El año nuevo ya es una tragedia

Publicado por: admin el Mié, 06/01/2021 - 12:22
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The New York Times
Alrededor del planeta, la gente que tenía la esperanza de que el 2021 desterrara el horror del año pasado enfrentan la realidad de que tal vez los desafíos más arduos están por venir.
El año nuevo ya es una tragedia

ROMA — La medianoche de la víspera de Año Nuevo, Stefania Giardoni descorchó una botella de prosecco y se alegró de despedir al 2020, el año en que estuvo hospitalizada durante meses por el coronavirus y en que perdió su empleo. Mientras el cielo de Roma estallaba con fuegos artificiales no pidió un deseo. “Porque la última vez que formulamos deseos tuvimos esta maldita pandemia”, explica.

Sin embargo, de todos modos, 2021 le trajo más malas noticias. No ha logrado conseguir una cita para el dolor que tiene en las articulaciones porque los médicos vuelven a estar ocupados con pacientes de covid. Los aislamientos y la falta de actividad comercial hicieron que su hijo tuviera que cerrar permanentemente su tienda. Los funcionarios bancarios la buscan para que pague los préstamos que debe. “El Año Nuevo ya es una tragedia”, dijo.

En todo el mundo, la gente contó los minutos para el fin de 2020 con deleite, relacionando sus esperanzas con la idea de que el Año Nuevo traería las vacunas y algo parecido a un sentimiento de normalidad. Pero el coronavirus no tiene calendario y ha seguido haciendo lo suyo: propagándose, matando y sembrando pesar. Las malas noticias llegaron en los primeros días de 2021, entre ellas la de una variante que se transmite con mayor facilidad y que hizo que el Reino Unido ordenara un desesperado confinamiento, además de poner al mundo en alerta ante el advenimiento de tiempos más difíciles. Ahora más que nunca, la esperanza reside en las campañas de vacunación que en todo el mundo han sufrido obstáculos y se han demorado.

Pero no es solo el entendimiento de que las vacunas no son una panacea instantánea lo que resulta un amargo golpe en el estómago. Es que, en todas partes, la vida sigue en pausa.

Se han trastocado las costumbres y se han perdido momentos vitales importantes. El encono de la polarización política ha convertido algo tan simple como un cubrebocas en una bandera ideológica de todo o nada. Las presunciones modernas sobre la vida en una era posterior a la pandemia se han destrozado. Días de semana, fines de semana, días de vacaciones, días de enfermedad son categorías temporales sin distinción. La aleatoriedad de la muerte que alguna vez era un territorio confinado a las zonas de guerra ahora lo invade todo.

El Año Nuevo no luce ni se siente tan distinto.

“Está bien sentirse molesto y triste ahora”, dijo con tristeza en un video Joe Wicks, un instructor de ejercicios cuyas obsesiones digitales del año pasado atrajeron millones de vistas, cuando se enteró el lunes de las nuevas restricciones impuestas en Inglaterra. Habló sobre la importancia de mantener la salud física y mental de cara a la desesperanza. “Y está bien no ser esta persona fuerte todo el tiempo. Lo más importante es conversar, comunicarse”.

El famoso lema inglés de “Mantén la calma y sigue adelante” ahora parece demasiado precovid. Ahora que la nueva variante del coronavirus ha impulsado la curva de contagios del país hacia una pronunciada cuesta arriba, el gobierno pretende mantener el confinamiento hasta mediados de febrero, cuando se espera que hayan sido vacunados los habitantes más vulnerables, entre ellos los mayores de 70 años. Esto significa que deben administrarse dos millones de vacunas por semana, un enorme aumento en comparación con el ritmo de vacunación actual.

El resto de Europa está incluso más atrasada. En Alemania, donde se espera que el gobierno extienda las medidas de confinamiento a todo enero, casi 265.000 personas habían recibido la primera dosis de la vacuna al entrar en la segunda semana de inmunización nacional, según funcionarios de salud. Las cifras palidecen en Francia, donde apenas 500 personas fueron vacunadas en la semana previa.

La pandemia ha deformado las nociones mismas de la identidad nacional, el tiempo y la verdad, pero también ha creado una vulnerabilidad compartida. La gente está aislada y atrapada en sus mascarillas, sus habitaciones, en sus atestados hogares, en la categoría de “seguir viendo” de su cuenta de Netflix, en la política polarizada, en las camas de hospital y en las pantallas de los videochats. El planeta entero parece juntarse en la soledad, desprovisto de las concepciones previas de lo que el mundo debía ser.

“Ha sido duro”, dijo Fabrizio Topi, dueño de un café en Roma que batalla para que le alcance. “Pero es lo mismo en todo el mundo”.

Esa búsqueda de unidad es algo en sí misma. Tomando las enseñanzas de los desastres naturales, los grupos de ayuda y los promotores de la salud mental enfatizan la importancia de seguir conectados y de propiciar comunidades que reconozcan que muchas personas se encuentran en la misma situación. Otros hacen introspección en busca de resiliencia e incluso de mejoramiento personal para combatir el desaliento.

Pero a casi un año de la crisis, y después de que se apagó el brillo del Año Nuevo, hablar de la fragilidad compartida y de la autoayuda puede parecer un esfuerzo por silbar en el camposanto. El desánimo se instala en muchos. “Estamos a la deriva”, dijo Luis Miguel Melche, un mánager de producción de grupos de pop y rock de 42 años radicado en Ciudad de México. La capital mexicana, meca global de la gastronomía, la literatura y las artes, se ha quedado en silencio. “Está totalmente muerto”, dijo.

