Carlos Lemos Simmonds: El presidente detrás de los presidentes

Carlos Lemos Simmonds: El presidente detrás de los presidentes

10 de octubre del 2015

Cuando Carlos Lemos Simmonds era canciller dibujó a una hermosa mujer que sería colocada en la Cruz del Mérito, una distinción especial que entregaba el Estado Colombiano. Mientras lo hacía no imaginó que tiempo después se enamoraría perdidamente de la joven que había pintado.

En ese entonces Marta Blanco trabajaba haciendo traducciones. Su oficio la llevó a cumplir un contrato en la Cancillería de Colombia. Cuando Carlos Lemos Simmonds la vio reconoció en su figura a la mujer que había dibujado para la Cruz del Mérito.

El político cayó fulminado por su belleza. Era casi veinte años mayor que ella. Tal vez por eso, aunque a Marta le gustaron sus manos elegantes que parecían de pianista, tardó dos años en conquistarla. Por supuesto le dijo que de alguna manera ya la conocía, y que de hecho la había dibujado: le entregó la medalla de la Cruz del Mérito.

Dieciocho años después, en una entrevista, Marta Blanco recordaría el detalle de la cruz como la máxima expresión de amor de Carlos hacia ella. “Me pintó en el perfil que lleva la Cruz del Mérito que él creó cuando era Canciller, no me conocía pero me dijo que ya me adivinaba. Cuando me la entregó vi que realmente se parecía a mí cuando tenía 20.”

Estuvieron casados 18 años hasta que Carlos Lemos Simmonds murió.

Marta Blanco de Lemos es la guardiana de la memoria de Carlos. Sueña con hacer un museo con todos los recuerdos de su esposo. Su casa, en el barrio Santa Bárbara de Bogotá, se acerca mucho a lo que podría ser un museo o una biblioteca en honor a ese hombre que fue durante nueve días Presidente de la República, ocupó varios ministerios, reemplazó presidentes y luchó contra el narcoterrorismo cuando los peores mafiosos de Colombia le declararon la guerra al Estado.

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Dos fotografías de Carlos Lemos con Marta Blanco

El hombre de las dificultades

En enero de 1997 era difícil creer en las instituciones. Se rumoraba que un grupo de civiles y militares conspiraba para dar un golpe de Estado al entonces presidente Ernesto Samper Pizano. Al gobierno se le acusaba de haber recibido dineros del narcotráfico para ganar las elecciones del 94 que lo habían puesto en el poder. La guerrilla ganaba una fuerza militar sin precedentes, impulsada en gran parte por su incursión en el tráfico de drogas.

El gobierno de Samper había sufrido el desgaste del Proceso 8.000, que al final se resolvió a su favor con una absolución por parte del Congreso.

En medio de la crisis del 8.000 el vicepresidente de Samper, Humberto de la Calle Lombana, había renunciado al cargo. El jefe de Estado propuso en su reemplazo a Carlos Lemos Simmonds, contrincante suyo, junto con De La Calle, en la carrera interna del Partido Liberal en 1992.

La situación era tan delicada, que la esposa de Samper, Jacquin Strouss, temía que incluso el nuevo vicepresidente fuera seducido por los conspiradores.

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El día en que el vicepresidente tuvo que demostrar de qué lado estaba, llegó el 14 de enero de 1997. Samper se vio obligado a dejar el cargo para atender unos chequeos médicos en Canadá. Carlos Lemos Simmonds asumió como presidente. Las dudas de todos, incluidas las de la primera dama, quedaron disipadas cuando una periodista le preguntó al nuevo gobernante cuáles eran las perspectivas de cambio de su gobierno. Lemos, sin dudar, respondió: “Yo no estoy aquí para que las cosas cambien sino para que no cambie nada”.

Carlos Lemos Simmonds fue presidente durante nueve días. Cuando Samper regresó encontró las cosas tal cual las dejó, como él decía, “el perrito y el gobiernito” estaban intactos. Lo curioso es que Lemos no era amigo de Samper, pertenecían al mismo partido pero eran de generaciones distintas (Lemos había nacido en 1933 y Samper en 1950), uno era caucano, el otro bogotano, Lemos había empezado su vida pública en el turbayismo y Samper en el lopismo. ¿Entonces de dónde salió la lealtad que hasta hoy Ernesto Samper agradece?

La fe que Carlos Lemos Simmonds tenía en las instituciones lo motivó a aceptar el cargo como vicepresidente y fue también su motivación para hacer oídos sordos a las conspiraciones. De hecho, cuando aún Humberto de la Calle era el segundo al mando en el gobierno a Lemos le llegó el rumor de que el vicepresidente recibía mensajes de los conspiradores. De inmediato lo llamó y le dijo: “Por favor no conspires, eso le hace daño al país”.

