hormonas. Su piel dejó de ser áspera, se volvió más suave. El busto comenzó a crecer. La distribución de la grasa en su cuerpo cambió y empezó a tener cintura. Lloraba por todo y la libido se extinguió. Pero poco le importaba su sexualidad porque tener una relación en el rol masculino le producía asco. “Me dedicaba mucho a complacer a las personas y nada más”.

Transexual, Kienyke

Sobrelimitó su cuerpo con el consumo de hormonas femeninas hasta el punto de producir leche. Tuvo los mismos síntomas de una mujer embarazada, como mareos y náuseas, hasta que un endocrinólogo le reguló la dosis. El afán por cambiar su cuerpo también la llevó al borde de la muerte cuando se inyectó vitamina E en el busto. Ana María casi muere por una infección y como consecuencia tuvo que someterse a una mastectomía radical.

Empezar a usar ropa de mujer fue un proceso lento. Botó toda la de hombre y llenó su closet de ropa de mujer. Primero llamó a su jefe y le pidió permiso para ir a trabajar con ropa femenina. Su petición fue aceptada. Luego tuvo que hablar con su papá. Le confesó, llorando, cuanto lo sentía. Él le recomendó ver un psiquiatra.

Su mamá notó que se estaba dejando crecer el pelo y cada día tenía menos ademanes masculinos. Entonces le pidió explicaciones. Ana María le confesó que llevaba más de un año visitando a un psiquiatra y su diagnostico era de una persona transgénero, con disforia de género y depresión secundaria.

Desde su cambio de sexo todo mejoró. Su hermano menor, quien la despreciaba, ahora le demuestra su afecto. Confiesa que desconoce su sexualidad. “Yo nunca experimenté ese lado. Aún no se cómo es. Soy virgen a los 30 –dice riéndose –. Ahora no tengo de que avergonzarme”. Su nueva vida también le trajo una novia que conoce todo su pasado y la acepta tal y como es. El cuerpo y la mente de Ana María ahora están alineados.

*El nombre fue cambiado por petición de la entrevistada