En enero, Melche suele gozar de los dividendos de la atareada temporada navideña, se relaja y planea el resto del año. Ahora, está más limitado que nunca, dijo, y en cuanto a planes “no hay nada”. Está en casa, desempleado, vive de sus ahorros y se pregunta cuándo y si se recuperarán las cosas. “Es incertidumbre, preocupación”, dijo Melche. “No hay una sensación de motivación, de que es un Año Nuevo y las cosas van a pasar”.

Incluso en lugares que despertaron la admiración de gran parte del mundo por su respuesta a la pandemia se han presentado tropiezos.

Corea del Sur, que tenía un rastreo de contactos generalizado y cuarentenas efectivas, parecía haberse librado del azote del virus. Pero en la semana de Navidad las infecciones se dispararon y alcanzaron las cifras más altas hasta la fecha. Esta semana los funcionarios prohibieron a nivel nacional las reuniones privadas de más de cuatro personas.

China ha tenido éxito al desterrar el virus después de ser el lugar donde inicialmente estalló: hace poco reportó menos de 50 casos diarios mientras que Estados Unidos, el país más afectado, alcanza casi 200.000 nuevos casos y 2000 muertes al día.

Aunque en semanas recientes surgieron brotes esporádicos en distintos lugares de China, entre ellos Pekín, lo que ha generado una nueva ola de restricciones a las reuniones masivas, los habitantes del país recibieron 2021 con una mezcla de preocupación y esperanza.

“Mi deseo más profundo es que todos podamos quitarnos las mascarillas y llevar una vida normal”, dijo Pan Li, agente de seguros en la ciudad de Dalian, al noreste, donde se enfrentan a un pequeño brote. Li también enfrenta sus propios problemas. Ella y su esposo batallan para ahorrar dinero en medio de una recesión económica, pospusieron sus deseos de viajar y han adoptado la educación en casa de su hija de cinco años cuyo preescolar cerró. “Espero que esto termine pronto”, dijo. “Un Año Nuevo necesita una nueva imagen”.

En Japón, un inminente estado de emergencia para Tokio frustra anhelos largamente esperados.

Ellen Richards, que es mitad japonesa y mitad estadounidense, esperaba recibir el nuevo año con la celebración de su vigésimo cumpleaños, la mayoría de edad oficial en Japón, con una visita al templo ataviada con un elaborado kimono en el Día del Adulto. Quería sentirse más parte de la cultura japonesa y agradar a sus abuelos japoneses. Su abuela, una modista retirada que sufre demencia, iba a ayudarla a vestirse. “Había llegado el momento de sentirme un poco más partícipe de las cosas”, dijo.

En vez de eso, la oficina gubernamental de su barrio en el centro de Tokio —y más de una decena en toda la ciudad— ha cancelado las ceremonias públicas. Ni se molestó en conseguir un kimono. Planea saludar a sus abuelos afuera de su casa, como siempre, pero ahora como adulta.

En India, Mohammad Shamim, que supervisa el cementerio musulmán más antiguo y más grande de Nueva Delhi, mostró un terreno dedicado a 850 víctimas de covid que había crecido de 0,4 a 2,2 hectáreas de extensión. Los difuntos estaban sepultados en fosas segregadas de cuatro metros y medio de profundidad.

Desde el Año Nuevo ha enterrado a cuatro nuevas víctimas. Pero se siente optimista de que pronto estará inoculado con una de las vacunas que el gobierno indio acaba de autorizar para uso de emergencia.

“Estamos en mejor posición”, dijo Shamim.

India, como Sudáfrica, produce vacunas para muchas de las naciones menos desarrolladas del mundo a través de Covax, una iniciativa de la Organización Mundial de la Salud creada para garantizar el acceso equitativo a las vacunas para la COVID-19. Sin embargo, las naciones ricas ya compraron los primeros millones de dosis de Sudáfrica y los sudafricanos deberán esperar hasta bien entrado el Año Nuevo.

Decidida a tomar un camino distinto, India anunció el domingo que durante meses no exportará alrededor de mil millones de dosis de la vacuna contra el coronavirus de la Universidad de Oxford-AstraZeneca hasta no inocular a sus propias poblaciones vulnerables.

El virus se ha instalado en la vida de las personas como en una madriguera, cavando túneles de soledad que pueden sentirse infinitos incluso en los lugares a los que no les ha ido relativamente tan mal.

En Melbourne, Lee Lee, una mujer estadounidense retirada de 73 años, y su esposo australiano tomaron la precaución de aislarse en febrero y les dijeron a sus seres queridos que el fin pronto estaría cerca. Casi un año después, Lee sigue en su confinamiento autoimpuesto pero su esposo ya no está. No hubo funeral. Tuvo que conformarse con recibir pésames por Zoom.

“De verdad me hubiera gustado recibir un abrazo de mi hijastro. Se parece tanto a su padre”, dijo conteniendo las lágrimas.

Se quedó dormida temprano la víspera del Año Nuevo. “Puede que me eche un ratito”, dijo. “Pero lo voy a superar y me voy a levantar”.

Este reportaje contó con la colaboración deKirk Sempledesde Ciudad de México; Damien Cave desde Sídney; Motoko Rich desde Tokio; Javier C. Hernández desde Taipei, Emma Bubola y Elisabetta Povoledo desde Roma; Emily Schmall desde Nueva Delhi; y Benjamin Mueller desde Londres.

Por: Jason Horowitz / The New York Times