¿Cómo una broma de empresarios terminó en falsa noticia?

¿Cómo una broma de empresarios terminó en falsa noticia?

8 de Febrero del 2012

*Tomada de ElHeraldo.co

El martes a las 8 y 20 de la noche, cuando estábamos a punto de cerrar la edición impresa de EL HERALDO, recibí una llamada del exgobernador y Presidente de Tecnoglas Rodolfo Espinosa Meola: se encontraba cenando en el afamado restaurante Carmen de Medellín con otros dos empresarios y en una mesa contigua se encontraba Bill Gates.

Le pedí de inmediato que tomara una fotografía con su Blackberry y la enviara en el término de la distancia. A los pocos minutos volvimos a hablar. Espinosa, y sus dos amigos empresarios, el Presidente de la constructora Giracanto Héctor Raúl Álvarez, y la Gerente de Mario Londoño & Cía, Carolina Londoño, habían intentado acercarse a la mesa, donde también se encontraba Jaime López, hijo del empresario Augusto López Valencia: cuatro escoltas habían surgido de la nada y se lo habían impedido. Desde la distancia, el supuesto Bill Gates les había hecho saber que tan pronto terminara de cenar se tomaría la foto.

Basta estar en una redacción a esa hora para entender los ríos de adrenalina que se desatan. La foto —sin la cual no publicaríamos una palabra— podía demorarse mucho tiempo y el diario tenía que imprimirse.

Consideré al mismo tiempo que podíamos hacer una movida para obtener una fotografía de mejor calidad que la del Blackberry. Le pedí a una joven estudiante universitaria, habitual colaboradora de este diario, que se fuera a toda prisa para el restaurante y esperara afuera por la foto. Llegó a tiempo. El supuesto Gates aún estaba comiendo.

Más tarde, adentro,  vino la sesión de fotos. La dueña del restaurante, la reconocida chef Carmen Vélez, se tomó fotos con el personaje, convencida de que lo que su cliente Jaime López le estaba diciendo era cierto: el mítico Bill Gates estaba probando su famosa sazón.

Ya para ese entonces la broma estaba en curso. López aseveraba que se trataba de Gates y muchos en el restaurante “compraron” la historia. Mientras en otras mesas, empresarios como el barranquillero Fernando Gutiérrez de Piñeres, de Drywall, y el antioqueño Carlos Gilberto Uribe, propietario del grupo textilero Chevignon/Americanino, contemplaban discretamente desde sus mesas, otros como Espinosa, Álvarez y Londoño procedían a tomarse la foto y a enviarla.

A la salida, la estudiante abordó al supuesto Gates, le dijo en inglés que era “su admiradora” e hizo la foto. Quizá fascinado por lo que estaba viviendo, el tipo posó y jamás hizo aclaración alguna.

En ese instante, tres horas antes en Seattle, ya con la foto enviada,  llamamos a una colombiana que trabaja para Microsoft y que ha visto a Gates en persona. Vio las fotos por Internet, dijo que era “igualito” y le sonó que estuviera en Colombia, pues había acercamientos entre la fundación de Gates y el país. De hecho, ya esa organización había reconocido la red de bibliotecas de Medellín.

¿Qué más se hubiera podido hacer a esa hora, cuando teníamos los testimonios, de serios y reconocidos empresarios, de que aquel era Bill Gates? Muchas cosas, ahora lo sé. Hemos debido darle más vueltas a una sencilla pregunta: ¿y qué tal que no fuera?

No es fácil despertarse a las 5 de la mañana con un trino de un periodista con plena credibilidad, Gustavo Gómez Córdoba, diciendo que aquel no era Bill Gates. Gómez trató el tema con profesionalismo y sin ánimo de devorar colega: hizo llamar a Jaime López y éste dijo textualmente que se trataba de un amigo “que es muy parecido, pero no es Bill Gates”, precisando que se trataba de una broma.

Fue el comienzo de una mañana convulsionada. Hablamos con López en contadas ocasiones y éste insistió en lo que le dijo a Caracol. A su vez Espinosa, Álvarez y Londoño insistían en que no se habían equivocado y pedían airadamente que López dijera quién era el hombre en realidad.

No fue, ni hasta la presente ha sido posible, que López responda a esa duda elemental. Asegura que se llama Carl, que es de Toronto y que es imposible localizarlo, pues esta mañana temprano había tomado un vuelo a México. A Álvarez le dijo que era amigo suyo desde hacía cinco años y socio de una de sus empresas. Pero no se sabe el apellido. A mi me dijo que no lo conocía y que era amigo de unos amigos suyos.

No quiero insinuar bajo ninguna circunstancia que López esté ocultando la verdad y que aquel sí haya sido Bill Gates. Me juró por su madre y “por Dios Santísimo” que no era. Quizá se trate de algún negocio confidencial y de allí su empeño en ocultar la identidad del hombre. Es posible. Yo quisiera cerrar el círculo con la simple puntada de ese apellido.

Hoy mismo hablé con tres de las personas con quienes no conversé la noche del martes: Carmen Vélez, la dueña del restaurante, me dijo lo siguiente: “Yo amanecí esta mañana pensando que estuvo acá. Todo el restaurante estaba tomándose fotos con él. Caímos muchas personas pensando que lo que ocurrió anoche fue verdad. Yo busqué en Internet fotos de Bill Gates y la verdad es que era demasiado parecido.”

A su vez, el empresario Uribe dijo: “Si fue una charla (chanza), fue una charla muy maluca. Yo todavía no estoy convencido de que no sea Bill Gates”.  Esa noche Uribe llegó a su casa radiante, contándoles a su esposa, y a su huésped, la barranquillera Margarita Méndez, que había visto a Bill Gates. Gutiérrez de Piñeres también se acostó convencido de que había conocido al cofundador de Microsoft.

Ni aún testimonios como los anteriores me eximen de la responsabilidad, única y absoluta, de haber elegido publicar una noticia que resultó falsa. Eso quiero dejarlo muy claro. La verdad es una sola y el compromiso de un medio no es con los procesos para llegar a ella, sino con ella misma. Si actuando de buena fe,  le creí una historia a personas que han construido exitosísimos proyectos de vida con base en su credibilidad, todos ellos actuando también sin malicia, el problema termina siendo mío y sólo mío.

Entiendo también el furor crítico ante un suceso como éste, la horda que sale tras las vísceras del prójimo, el reclamo justificado, el mal momento en la víspera del día del periodista y hasta el humor: debo confesar que —aún en medio de la tormenta interior de un largo día— he tenido ánimo para reírme con geniales apuntes, como aquel de que el personaje está listo para un “yo me llamo Bill Gates”.

No se diga más: dadas las explicaciones, en calidad de editor general de EL HERALDO,  presento mis más sinceras disculpas a todos los lectores, internautas y colegas.