Chelo García: la tropera de los periodistas

Chelo García: la tropera de los periodistas

28 de julio del 2011

Chelo García lleva más de una década rodeada de hombres vestidos de camuflado, pero solo tiene dos costumbres militares: levantarse a las 4:00 a.m. y usar botas de tipo militar que amarra con cintas de colores. Sara, su mamá, la llevó al psicólogo porque era marimacho, tanto, que un día se cortó la cola de caballo para parecer un hombre. Los militares y la televisión se encargaron de transformarla en una mujer femenina. A sus 47 años lleva puesta una minifalda negra, un saco fucsia y un cinturón de charol que envuelve su diminuta cintura. Lleva su boca y sus uñas pintadas de rosado, su color preferido. Antes de comenzar a contar su historia, saca de su bolso una cartuchera llena de maquillaje, un cepillo y un tarro de laca para retocarse. Mientras toma café en un pocillo de Hello Kitty, admite que su cercanía a la masculinidad  y el rechazo a la propuesta que le hicieron de ser Señorita Santander la llevaron a la televisión cuando tenía 18 años. Allí conoció el mundo militar.

Chelo ha sido la ficha clave de ocho generales y almirantes en los medios de comunicación. En su lista figuran los generales Manuel José Bonnett, Jorge Enrique Mora Rangel y Fernando Tapias. Su permanencia en las altas esferas militares se debe a que llevó su experiencia como reportera al Comando General, que dejó de ser un búnker para convertirse en un lugar accesible para la prensa. Ese es su principal pilar porque cuando ella cubrió esta fuente, tenía que llorar para que la dejaran entrevistar al general. Además, tiene claro que los periodistas debes ser aliados de los generales porque la prensa los saca o los hunde. Desde hace seis meses, es la asesora de comunicaciones del Almirante Edgar Cely, comandante de las Fuerzas Militares. Muchos la definen como su ‘escudera’ o ‘estampilla’ porque lo acompaña a todos sus compromisos, y cuando no están en el mismo lugar, su comunicación es permanente.

Chelo durante los viajes usa gafas de colores, se recoge el pelo y se maquilla poco.

Comenzó en el periodismo cuando cursaba cuarto semestre de comunicación social en la Universidad Autónoma de Bucaramanga y se presentó a una convocatoria que hizo el Noticiero de las 7 para buscar una corresponsal en Bucaramanga. Allí llegó en una moto Yamaha FZ de color azul, vestida con una camiseta Lacoste, jeans y tenis de marca Adidas. A pesar de que no sabía ni coger un micrófono, Chelo llamó la atención del director de noticiero de la época y fue seleccionada. Su tarea sería cubrir orden público. En los viajes a las regiones conoció al General Farouk Yanine Díaz, llamado ‘El pacificador del Magdalena’, quien la influenció para que se especializara en temas militares. Recorrió Santander en la época del auge de la guerra contra el ELN y quedó marcada por la historia de una niña que a los catorce años fue violada por un guerrillero, quedó en embarazo y tuvo a su hijo. Chelo le hizo seguimiento a la historia durante ocho años.

Confiesa, soltando algunas lágrimas, que el General Farouk fue quien le hizo admirar y respetar el trabajo de las fuerzas militares. Cuenta que de él aprendió a ser una mujer tropera, leal y sincera. En los viajes, el General Farouk le hablaba recio, como si hiciera parte de su tropa. Pero no niega que ha entregado su trabajo a esta institución porque aprendió a valorar la lucha contra la guerra desde dos tragedias familiares, el asesinato de su papá cuando ella apenas tenía dos años de edad y el secuestro de uno de sus hermanos mayores, ambos por parte de la guerrilla. Chelo ve a la fuerzas militares como una figura paterna, cree que en cierta medida le han ayudado a sopesar la ausencia de su papá. Y quizás también sus dos matrimonios malogrados y la pérdida de un hijo.

Chelo entregándole una pañoleta roja a un soldado de que este se internara en la selva. Para esa época era reportera del Noticiero Criptón.

En los noventa llegó a Bogotá para trabajar en el Noticiero Criptón cubriendo orden público y fuerzas militares. Lo primero que hicieron fue un cambio de imagen en la peluquería de Norberto, allí le alisaron el pelo, se lo aclararon y le hicieron un estudio de imagen. En la academia Arco intentaron quitarle el acento santandereano, pero no lo lograron. Tan solo aprendió a neutralizarlo porque al soltar el micrófono se le salía el “Ay juepuerca”. Fue en la capital donde el director del Noticiero Criptón, Alejandro Montejo, le cambió su nombre de pila, Consuelo García, por el de Chelo García, argumentando que en el país había mujeres llamadas Consuelo García, pero que en la televisión solo habría una Chelo García. El origen de su nombre se debe a que su mamá la tuvo a los 50 años y la llamó Consuelo porque esa niña, que creían que era un tumor, sería el consuelo de su vejez.