Lemos pensaba que si a Samper le daban un golpe de Estado los cuartelazos se iban a poner de moda en Colombia. Bastaba, según él, con que a un presidente lo derrocaran para que la costumbre se arraigara en el país.

Para que el barco no se hundiera

Cuando Carlos Lemos aceptó ser vicepresidente ya estaba curtido en manejos de crisis.

El gobierno de Virgilio Barco fue otro episodio difícil en la historia de Colombia y Carlos Lemos fue protagonista. La administración liberal de 1986-1990 tuvo que afrontar la guerra que Pablo Escobar le declaró al Estado. La administración soportó las bombas contra el DAS, contra un avión de Avianca en pleno vuelo y el asesinato de tres candidatos presidenciales: Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo, entre otros hechos lamentables.

En ese entonces Carlos Lemos era uno de los hombres más amenazados del país. Entre otros cargos ocupó los ministerios de Comunicaciones y Gobierno, fue Ministro Delegatario con Funciones Presidenciales y encargado de las funciones del Ministerio de Justicia.

El día en que la policía dio de baja a Gonzalo Rodríguez Gacha, el jefe de armas del cartel de Medellín, Marta Blanco lo vio alzar las manos al cielo como agradeciéndole a Dios ese golpe contra la mafia.

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Carlos Lemos con el presidente Barco.

Pero no todo tuvo que ver con la guerra. Como ministro de Gobierno Carlos Lemos lideró, junto con Rafael Pardo Rueda, en ese entonces consejero de paz, la desmovilización del M-19, la guerrilla que se había tomado el Palacio de Justicia y había adelantado otros actos de guerra.

Lemos creía en la paz. Pero rechazaba que esta fuera hecha a cualquier precio. Durante el fallido proceso de reconciliación con las Farc adelantado por el gobierno de Andrés Pastrana, Lemos fue tremendamente crítico. No estuvo de acuerdo con la zona de despeje ni con las demás concesiones que dicha administración le hizo a la guerrilla.

Durante la administración Pastrana, Lemos ejerció su otra pasión profesional: el periodismo de opinión, y desde su tribuna de ‘El Tiempo’ fue un crítico áspero contra lo que pasaba en El Caguán. En una columna del 13 de septiembre de 1999 escribió, en referencia al proceso con el M-19 y en comparación a lo que hacía la administración en curso: “Lo que no hicimos los liberales fue entregar territorio o dejarnos manosear. A la paz se llegó sobre el presupuesto de la incondicional soberanía del Estado sobre todo el territorio nacional. Y del acatamiento sin condiciones a la autoridad”.

Cuando todo estuvo listo para la demovilización del M-19 los ya exguerrilleros se concentraron en el Hotel Tequendama de Bogotá. Marta Blanco recuerda que Lemos, eufórico por el logro político, dio una orden irrevocable: “Llévenles los mejores tenis, el mejor trago si es necesario, pero por nada del mundo los dejen volver al monte”.

La devoción de Lemos por las instituciones fue puesta a prueba en noviembre de 1989 cuando como ministro de Gobierno tuvo que jugarse el futuro de la paz con el M-19 frente a una jugada del narcotráfico.

La administración Barco tenía lista una reforma constitucional que servía de marco para la desmovilización del Eme y que incluía la acción de tutela para la protección de los derechos fundamentales, la creación de la Fiscalía General de la Nación y el Consejo Superior de la Judicatura. La mafia se las arregló para que el senado introdujera el fin de la extradición.
Cuando Lemos se dio cuenta del narcomico fue tajante con los congresistas: “Van ustedes a ensuciar el nombre de Colombia con esa vergüenza de proposición”. El juego político no le dejó otra alternativa: tuvo que hundir el proyecto.

Al final la paz con el M-19 se firmó. El gobierno mantuvo la extradición. Pocos años después Lemos tuvo que ver cómo el gobierno de César Gaviria (con quien fue especialmente crítico) eliminaba el recurso jurídico para que nacionales colombianos fueran juzgados por el gobierno de Estados Unidos.

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El bolígrafo con que se firmó la paz con el M-19. Atrás una carta de Carlos Pizarro, comandante guerrillero de ese grupo insurgente, a Carlos Lemos Simmonds. 

El don de la palabra

Carlos Lemos Simmonds aprendió a leer a los tres años. A partir de ahí descubrió que las palabras podían ser un arma, un escudo y una flor.

Con ellas, desde el periodismo de opinión, criticó sin piedad las circunstancias y personajes que en su criterio no hacían bien su trabajo. Con ellas se defendió de las críticas. Con las palabras llamó la atención de Marta. A ella la asombró la forma en que Carlos se oponía a la administración de Belisario Betancur. Y también, claro, sabía cómo hacer con las palabras elogios increíbles. En una ocasión le preguntaron cuál había sido el regalo más bonito que había recibido de su esposa. Contestó: “Un radiecito que todavía conservo. A través de él sólo oigo música. No lo quiero manchar con malas noticias.”