En el Noticiero Criptón cubrió hechos como la masacre de Las Delicias y la toma a Patascoy; además, vivió el secuestro por parte del ELN de Azucena Liévano, editora del noticiero, y de los camarógrafos Richard Becerra y Orlando Acevedo. Su paso por la televisión le dejó tres premios Simón Bolívar, un India Catalina y un reconcomiendo del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB). También fue la madrina de las periodistas Clara Elvira Ospina, ahora directora de Noticias RCN; Vicky Dávila, directora y conductora del Noticiero de la FM de la mañana de RCN, y Soraya Yanine, directora del Programa La Mañana de NTN24 con quien estuvo varios días en zonas rurales e intercambió ropa y elementos de aseo.

Sus compañeros del Noticiero Criptón.

Luego fue asesora del Ministerio de Defensa en la época que estaba encabezado por Fernando Botero Zea. Él mismo le propuso que se vinculara a este círculo porque quería cambiar las relaciones entre los medios y las esferas militares. Su objetivo era que el trato con la prensa fuera más amable. A mediados de los años noventa, Chelo se instaló en el comando general y su primer jefe fue el general Camilo Zúñiga Chaparro. Luego trabajó con el general Fernando Tapias y cuando el general Mora fue asignado, la mantuvo como su jefe de prensa porque vio que lograba atraer a sus colegas y era común ver a los periodistas en los pasillos buscando noticias. A ellos siempre los trata de ‘papacitos’ y ‘princesas’. Mora ratifica que gracias al trabajo de Chelo las fuerzas militares abrieron sus puertas. Según él, la clave fue que Chelo aprendió a entender la institución y siempre estuvo dispuesta a viajar a cualquier rincón del país para acompañarlo y conocer con sus propios ojos la situación de Colombia. También recuerda que fue pieza clave cuando en el gobierno de Andrés Pastrana, San Vicente del Caguán se convirtió zona de despeje. En ese entonces, Chelo asesoró a los militares en cómo debían manejar la situación.

Mora dice que la permanencia de Chelo en las Fuerzas Militares se debe a que gracias a su forma de ser las relaciones con los periodistas han mejorado. Su personalidad, agrega, la hace una mujer accesible.

En un cubrimiento especial en Uribe, Meta. Siempre fue la responsable de los temas relacionados con orden público y fuerzas militares.

Su labor se interrumpió a la llegada del general retirado Carlos Alberto Ospina, quien la sacó porque prefería que su capitán de confianza manejara las comunicaciones. Durante los seis años que estuvo ausente, asesoró a políticos y exfiscales. Para Chelo fue difícil su retiro de las fuerzas militares. Prometió no volver. Pero retornó cuando el Almirante Cely fue designado como Comandante General de la Fuerzas Armadas. Antes de que Cely se convirtiera en su jefe, eran amigos. Siempre hubo empatía porque ambos son santandereanos y habían trabajado juntos cuando Tapias estaba a la cabeza del comando general.

Asegura que por respeto nunca estuvo interesada en convertirse en una mujer militar. Prefiere que la vean como un civil porque así puede romper el protocolo, saludar de manera afectiva con un beso y un abrazo a los militares. No le gusta que sus subalternos la llamen jefe y mucho menos doctora. No le importa dar un grito de emoción en cualquier momento. También suele aconsejar a sus jefes sin necesidad de halagarlos y es crítica cuando la situación lo amerita.

Procura que cada Comandante General de las Fuerzas Militares se convierta en un colaborador de los periodistas.

Es más de medio día y el Almirante Edgar Cely, quien tiene puesto su vestido de gala, entra a saludar a la oficina de Chelo. Lleva guantes y un bastón pequeño en las manos. Lo primero que se ve al llegar al puesto de Chelo es una foto en primer plano de Cely pegada en un corcho con un par de noticias recortadas del periódico El Tiempo. De un lado cuelgan dos muñecas de trapo sentadas en un columpio y un reloj de color fucsia. Del otro extremo, tres fotografías recientes de Chelo y del Almirante en diferentes jornadas de trabajo, custodiadas por tres ángeles de trapo. Hay varios portarretratos, uno de ellos con la fotografía de su mamá y otro con la imagen de Luna, una perra de raza schnauzer, que es su compañía y su consentida.

Chelo se levanta de su silla, saluda al almirante, pide perdón y se acomoda la minifalda. En menos de dos minutos le informa las últimas noticias del día a Cely. El Almirante se va de la oficina y detrás sale Chelo golpeteando el piso con sus tacones de ocho centímetros. Deja a su paso el aroma de un perfume dulzón que llena el ambiente. Minutos después, vuelve. Toma su maquillaje y se retoca los ojos porque lloró al hablar de la muerte de sus padres y del General Farouk. Y cuando afirmó que le tiene más miedo a envejecer que a subirse en un helicóptero o un avión militar, como si fuese un soldado más de la tropa.