Sus artículos se hacían por la tarde, a partir de las cuatro. A diferencia de los pájaros que amó, Lemos comenzaba a cantar al atardecer. Caminaba mucho mientras escribía porque el oficio no se le daba. Cada palabra le costaba oro. Sin embargo cosechó una obra importante. Escribió, además de centenares de columnas de opinión, ocho libros: “Francisco de Paula Santander, una iconografía”, “Memorias de un anti-gobierno”, “Una línea de conducta”, “La economía precolombina”, “El Estado ladrón”, “El rescate de la moral en Colombia”, “Hablando claro” y “Turbay: de la base a la cumbre”.

Marta Blanco cuenta que Carlos tenía un asombroso poder para transitar entre el periodismo y la política. Cuando escribía podía acabar con quien fuera. Pero cuando se quitaba la camiseta de periodista y se ponía la de funcionario del Estado usaba su experiencia en los medios para calcular las palabras que decía y de hecho aconsejaba a sus colegas de gabinete para que no cayeran en las cáscaras que llevaban implícitas las preguntas de los periodistas. Les decía: “No se dejen manosear de la prensa”, “No piquen micrófonos”, o sea no hablen de más.

Pero cuando era periodista disfrutaba como el que más del oficio. Fue subdirector de ‘El Espacio’, fundador y co-diretor y director de ‘Consigna’, director del programa de televisión ‘Debates Caracol’ y colaborador de ‘El Tiempo’, ‘Diners’ y ‘Credencial’.

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El estudio de Carlos Lemos Simmonds.

Un ecologista precoz

Tal vez por los rasgos de su rostro o por la complejidad de los cargos que ocupó Carlos Lemos Simmonds parecía un hombre malgeniado. Pero Marta, quien lo conoció a fondo, dice que era todo lo contrario.

Cuando fue profesor universitario pasaba a todo el mundo, aunque su esposa le pedía que reconsiderara poner tan buenas calificaciones él persistía en aprobar con cuatros o cuatros con cinco a trabajos que escasamente llegaban al tres.

Antes de que los temas ecológicos estuvieran de moda, él era un aficionado a la naturaleza (al fin y al cabo se había criado en una de las haciendas más esplendorosas del Cauca). En su casa en Bogotá cuidaba personalmente de su jardín, de los pájaros que guardaba en la parte posterior de su domicilio. Cuando fue embajador de Colombia ante el Reino Unido andaba con los bolsillos llenos de maní para alimentar a las ardillas de los parques.

Parecía entender que la naturaleza tenía ese equilibrio natural del que no goza la sociedad. Tal vez por eso rehuía de los cocteles y las fiestas. Marta lo vio muchas veces con fiebre de 39 grados antes de asistir a una fiesta. Sin ningún otro motivo el valiente doctor Lemos, ese que enfrentaba mafiosos y politicastros, caía fulminado por malestares raros en la víspera de un almuerzo o una fiesta.

Era Marta quien tenía que lidiar con la manzanilla que tantas veces golpeó a su puerta para lagartear. Carlos no la soportaba. E iba más allá. Cuando quería encerrarse entre sus libros y la música clásica no le pasaba al teléfono ni a sus jefes políticos. Una llamada de Virgilio Barco o de Julio Cesar Turbay podía esperar si el libro estaba muy bueno o un concierto lo consumía por completo.

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Una de las bibliotecas de Carlos Lemos Simmodos. 

Durante su vida fue muchas cosas. De joven fue bohemio y comunista. Legalista a morir (nunca se saltaba un puesto en una fila y regañaba a cualquiera –incluida a su esposa- si lo hacía). Candidato presidencial. Melómano. Periodista. Pero sobre todo fue un político a la vieja usanza. Aunque tuvo sus momentos de más gloria entres finales de los 1970 y la década de 1990 Carlos Lemos Simmonds parecía un hombre de los 1930. Político de un solo partido (Liberal), capaz de trabajar en el sector público sin ninguna atadura con el sector privado. Con un pie en la política y otro en las letras. Creyó en el ejercicio de la autoridad con base en la legalidad y las instituciones. Por todo lo anterior buscaba ejercer “la política como solía ser”.

Esos valores de lo público que Lemos buscó motivaron a la Sociedad Colombiana de Prensa y a la Embajada de Alemania en Colombia (Lemos descendía de almenes por parte de su madre) a crear la Orden Carlos Lemos Simmonds que se entregó en su primera versión este 9 de octubre. La distinción busca premiar a aquellas personas que cultivan los principios que caracterizaron la vida del expresidente Lemos.

Vea también: Los primeros ganadores de la Orden Carlos Lemos Simmonds

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Marta Blanco, atrás el jardín que cultivaba su esposo. 

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